A cambio, Juanillo se hizo nuestro confidente: “Mi prima ha ido a los Zamoranos con mi madre, que va a comprarle una falda y una blusa”, nos contaba un día; o nos decía otro: “Ya le han encargado el vestido de la Primera Comunión”; hasta que un día nos dijo:”Mañana le van a hacer la foto para los recordatorios en el Vives”… Y al día siguiente pudo verse una multitud de chiquillos traspasando los confines del barrio hasta la puerta del estudio fotográfico. “Qué guapa va”, dijo el Bizco García. “Qué ... (ver texto completo)
Casi sin advertirlo, me encuentro absorto yo también reviviendo sensaciones remotas, como si hubiese dado un salto atrás en el tiempo. Aparece, de pronto, la imagen de otra niña de la misma edad, de ojos verdeazulados y pelo castaño, casi rubio. Se llamaba Yolanda y consiguió enamorar a todos los arrapiezos del barrio. Bueno, a todos menos a Arturo, Arturito. Vivía en Madrid, pero solía venir a pasar largas temporadas a casa de sus tíos. Tenía un primo, Juanillo, de su edad, de nuestra edad, algo ... (ver texto completo)
Me llama la atención que a estas horas aún no haya críos en la calle, en vacaciones y con buen tiempo. Quizá anoche vieron la televisión hasta muy tarde y todavía descansen en la cama. Puede, tal vez, que estén entretenidos en casa con juegos similares a los del crío de antes. Aunque pudiera ser que sus padres hayan cogido también las vacaciones y se encuentren de viaje. Pasa una niña, de siete u ocho años, que lleva una falda estampada y una blusita celeste, cogida de la mano de su madre. Tiene ... (ver texto completo)
Me cruzo con un chavalillo que camina ensimismado manipulando una maquinita electrónica, ajeno a todo cuanto le rodea. No se ha dado cuenta de que lleva sueltos los cordones de los zapatos y de que puede tropezar si se los pisa. Le interrumpo de su ocupación, tocándole ligeramente el hombro mientras le pregunto por el nombre del artilugio. Levanta la cabeza y, con la expresión todavía ausente, me mira sorprendido como a un bicho raro de otro planeta que acabase de aterrizar; apenas un instante después, enarca una ceja al mismo tiempo que, esbozando una mueca graciosa, me responde con suficiencia: game-boy. Sin tiempo para que le dé las gracias, se vuelve y reanuda la marcha, alejándose enfrascado en su juego de niños. ... (ver texto completo)
El sol va bastante alto cuando recorro con morosidad, deteniéndome a cada paso, en cada rincón, las calles que fueron el escenario de nuestra infancia. En este portal vivía Paquillo Pajero; en éste el bizco García y su hermano Lorenzo; aquí cayó, borracho, Federico el tuerto, después de tomar la última ronda en el Mandarria; en este solar hacíamos los hoyos para jugar a las bolas; en esa otra puerta nos sentábamos en verano a cambiar tebeos y cromos; en este trozo de acera dibujábamos un circuito ... (ver texto completo)
rebuscando entre el balasto de la vía, o desperdigadas por el terraplén del ferrocarril, se afanaban en recoger los fragmentos de carbón mal quemado y los que se habían desprendido de las máquinas de vapor, que luego vendían a los carboneros. Me resultaba extraña la vestimenta de aquellas mujerucas que cubrían sus cabezas con un pañolón para protegerse del frío, y defendían sus piernas de arañazos, rozaduras y miradas indiscretas embutidas en bastos y raídos pantalones, los primeros que vi vestir ... (ver texto completo)
A veces, el señor Florencio hacía portes a Pinares, y al regreso nos regalaba pizorras para que hiciéramos barquitos. Con la ayuda de una navajilla y un poco de habilidad y paciencia, los chicos del barrio armábamos una flota de canoas, barcas y carabelas preparada a entrar en acción en cuanto llegase la primera tormenta de verano o el hombre de la manga riega apareciese por la calle: “La manga riega que aquí no llega, si llegaría, me mojaría”. Si la cantinela no hacía efecto a la primera, el griterío ... (ver texto completo)
