El exorcista exigía frecuentemente a la “inteligencia extraña” que dominaba el cuerpo y mente del muchacho, una respuesta en latín a ciertas preguntas ordenadas por el ritual, como, por ejemplo: “ ¿Cómo te llamas? ¿Cuándo te marcharás?,” etcétera, y, en cierta ocasión, el “ente demoníaco,” protestó diciendo: “Yo hablo la lengua de las personas.” Curiosamente, una declaración idéntica a ésta se produjo en dos casos más de auténtica posesión, y fue explicada por los propios “entes poseedores” como debido a la falta, en el cuerpo de sus anfitriones, de las formaciones musculares, en el aparato físico de la fonación, que se desarrollan con el empleo del lenguaje, y en estos dos casos a los que me estoy refiriendo, el poseso podía hablar indistintamente en inglés, francés, alemán y latín, que son precisamente los idiomas que conocen y hablan correctamente los jesuitas recién salidos de su Instituto.
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