Se le veía siempre sentado al fresco de la
Plaza en el
verano. Se subía a la azotea de su
casa a ver el Prendimiento cada
Semana Santa. Sabía lo que era tener las manos sucias de grasa de motor. Iba con jersey los días soleados del
invierno. Y era fácil saber cuál era el
color de sus dientes, pues siempre tenía una sonrisa, una palabra amable, para todo el que pasaba por su vera.
La rueda del tiempo no cesa de girar, y llegó el momento en que se tuvo que marchar, de acuerdo a lo establecido en el
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