ROSALES (León)

Habitantes: 15  Altitud: 1.320 m.  Gentilicio: Rosaleño 
Hoy amanece en ROSALES a las 06:01 y anochece a las 20:59
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Información general sobre ROSALES:

Situación:

Al norte de León en la comarca de Omaña. Rosales era a principios del siglo pasado un pueblo agrícola y ganadero que permitía a la gente sobrevivir con lo mínimo indispensable, fruto de un trabajo exigente y laborioso. Sus tierras colgadas de las laderas del Cueto, se sembraban de centeno, que en tiempos de las cosechas se segaban con la hoz, y a veces con la ayuda de cuadrillas de trabajadores, que solían llegar desde el Bierzo, conocidos como "bercianos" o de Galicia, conocidos como "gallegos". El trabajo corría al ritmo de las estaciones con las siembras, el riego y cuidado de los prados, el pastoreo de los rebaños de ovejas o cabras en los montes, la cría de terneros y la labranza para cultivar las hortalizas necesarias para la vida diaria.
Rosales es un pueblo montañoso, pintoresco, duro en los inviernos, pues ronda los 1300 metros de altura sobre el nivel del mar. La gente se alimentaba fundamentalmente de pan de centeno, y cada familia disponía de un horno para poder hacerlo, logrando unas hogazas que eran la delicia de la familia, generalmente numerosa; también cultivaban las patatas necesarias, frutas que pudieran sortear las heladas y, principalmente, la matanza de animales o "samartino" (por San Martín, noviembre o diciembre) que ayudaba a sobrellevar los fríos inviernos. La economía de casi todas las familias de este pueblo, cerca de cincuenta, a principios del siglo XX, era muy precaria. Muchos de sus jóvenes emigraban hacia otras regiones españolas, y no pocos lo hicieron a alguno de los países latinoamericanos, principalmente, a la Argentina, en las primeras décadas de este siglo.

Ayuntamiento:

Riello. Rosales forma parte del Ayuntamiento de Riello. Hasta el año 1970 el ayuntamiento fue Campo de la Lomba, partido judicial de Murias de Paredes, provincia de León. La parroquia de Rosales perteneció hasta el año 1955 a la jurisdicción de la Diócesis de Astorga. Después pasa a León.

Monumentos:

Iglesia de estilo propio de las montañas de León, pero no románico. El retablo del Altar Mayor es de estilo neoclásico, con columnas lisas y pintadas con franjas de varios colores, los capiteles son un tanto caprichosos. El altar del Bendito Cristo, realizado con madera policromada, es de estilo churrigueresco, con columnas retorcidas y decoradas con hojas de vid y racimos de uvas del mejor estilo barroco; ocupa el centro del mismo un imagen de Cristo crucificado de gran talla; le acompañan por un lado una imagen de la Virgen del Rosario y por el otro una pequeña talla de santa Colomba del siglo XVI, procedente de una antiquísima ermita que hubo en una loma que lleva su nombre, donde se puede apreciar hoy los cimientos de su ubicación.
La Peña de la Mora
Así llaman en Rosales a una peña enhiesta colocada en el monte de la Salsa, en la parte alta de la vallina de los Tagarros. Puede pesar unas quince toneladas y es fama que la subió encima de la cabeza una mora hilando desde el río hasta la altura en que se encuentra, unos mil quinientos metros de distancia. Tiene dicha peña unos dos metros de altura. Después de examinada bien su base queda la duda de si es natural o colocada. De todos modos la considero como un menhir, es decir un monumento megalito cuya significación y destino es todavía un enigma para los arqueólogos.
P. César Moran Bardón: POR TIERRAS DE LEÓN, págs. 42 a 48.

