CRISTÓBAL COLÓN ERA SORIANO

Ya repuestos, en parte, hacemos una reseña del otro documento. Se trata de un documento de compra-venta de una barca por parte del carpintero Galo Salcedo, (del Linaje de don Martín Salvador -Salvadores-) según consta en el contrato, a Cristóforo Colombo, por doscientos maravedises. (Ya se notan los afanes de navegante.)
Ítem más (íbamos a cerrar la noticia, cuando nos confirman nuevamente por e-mail que había un tercer documento). Se trata del pago de derechos que ... (ver texto completo)
CRISTÓBAL COLÓN ERA SORIANO

Ni genovés, ni marsellés, ni napolitano, ni mallorquín, ni catálán; dos felices coincidencias han hecho esclarecer la duda histórica sobre la procedencia de Cristóbal Colón. En efecto, entre viejos legajos, el archivero muncipal, Marcos Martínez, ha descubierto, traspapelados entre las páginas de otros documentos, dos legajos que demuestran que el descubridor de América era soriano. Como la noticia confirmando el hallazgo acabamos de recibirla por correo electrónico, ... (ver texto completo)
Tan solitario en la fotografía que amablemente nos envía el abuelo; nada que ver con el Jueves La Saca donde toda Soria y más de otro tanto de visitantes disfrutan de la espectacular suelta de los toros. Esperemos que sea por muchos siglos, a pesar de los pesares.
Buenas tardes Soria
Manuel me encanto lo que hoy pusisteb pase un rato muy entretenido
Feliz tarde te deseo y un cariñoso saludo
Tan solitario en la fotografía que amablemente nos envía el abuelo; nada que ver con el Jueves La Saca donde toda Soria y más de otro tanto de visitantes disfrutan de la espectacular suelta de los toros. Esperemos que sea por muchos siglos, a pesar de los pesares.
Quienes conocimos la Soria de hace décadas, no hubiésemos imaginado entonces que el barrio de Los Pajaritos se convertíría con el tiempo una flamante zona deportiva. Aquel viejo San Andrés, tan céntrico, pero vetusto, con campo de tierra y un remedo de pistas de atletismo. Muchos recuerdos, sin duda.
Cómo no iban a ser diferentes si nunca se las veía jugar con el marro y la pita, con la de ratos tan divertidos que pasábamos; ni al hinque con la navajilla, ni subían al Castillo a coger grillos meando en su agujero para que salieran; ni echaban carreras de aros, ni de cojinetes, ni de caballos, ni se esbaraban por la nieve haciendo resbaladizos; si serían raras que no jugaban a la piola, ni a la piola con cadena, y menos al burro largo porque decían que era un juego muy burro. Ellas se perdían ... (ver texto completo)
A pesar de Yolanda, bien poco sabíamos de la niñas; es de suponer que tampoco ellas sabrían mucho más de nosotros. Sí teníamos conocimiento de su existencia, pues quién más, quién menos, teníamos hermanas, o vecinas, o primas como el afortunado de Juanillo, que no todo el mundo podía presumir de una prima de Madrid, con los ojos verdeazulados y el pelo castaño, tirando a rubio. Las niñas iban a colegios sólo para niñas –algunos de monjas-, y los niños a colegios sólo para niños –algunos de frailes-; ... (ver texto completo)
A cambio, Juanillo se hizo nuestro confidente: “Mi prima ha ido a los Zamoranos con mi madre, que va a comprarle una falda y una blusa”, nos contaba un día; o nos decía otro: “Ya le han encargado el vestido de la Primera Comunión”; hasta que un día nos dijo:”Mañana le van a hacer la foto para los recordatorios en el Vives”… Y al día siguiente pudo verse una multitud de chiquillos traspasando los confines del barrio hasta la puerta del estudio fotográfico. “Qué guapa va”, dijo el Bizco García. “Qué ... (ver texto completo)
