Otras veces, el entretenimiento consistía en hostigar a las Tripis, madre e hija, soltera la madre y soltera la hija: “Tripi, tripooona, cochina, marranooona”. La gente decía que puteaban, algo que parecía imposible viendo el aspecto de la vieja, que ya no podría estar para muchos trotes, e improbable en el caso de la hija, desdentada y envejecida, aunque nunca se sabe de la desesperación y rijosidad de algunos. Hasta había quien aseguraba que eran brujas, aunque, en honor a la verdad, podemos dar fe de que nunca las vimos utilizar una escoba. Las dos cubrían sus flacas carnes con raídas ropas de color negro, un negro desvaído y pardo de muchos años y muchos soles, y calzaban sus pies con humildes alpargatas, lloviese, nevase, hiciese frío o calor. Vivían aquellas infelices por el Tovasol, cerca del Gallarón, en una casucha más cubil que vivienda. El portal era un tabuco sórdido, mugriento como sus moradoras, mal iluminado por una pobre bombilla polvorienta tamizada por infinidad de cagadas de mosca; del recinto se desprendía hasta la calle un olor rancio, mezcla de humedad, polvo de siglos y meada de gato, y no hay duda de que desconocía el contacto con el agua y la lejía. Nunca nos atrevimos a traspasar el umbral de aquel portaluco, por miedo a las Tripis, ni siquiera, y por doble justificación, el día de Difuntos, uno de nuestros preferidos por razones evidentes.
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