Fiestas:

Corpus Christi, pero no el jueves correspondiente, sino el domingo siguiente a la octava de Corpus.
Se celebraba la fiesta del pueblo el día de Corpus Christi, pero no el jueves correspondiente, sino el domingo siguiente a la octava del Corpus. El día anterior el alcalde tocaba a “facendera”. Se reunían todos los vecinos de la aldea, quitaban las piedras de las calles por las que iba a pasar la Procesión y adornaban las paredes de las huertas y prados con ramas de sauce, de escobas floridas y otros arbustos del lugar. A continuación los vecinos se volvían a sus casas y acarreaban hierba verde para cuidar las vacas el día del Corpus.
Y llegaba la fiesta. Todos en la casa se levantaban muy temprano. El padre llenaba de hierba verde los pesebres de las vacas que los niños o niñas de 7 u 8 años no habían llevado al monte. La señora de la casa, una vez realizadas las faenas diarias, se metía en la humilde cocina y preparaba las viandas y dulces para la comida y cena.
Y era el día de estrenar o desempolvar los trajes de fiesta, todos los vecinos se ponían sus mejores prendas; se adornaban los balcones y ventanas con banderas, toquillas, colchas...
Sobre las 11 de la mañana, D. Fermín anunciaba los actos religiosos con un alegre repique de campanas. Todos los habitantes del pueblo se acercaban a la Iglesia. También llegaban los parientes de las aldeas cercanas, se saludaban y se contaban sus penas y alegrías.
Comenzaba la procesión con el Santísimo Sacramento puesto en la Custodia, que recorría la calle principal de la Solana, el Bailadero y por la Canalina volvía a la Iglesia. Todos los vecinos acompañaban al Santísimo con profunda devoción y respeto. Las campanas anunciaban el paso del Santísimo por las calles con un repique muy alegre. Se cantaba y se rezaba por los que nos habían dejado, por los mozos que estaban en las guerras, por los sembrados, por los ganados... En el Bailadero se hacía un sencillo altar, donde se colocaba la Custodia con el Santísimo y el sacerdote lo exponía al pueblo.
Se regresaba la iglesia y comenzaba la Santa Misa. Se oraba en silencio y Corsino cantaba la “misa de ángeles” en latín, con su peculiar pronunciación y potente voz.
Finalizaba la ceremonia religiosa, todas las personas se acercaban al Bailadero y al son del acordeón, gaita o pandereta se bailaban unos bailes y jotas de la comarca.
Acompañados por los parientes y amigos, que habían llegado al pueblo desde las aldeas cercanas, comenzaba la comida. La dueña de casa, utilizando sus mejores artes, había preparado unos entremeses, una sopa, unos pollos o cabrito del redil y había confeccionado unos dulces: mazapán, rosquillas, tarta... Se terminaba la comida con un café y unas copas de orujo o coñac.
Después de charlar un rato y reposar la comida, volvían todos al centro del pueblo: el Bailadero. Los hombres jugaban unas animadas partidas de bolos, las mujeres miraban y conversaban. Los niños correteaban por los alrededores y compraban en el puesto de golosinas algunos dulces.
Sobre las siete, en una era del pueblo, comenzaba el baile amenizado por un acordeonista de Omaña, hasta que las estrellas hacían su aparición en el cielo. A continuación tenía lugar en cada domicilio la cena, a la que siempre se unían varios mozos y mozas de los pueblos vecinos.
Sobre las doce se iniciaba nuevamente un animado baile, a la luz de unos faroles de aceite o candiles de carburo, hasta altas horas de la madrugada y el cuerpo aguante.