Casi sin advertirlo, me encuentro absorto yo también reviviendo sensaciones remotas, como si hubiese dado un salto atrás en el tiempo. Aparece, de pronto, la imagen de otra niña de la misma edad, de ojos verdeazulados y pelo castaño, casi rubio. Se llamaba Yolanda y consiguió enamorar a todos los arrapiezos del barrio. Bueno, a todos menos a Arturo, Arturito. Vivía en Madrid, pero solía venir a pasar largas temporadas a casa de sus tíos. Tenía un primo, Juanillo, de su edad, de nuestra edad, algo ... (ver texto completo)
Me llama la atención que a estas horas aún no haya críos en la calle, en vacaciones y con buen tiempo. Quizá anoche vieron la televisión hasta muy tarde y todavía descansen en la cama. Puede, tal vez, que estén entretenidos en casa con juegos similares a los del crío de antes. Aunque pudiera ser que sus padres hayan cogido también las vacaciones y se encuentren de viaje. Pasa una niña, de siete u ocho años, que lleva una falda estampada y una blusita celeste, cogida de la mano de su madre. Tiene ... (ver texto completo)
Me cruzo con un chavalillo que camina ensimismado manipulando una maquinita electrónica, ajeno a todo cuanto le rodea. No se ha dado cuenta de que lleva sueltos los cordones de los zapatos y de que puede tropezar si se los pisa. Le interrumpo de su ocupación, tocándole ligeramente el hombro mientras le pregunto por el nombre del artilugio. Levanta la cabeza y, con la expresión todavía ausente, me mira sorprendido como a un bicho raro de otro planeta que acabase de aterrizar; apenas un instante después, enarca una ceja al mismo tiempo que, esbozando una mueca graciosa, me responde con suficiencia: game-boy. Sin tiempo para que le dé las gracias, se vuelve y reanuda la marcha, alejándose enfrascado en su juego de niños. ... (ver texto completo)
El sol va bastante alto cuando recorro con morosidad, deteniéndome a cada paso, en cada rincón, las calles que fueron el escenario de nuestra infancia. En este portal vivía Paquillo Pajero; en éste el bizco García y su hermano Lorenzo; aquí cayó, borracho, Federico el tuerto, después de tomar la última ronda en el Mandarria; en este solar hacíamos los hoyos para jugar a las bolas; en esa otra puerta nos sentábamos en verano a cambiar tebeos y cromos; en este trozo de acera dibujábamos un circuito ... (ver texto completo)
rebuscando entre el balasto de la vía, o desperdigadas por el terraplén del ferrocarril, se afanaban en recoger los fragmentos de carbón mal quemado y los que se habían desprendido de las máquinas de vapor, que luego vendían a los carboneros. Me resultaba extraña la vestimenta de aquellas mujerucas que cubrían sus cabezas con un pañolón para protegerse del frío, y defendían sus piernas de arañazos, rozaduras y miradas indiscretas embutidas en bastos y raídos pantalones, los primeros que vi vestir ... (ver texto completo)
A veces, el señor Florencio hacía portes a Pinares, y al regreso nos regalaba pizorras para que hiciéramos barquitos. Con la ayuda de una navajilla y un poco de habilidad y paciencia, los chicos del barrio armábamos una flota de canoas, barcas y carabelas preparada a entrar en acción en cuanto llegase la primera tormenta de verano o el hombre de la manga riega apareciese por la calle: “La manga riega que aquí no llega, si llegaría, me mojaría”. Si la cantinela no hacía efecto a la primera, el griterío ... (ver texto completo)
Uno de los vecinos, el señor Florencio, tenía un carro tirado por una mula, quizá uno de los últimos que se vieron por la ciudad. El carro tenía dos enormes ruedas, más altas que nosotros, con sus radios de madera y las llantas de hierro, y en los varales de los costados se amarraba un toldo de lona blanca que lo cubría en forma de arco, a semejanza de las carretas de las caravanas que veíamos en las películas camino del Oeste, con los alevosos indios siempre al acecho de hacerles un buen corte de ... (ver texto completo)