En estos días tórridos de agosto, a duras penas se puede andar por las solitarias
calles del
pueblo. Las hierbas secas huelen y crujen como las espigas del trigo extendidas en las desaparecidas eras, donde los
trillos sin piedad, desgarraban las gavillas esparcidas en el coso dorado, tirados por lentos y sufridos bueyes.
Esta vieja estampa rural ha desaparecido de nuestros enderredores; solo su recuerdo queda en negruzcas
fotos.
En cambio a esas horas en que todo dormita y nada mueve el aire,
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