Costumbres:

Folclore de Rosales
Hasta fines del siglo XIX llegaron costumbres, que en este pintoresco pueblecito se han conservado afortunadamente en virtud de su aislamiento.
Quemar la vieja
Después del toque del Angelus, cuando empieza a oscurecer, prenden fuego al montón de paja y la vieja se consume a las primeras llamaradas. Vienen después los saltos a través de las llamas y del rescoldo, en que todos los jóvenes muestran su habilidad. Casi todo el pueblo está presente a la función, que todos los años se repite. Cuando la llama desciende y no quedan más que las ascuas, cada cual se retira a su domicilio, dejando la plaza solitaria.
El 15 de marzo, en los albores de la primavera, celebraban los romanos una fiesta en honor de Anna Perenna, diosa que se apareció en forma de vieja a los plebeyos, cuando se retiraron al Monte Sagrado, y les dio víveres con que mantenerse. Los devotos de esta divinidad celebraban su fiesta con regocijo; se hacían la ilusión de que vivirían tantos años como copas bebieran el 15 de marzo en honor de la buena Anna Perenna.
Entre esta fiesta romana y la de quemar la vieja hay varios puntos de contacto, como si la una fuera precedente de la otra.
El Rastro
Cuando dos novios llevan estrechas relaciones y se ruge que se van a casar, los mozos del pueblo les echan el rastro el día anterior a las amonestaciones. Consiste en cubrir someramente de paja el camino que va de casa del novio a la iglesia, y de casa de la novia a la iglesia. Un domingo por la mañana, cuando todo el mundo se dirige a oír misa, se entera de la novedad, que muchos todavía ignoraban.
La Maquila
Es una medida, un tanto por ciento que cobra el molinero por triturar los granos que a su molino llevan los clientes.
Veamos otra acepción. El clásico baile consistía en una larga fila de mujeres con castañuelas, otra fila paralela de hombres, mirando ellas para ellos y viceversa. Tenía lugar en la plaza, bajo la mirada vigilante de los padres, de los ancianos y del señor cura. Los moralistas decían que se dejase entre ambas filas espacio suficiente para poder pasar un carro. Comenzaban las directoras del baile a tocar las panderetas y a cantar, y aquellas filas comenzaban a moverse acompasadamente, haciendo difíciles y artísticos ejercicios de pies, brazos, cada cual con su pareja. Cuando termina el tiempo y se callan las cantoras y cesa el repicoteo de la pandereta, se cobra la Maquilla, que consiste en que el bailador coge a la moza por la cintura y la levanta en vilo por espacio de dos o tres segundos. Era el único contacto, el único atrevimiento que se permitía la honestidad de aquellas sanas, sencillas y vigorosas parejas.
La Facendera
Hacendera, es una prestación personal de todos los vecinos del pueblo para reparar los caminos de servicio general. Cuando la necesidad lo pide y al alcalde se le ocurre, manda tocar a concejo, se reúnen en el lugar acostumbrado y, después de alguna deliberación, se determina reparar tal camino para traer el heno de los prados, para acarrear las mieses de las tierras a las eras, o para restaurar un paso que los aguaceros han interrumpido. Al volver por la tarde del trabajo, el buen alcalde suele dar un vaso de vino, por cuenta de la comunidad, a los que han cooperado al beneficio común. El vino se reparte a la redonda en vaso de cristal.
Los Basiliscos
Si una mujer se peina a orillas de una fuente, de un arroyo o de un charco de agua, y entre los cabellos, que siempre arranca el peine, salen algunos con raíz o bulbo, éstos, si quedan en la humedad que los fecundice, se convierten en pequeños ofidios, del bulbo se forma la cabeza; de lo restante, el cuerpo y la cola. Crecen y se desarrollan hasta convertirse en serpientes de singular grandeza, y discurren por los montes sembrando terror y pánico entre pastores y gentes que los encuentran por temerosas soledades, Constituyen gran peligro para las personas y para los ganados. Estos son los basiliscos, que parecen emparentados con los cabellos de Medusa, castigada por la diosa Minerva.
Los Gamusinos
Con esta palabra se refería la gente de Rosales a una broma que se solía hacer a ciertas personas, sobre todo a muchachos que pretendían entrar en el grupo de los mozos. Se le decía al aspirante: hoy vamos a pescar gamusinos al río... Y se le ponía al muchacho a esperar en un lugar determinado con un saco... Y los demás mozos hacían aspavientos, como que encaminan estos animales hacia ese lugar, así le daban una buena mojadura y le metían en el saco varias piedras pesadas, que el muchacho debe llevar al pueblo sin mirar lo que es, donde éste descubre la broma. Y los mozos y mozas ríen la broma.