Uno de los vecinos, el señor Florencio, tenía un carro tirado por una mula, quizá uno de los últimos que se vieron por la ciudad. El carro tenía dos enormes ruedas, más altas que nosotros, con sus radios de madera y las llantas de hierro, y en los varales de los costados se amarraba un toldo de lona blanca que lo cubría en forma de arco, a semejanza de las carretas de las caravanas que veíamos en las películas camino del Oeste, con los alevosos indios siempre al acecho de hacerles un buen corte de ... (ver texto completo)
Este trato modesto, sencillo y llano entre los vecinos me parecía algo tan natural, por la costumbre, como la lluvia, en otoño, cuando iba a buscar setas con el abuelo, o la llegada de las cigüeñas en invierno. Con el paso del tiempo, sin embargo, comencé a comprender que del mismo modo que el clima cambia de unos lugares a otros dependiendo de factores geográficos, también las relaciones con las personas son diferentes, según las circunstancias, la época y el lugar. Fui conociendo, por lo que me ... (ver texto completo)
El nuestro era un barrio de modestos funcionarios y ferroviarios; de albañiles, empleados del comercio y amas de casa. La austeridad de entonces no permitía grandes diferencias económicas o sociales entre unos y otros vecinos; tampoco solía darse desigualdad en el trato, quizá debido a la honda raigambre democrática del pueblo castellano, donde, según el viejo aforismo, nadie es más que nadie… Trato revestido de dignidad en las expresiones cotidianas: “Me ha dicho la señora Julia que se va al pueblo ... (ver texto completo)
Ahora, muchos años más tarde, ni el tiempo ni la distancia me han hecho olvidar a aquellos hombres y mujeres; los primeros rostros conocidos, las primeras voces oídas, los primeros afectos fueron los suyos. Ellos forman parte, con sus defectos y virtudes, con sus bondades o malicias, del paisaje humano de mi primera memoria. Algunos ya han muerto, llevándose entre sus recuerdos fragmentos de nuestra pequeña historia. Con su desaparición, nunca sabremos cómo nos vieron, cómo nos recordaban, cosas ... (ver texto completo)
Memorias de Martín Pedraza (7)
El vecindario
Muchos de aquellos vecinos de mi barrio procedían de distintos rincones de la provincia. De Vildé, de Trébago o de Peroniel; de Barca o de Fuentecantos. Habían dejado sus pueblos para vivir y trabajar en la ciudad, en busca, sin duda, de una vida mejor. Pero a medida que la capital crecía al ritmo de esta inmigración interior, el campo fue despoblándose al mismo tiempo. Trajeron consigo sus nombres sonoros y antiguos, hoy raros, heredados de sus mayores ... (ver texto completo)
Me alegro, mariángeles, que te hayan gustado las historias que comentas. Siempre es agradable, y más cuando se es un simple aficionado a darle a la tecla. A continuación envío el siguiente capítulo.
Un saludo
Además de toda la lectura, me quedo también con éste:

Aquí, en estos rincones cargados de siglos y de historia, se desarrolló mi infancia, mi adolescencia y los primeros años de la juventud, hasta que llegó la hora de marchar. Más tarde, con los años de la ausencia, forastero de esta tierra y en aquella otra del exilio, comprendí que un hombre sin raíces no es nada. Y cuando vuelvo, de tarde en tarde, al encuentro de esas raíces, me siento un extraño. Pienso entonces, mientras recorro mi viejo ... (ver texto completo)
Cada día me sorprendo más con las cosas de Soria. Me ha llamado la atención el buen humor que destiláis en este foro. Yo tenía el concepto de que los sorianos eráis muy seriotes, pero veo que hay de todo como en botica. Gracias por los ratos tan buenos que paso. Siguiendo vuestro juego, las autoridades tendrán que decir: "Si corres, no comas chorizo de Soria... por si acaso". Ja, ja.