El palo de los pobres
Cuando llega al pueblo un mendigo, la caridad cristiana no le deja en la calle para que se muera de frío o se lo coman los lobos. Le dan posada todos los vecinos por riguroso turno. Más, como pueden pasar temporadas sin que ninguno aparezca, y se puede olvidar quién fue el vecino que hospedó al último pobre que pasó, hay una insignia: un palo que conocen todos los vecinos y que se llama el palo de los pobres. Llega un mendigo a quien sorprende la noche en el pueblo, y necesita recogerse. Pregunta por ese palo, que forzosamente ha de estar en casa del vecino que hospedó al ultimo pobre; se lo dan, va con él a la casa siguiente, y en ella tienen obligación de admitirle a pasar la noche, darle de cenar, etc.
Las Nateras
La Natera es una vasija de barro en que las mujeres de Rosales ponen la leche y la dejan por la noche en la ventana para que le dé bien el relente y se vaya separando la nata del resto de la masa. La parte alta del líquido es un trago de exquisita ambrosía. Los mozos lo saben, como saben también donde las amas de casa suelen dejar las nateras. Aprovechando la noche, se apoderan de ellas y de beber el contenido en un corro de amigotes. Esta operación, de dudosa moralidad, se llama robar nateras. Antes eran los abuelos, ayer fueron los padres, hoy son los hijos, mañana serán los nietos. Siempre ha sido así, siempre han hecho eso los mozos. A veces, en lugar de robarla, se la piden al ama, o avisan que irán a buscar la natera, a fin de que no la dejen muy escondida. Es cuando menos protestan las patronas, que ven alterada la economía doméstica.

El alumbrado
El sistema corriente de alumbrado hasta fines del siglo XIX era, aunque no exclusivo, el de aguzos.
Aguzos son las varitas de urz o brezo que se han secado, han perdido la corteza y queda la madera blanca. Se les enciende por la punta más delgada, que se pone hacia abajo. La llamita de fuego va calentando y disponiendo la madera que arde poco a poco, y proyecta aproximadamente la misma luz que un candil. Indudablemente el alumbrado de aguzos es el mismo sistema de teas que empleó el hombre prehistórico para ahuyentar las fieras y para pintar las paredes de la cueva en que vivía.
El hilandero
La palabra significa una reunión de personas hilando; pero así expuesta es un concepto helado y sin vida, significa algo más.
En las noches largas de invierno, la gente labradora apenas puede hacer nada en el campo, ni cabe en su genio permanecer catorce horas en la cama. Emplea la velada en hilar, que es oficio de mujeres. El hilandero son las Cortes del lugar. El Parlamento, el Casino, el punto en que se reúne la juventud, vigilada y presidida por las canas de la vejez. En la cocina de una casa solariega se juntan las dueñas con sus hijas casaderas y más jóvenes, todas armadas de ruecas, huso y una canastilla con tarea laborable. Más tarde llegan los mozos entonando canciones, y entran respetuosos por atención a los amos y a las personas de edad. Se van sentando en los escaños, apretándose los demás para dejar hueco. Las mujeres, hilan de pie. Allí se habla de la guerra, y de otros negocios familiares; se cuentan cuentos llenos de filosofía; se proponen acertijos, se discurren y componen villancicos para la Misa de Gallo; se ensayan comedias y se conciertan matrimonios. Un montón de leña seca arde en medio del llar, chisporrotea alegremente y esparce su benéfico influjo sobre la multitud, que alrededor se apiña.
El hilandero, filandero o filandón, era en las aldeas del contorno el centro de estudios filosóficos, jurídicos, sociales, económicos, teológicos y medicinales: era la cátedra en que se estudiaban, con más o menos aprovechamiento, todas las disciplinas postescolares, todo lo que necesitaban saber los hombres y las mujeres para desenvolverse en el tiempo, y aún en la eternidad.
Notas sacadas de la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, 1 (1945) 598 – 607, P. César Morán Bardón
LA SIEGA y MAJA DEL CENTENO
La última semana de julio, cuando las mieses estaban en sazón, comenzaba en Rosales la siega del centeno. A continuación comenzaba el acarreo de las mieses. Carros cargados con manojos llegaban a las eras y se apilaban para formar las feijinas (medas).
Luego se iniciaba una de las labores más alegres y sociales del pueblo. Se acercaba el día de la maja. Días antes se hacían los baleos (escobas) y los codojos, se reparaban los rastros, los mayales y las forcas, se barría la era...
Para realizar esta tarea se reunían varias familias del pueblo. Los hombres extendían los manojos en la era y con el pertio (mayal), un grupo por un lado y otro por el otro golpeaban con fuerza y al unísono las espigas hasta separar el grano de la paja; ésta se ataba y se guardaba en los pajares Y el grano, una vez separado de la poisa y restos de paja, se almacenaba en las paneras, pequeños silos de madera.

Historia:

El primitivo ROSALES
Son los castros poblados primitivos. hoy generalmente desiertos, colocados en lugares estratégicos, civitates supra montes positae, casi tan numerosos como los pueblos actuales. En ellos tenían nuestros progenitores sus viviendas permanentes, y su vida se deslizaba pacífica, poco más o menos como en las aldeas que hoy se dedican al pastoreo y a la agricultura.
En todos ellos se descubre una organización para defensa de la colectividad, lo que lleva consigo instituciones civiles, religiosas y militares; autoridad, jueces y leyes, aunque no fueran escritas.
Los castros comenzaron en el segundo período de la piedra: en el Neolítico (El Neolítico en la Península Ibérica corresponde al período comprendido entre el 6000 a. C. y el 3000 a. C.), o un poco más tarde, y perseveraron a través del Bronce y del Hierro, hasta la conquista romana: eso demuestran las exploraciones de algunos.
Tal vez el primer asentamiento humano en el pueblo de Rosales, no mencionado por el P. César Morán, estuviese localizado en Campovalle por sus características: lugar estratégico con buena visibilidad, valle muy soleado en la falda meridional de una loma, cueva o cuevas en las rocas calizas que forman la loma (no descubiertas hoy día), con agua abundante, con bosques tupidos para la caza y madera para el fuego, vaguada resguardada del viento norte y oeste... Fundamento este dato en un hacha de bronce encontrada en el lugar.
Éste debió estar en la parte oriental (Sur) de la colina1 que llaman Santa Colomba, que ofrece todas las apariencias de un castro. Se halla al occidente del pueblo, a unos cuatro kilómetros de distancia. Se extiende de NO. a SE. parte de monte y parte de campo sin árboles. Es loma poco elevada y bien defendida contra todos los vientos por las altas montañas que por todas partes le dan abrigo. La constitución de la loma ofrece muy buena situación estratégica por tres de sus lados, que son rápidas vertientes, y sólo es accesible, en llano, por un punto, que es el NO.
A lo largo de la colina corre un camino hondo, con poca profundidad actualmente, por haberse rellenado con hierbas, hojas y plantas en el transcurso de los siglos. Cuando ese camino llega al solar del castro propiamente dicho, se bifurca, dirigiendo una trinchera a la derecha y otra a la izquierda, para defender el punto más vulnerable y más expuesto a las acometidas de un posible enemigo. Por el interior se ve mucha piedra en desorden, traída de otra parte, restos de viviendas, de chozas, sin que pueda concretarse su planta en una visita rápida y en un lugar cubierto de impenetrable bosque.
Los valles que rodean el castro son abundantes en agua potable. Campos, praderas, montes, tan propios para la ganadera como para la caza, se extienden en todas direcciones. La pesca debió ser copiosa en las cercanías, como lo da a entender el nombre de un prado lindante que dicen el Truchero.
Villares o Villar suelen llamarse los parajes en que aparecen ruinas de antiguos poblados. Pues bien, a lado del castro, al SE. después de la terminación de la loma, se extiende una planicie denominada el Campo del Villar, como si dijera el campo del pueblo. Y es de advertir que en la actualidad ninguna persona de Rosales sospechaba la existencia de un poblado en aquel sitio, aunque hayan visto las ruinas cien veces; toda la tradición se concentró en el santuario, como vamos a ver. Sin embargo ese nombre de Villar, que hoy se emplea como simple toponímico, exento de significación ulterior, expresó en otro tiempo, en una antigüedad muy remota, una idea clara de relación al castro.
A un extremo del mencionado Campo hay una extensión de terreno que llaman el Jardín, que también probablemente se refiere a la población primitiva.
A la parte norte se extienden unos prados que llaman las Cortinas, de corte en sentido de corral o cortijo para encerrar los ganados del antiguo pueblo. A otro valle inmediato llaman Trigal, que puede referirse a ensayos de ese cereal, cuando era producción nueva.
Hacia la mitad de la colina en que aparece el castro, en el punto más favorable para tomarlo o combatirlo, se ven las ruinas y cimientos de un pequeño edificio de planta cuadrangular, que la tradición señala como ermita de Santa Colomba; de ahí la denominación toponímica. La imagen de la Santa en talla de madera, pequeñita, con su palma de martirio y con sabor del siglo XVI, está, ya lo hemos dicho en la iglesia de Rosales, en un altar lateral. Creemos que la vieja ermita, en aquel punto, es un caso de cristianización. Los habitantes del castro colocaron el templo y sus dioses en el sitio más peligroso, encomendándoles la defensa y protección del poblado. Más adelante, con el triunfo del Cristianismo, desterraron los dioses, y consagraron el templo al verdadero Dios bajo la advocación de Santa Colomba.
La ermita de SANTA COLOMBA
Cuentan los ancianos de Rosales que esta ermita fue uno de los primeros templos del Cristianismo en el país. Atrevida parece la afirmación, pero no desprovista de verosimilitud. Desde luego la cristianización a que aquí nos referimos se toca con el culto de los dioses, y se relaciona con el momento en que el paganismo se declaraba en derrota, y la nueva religión se imponía. Esta pudo extenderse por acá muy pronto en virtud de la proximidad a Astorga, unos 25 kilómetros, donde el Cristianismo se remonta a los tiempos apostólicos. La tradición venerable sigue al Apóstol Santiago desde un puerto de la Bética, por una de las calzadas romanas hasta Galicia; de Galicia, por otra vía romana, a Zaragoza pasando por Astorga. No iba como simple turista, sino como Apóstol evangelizando a los pueblos. «Sería temeridad, dice Menéndez Pelayo, negar la venida de Santiago a España». Aun concediendo que la silla episcopal de Astorga no sea fundada por Santiago, sabemos con certeza que, a mediados del siglo III, era obispo de Astorga Basílides, el libelático2. Es el primero de que se tiene noticia, pero esto no significa que sea el primero de la serie. La Virgen Santa Colomba padeció el martirio hacía el año 273; hasta después de esa fecha no pudo ser cristianizado con ella este templo.
Una vieja tradición recuerda la romería que se celebraba en el campo de las Cortinas en presencia del templo del antiguo poblado y de la ganadería, siguiendo la costumbre ancestral de establecer las ferias y mercados a lado de los templos.
Entre los caminos rústicos, que en forma radiada salen de Rosales, dos se dirigen hacia Santa Colomba: uno pasa rozando la colina por el sur, atravesando el Campo del Villar; otro cruza la loma por el norte. En la antigüedad hubo un tercer camino intermedio que se dirigía directamente al castro, se desprendía del anterior en Campovalle y, colocado entre los dos primeros, no cesaba hasta la altura del castro. Aunque abandonado y maltrecho, se puede seguir su trazado en toda su longitud, que no pasa de dos kilómetros.
La conquista romana
Al paso de los conquistadores romanos (Octavio Augusto, emperador romano, sustituido luego por Cayo Antistio el Viejo, Pretor de la Tarraconense) casi todos los castros desaparecen violentamente, y sus moradores se ven forzados a establecerse en la llanura o lugares abiertos, para evitar sublevaciones contra el vencedor. quedó abandonado el castro y no sobrevivió de él más que la ermita, pagana primero, cristiana después, de Santa Colomba, respetada por los conquistadores como medida política. Entonces debieron los naturales trasladar sus viviendas a otro punto en que aparecen ruinas y vestigios de poblado, que es en Murmián, un llanito que se hace más arriba del actual Rosales. Allí descubre el arado trozos de cerámica, cimientos de paredes, piedras de argamasa y pequeñas ruedas de molino de mano. En este punto la tradición y las ruinas están completamente de acuerdo al decir la primera que allí estuvo antes el pueblo. (Muy posiblemente los Romanos estavlecieron un CASTRO para defensa del camino que se dirigía hacia las explotacines auríferas. Lugar estrátégico, con buena visibibilidad, agua abundante, madera para construir las empalizadas que lo protegían...) (Datos recogidos por el P. César Morán en su libro EXCURSIONES ARQUEOLÓGICAS POR TIERRAS DE LEÓN)

Turismo:

Senderismo (REFORMADO)
Se llega en coche a Rosales. Y en el pueblo se pregunta a algún vecino la ubicación de los lugares mencionados.
El Cueto de Rosales:
Desde El Castillo una señal indica la ruta hacia el pueblo de Rosales; se sube la cuesta por una carretera con curvas muy cerradas, entre robles y arbustos, unos 3.500 m, hasta llegar al lugar conocido como "La Cruz de Vega". Entre la vegetación, podemos destacar la urz (brezo), la escoba y el piorno (retama), el capudo (serbal), con sus preciosos corimbos de bayas rojas en verano, espino albar, ablanos (avellanos en las vallinas)... Recomiendo no aventurarse a entrar en los tupidos bosques que se hallan a uno y otro lado de la carretera, de los que es muy difícil salir. Al llegar a la cima, en La Cruz de Vega, tenemos un desvío a la derecha, que sigue una sinuosa ruta hasta el Alto, desde el que se podemos contemplar a un mismo tiempo el pueblo de Rosales y los pueblos que quedan hacia el norte de la carretera omañesa; una pronunciada pendiente nos conduce hasta El Cueto de Rosales. Después de tantos años, siento nostalgia cada vez que hago esta ruta, me entra una pena muy grande, por todo lo que en estos últimos años se ha construido en esta preciosa montaña, pues en torno a las antenas de telefonía y televisión, se han colocado unos muros y planchas de hierro, que no tienen nada que ver con la bella naturaleza que visitamos y nos permite divisar. Quiero recordar esto, porque conocí la peña del Cueto desde mi niñez, pastoreando los rebaños de cabras, ovejas y vacas. Sobre la roca, se levanta una cruz, colocada por los habitantes del pueblo, que es como un signo de identidad de la tierra que se visita.
Desde su cima se puede ver un amplísimo paisaje, donde la mirada se pierde, y más en los días claros.
Rosales se encuentra en el extremo occidental de los pueblos de la Lomba, a 1.320 metros de altitud, sobre la ladera sur del Cueto de Rosales (1.457 m). El Cueto constituye un excelente mirador natural, lleno de mística, donde el aire se mueve con frescura natural, lleno de pureza oxigenante. Desde su cima, se puede divisar todo el valle de Omaña hasta Camposagrado y la Cordillera Cantábrica, desde Catoute (2.117 m) hasta el Espiguete (2.450 m) en la provincia de Palencia; sin olvidar la majestuosa Peña Ubiña, entre los límites de León y Asturias.
Visita a la Salsa y el Campón
Se recomienda el uso de un vehículo todo terreno. Llegando al pueblo de Rosales, se sube a la parte alta del mismo, barrio del Curriello, y desde el que se cruzan por camino de tierra, las tierras centenales hoy día cubiertas de escobas, codojos (codesos), robles, urces (brezos), juagazos (juagarzos)... Se llega al Cullao y, dejando a la derecha una rodera que nos lleva a Cirujales, pasando por Los Sumideros (explotación aurífera de la época romana, muy cerrado de bosque, donde es muy difícil penetrar). Por el Aro de los Cousos se continúa hasta el Calero de Abajo y desde este lugar se puede subir a pie directamente al Campón, por una cuesta sumamente empinada y prolongada, o cruzar con el todo terreno hacia la Mayada y el valle del Acebal, que culmina el valle de los prados de Ozoso, siempre entre bosques muy frondosos se llega a La Salsa, no muy lejos de Peñas Zerradas y del camino que por otra ruta conducía a los viajeros desde el pueblo de Rosales al de Murias de Ponjos. Ya situados en la cordillera, por el camino de tierra abierto, nos podemos dirigir hacia el oeste, en constante subida, hasta el Campón, hoy prácticamente cubierto de arbustos, que queda a la derecha del itinerario señalado, y a la izquierda, bajando unos cientos de metros, nos encontramos con una cabaña y una fuente con agua muy fresca. Un poco más arriba, en la roca más alta del lugar, decía el tío Manuel Gómez, ya fallecido hace unas décadas, que «una persona, con buena vista, y en días claros puede ver las torres de la Catedral de Astorga» (a unos 25 km de distancia en línea recta). El verano del 2010 comprobó este dato mi hermano Santiago con su cámara fotográfica, haciendo verdad lo que ya los antiguos habían dicho.
Visita al nacimiento del río Negro
El río Negro es un afluente del río Omaña, con el que se encuentra en el pueblo de Trascastro. Nace en los valles que recogen las aguas de los montes de Rosales, no muy copiosas. Pero en el término del Truchero, brota una abundante fuente, con agua muy fría y abundante, un tanto calcárea, la fuente del Bidular, bajo una loma agreste, donde se sitúa una famosa cueva, igualmente conocida como la Cueva del Bidular, al terminar los prados de Trigal. La última vez que visité esta gran fuente de agua cristalina, estaba llena de yerbajos y musgos, que dificultaban coger un vaso de agua fresca. Se llega a este lugar por un camino para vehículos todo terreno, aunque sería más saludable hacerlo andando, caminando poco más de 2 km hacia el sur oeste, para admirar el paisaje que se nos presenta bajo frondosos robles y arbustos de todo tipo, junto a los rosales silvestres, zarzales, escobas... El camino sale de la parte baja del pueblo; en el campar de Cardoso se bifurca, se sigue por el de la izquierda, que nos conduce cuesta abajo al Campar del Villar, en el que confluyen varios valles, lugar donde el río Negro reúne un cauce copioso. Siguiendo el cauce hacia arriba, encontramos algunos prados y un molino antiguo, encima de los prados del Truchero, donde brota el manantial, que alimenta el río y mueve el rodezno del molino que a su vez hace girar la piedra, que antiguamente molía el grano de centeno. A la derecha del mencionado campar, donde se inicia el teso de Santa Colomba, en una pequeña loma queda situado, según las investigaciones del P. César Morán, fraile agustino del pueblo de Rosales, uno los castros primitivos de Rosales.
Norma elemental: si comes en el bosque, nunca dejes plásticos, latas, papeles... Se puede dejar, escondidos entre los arbustos, restos de comida para los animales del bosque.

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