Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Gabolino, el gato aventurero

Brincando por un camino polvoriento, el pequeño Gobolino se preguntaba qué aventuras le aguardarían. Cuando nació era el gato de una bruja. Hasta ayer había sido un feliz gato faldero, pero ahora debía emprender una nueva vida.
Muy guapas estas tres chavalitas.
Un besazo y que tengan un verano fresquito, aunque la del centro no, jejejejje.
Un botoncito muy tierno asomaba a la tierra muy cerca de ella. Esto la reanimó de inmediato y volvío su corazón a alegrase y sus pétalos a relucir su belleza. Florecilla Silvestre no estaba sola, tenía un retoñito a quien cuidar y por ese botoncito ella vive alegre como ninguna Florecilla del campo lo fue jamás.
Un mañana que parecía era el fin de Florecilla pues se había desvanecido por completo, vio a su lado que había una pequeña flor.
Y realmente no se equivocó, Elarhú nunca más apareció por esos campos.

Florecilla Silvestre quedó muy apenada, no entendía ni cómo ni por qué Elarhú se había marchado. Su tristeza era tanta que su pétalos empezaron a marchitarse y las hierbas cada vez se multiplicaban más a su alrededor. Así fue pasando el tiempo y Florecilla parecía que de melancolía se iba a morir.
Pero Elarhú solo estaba físicamente allí, sus pensamientos estaban en otro lado. Cogió su cantimplora y vació de golpe el agua. Y como estaba tan, pero tan distraido, el agua fue a dar a un costado. Parecía la primera vez, cuando a Florecilla no le cayó ni una gota de agua. Elarhú ni reparó en ello y se despidió de Florecilla

Florecilla sintió en esa despedida, un adiós para siempre.
– Elarhú ¿trajiste agua?

– Si, por supuesto, contestó Elarhú, Ahora te riego.
El payasito empezo a contarle a Florecilla con muchas incoherencias que acabaron por desconcertarla. Elarhú hablaba de una y otra cosa, que se suponía Florecilla debía estar bien informada, sin embargo Elarhú jamás le había contado de todo aquello, y al naturalidad con que lo hacía aumentó más su desconcierto.

Elarhú no frotó su naricita como otras veces y ni se preocupó por echarle agua a Florecilla, por lo que esta le preguntó:
Florecilla quiso preguntar a Elarhú por qué estaba tan cambiado y sobre todo por qué tenía la naricita tan colorada.

¿Habrá frotado otros pétalos? pensó Florecilla; pero frefirío quedarse callada y esperó a ver que decía Elarhú.
¿Le habrá pasado algo? pensó y aguardó toda la semana con angustia y melancolía. Ya finalizando la semana y al vez que Elarhú no aparecía, su pena fue tan, pero tan profunda, que de sus bellos ojos escaparon dos gruesas gotas de lágrimas
Pero un miércoles, que debería Elarhú irla a vez, no apareció. Florecilla se puso muy triste.
Y así fueron pasando una y otra semana; uno y otro mes. Florecilla Silvestre ya se había acostumbrado a los cuidados del payasito Elarhú y a la forma tan peculiar con él le expresaba su cariño, que al llegar a media semana ya se ponía impaciente a experarlo.
Tu eres muy bella, Florecilla le dijo el payasito. Lo único que necesitas es que cuiden y yo te cuidaré.

Así lo hizo el payasito Elarhú, cada mitad de semana iba a verla a Florecilla Silvestre, frotaba su naricita en sus pétalos, la regaba con sumo cuidado y no permitía que crezcan hierbas a su alrededor. Florecilla le agradecía envolviéndolo con su fragancioso aroma, lo cual halagaba mucho a Elarhú.
Qué tiempo haría que a Florecilla Silvestre nadie la regaba! que de inmediato absorbió todo el agua y se puso muy pero muy bonita.

- ¡Que bella estás Florecilla Silvestre! le dijo el payasito Elarhú, tus pétalos están sonrosados y brilantes.

- ¡Mírate! dijo Elarhú a Florecilla Silvestre al verse tan linda exclamó:

-Gracias por ponerme bonita Elarhú.
Florecilla al verlo se alegró mucho. El payasito Elarhú para expresarle su cariño, frotó su naricita en los pétalos de Florecilla Silvestre y esta vez la regó con mucho cuidado.
- ¡Florecilla Silvestre!, ¡Florecilla Silvestre! gritaba el payasito conforme se iba acercando a ella.
Vendré a verte a mitad de semana y traeré abundante agua para regarte.

Así lo hizo Elarhú, el día miércoles estaba ya de regreso.
Necesitas que te cuiden! dijo Elarhú a Florecilla Silvestre. Luego agregó: -No te prometo nada, tengo tanto trabajo en el circo, pero tu necesitas que te cuiden.
Muy preocupado al ver que florecilla no se reanimaba, pensó ¿qué podría hacer? En eso, el payasito Elarhú, recordó como hacía reir a las personas que asistían al circo y le ofreció a Florecilla todo un espectáculo. Florecilla Silvestre (como la bautizó Elarhú) pore ese gesto que tuvo el payasito le obsequió una linda sonrisa y una mirada muy tierna.
Que torpe soy! se dijo Elarhú.

Debí quitar más hierbas, tener más paciencia y realmente regarla. No debí vaciar el agua de un sopetón, ¡Qué pena! ya no me queda ni una gota.
algo más. Ya sé, se dijo Elarhú, le daré mi aliento y empezó a soplarle despacito y con mucha suavidad, pero Florecilla seguía desvanecida.

¡Necesita agua! pensó Elarhú tenía con é una cantimplora, no lo dudó un instante y la regó. Pero, ¿que pasó?, el agua no llego a Florecilla.
las hierbas más próximas de aquella flor en su deseo de reanimala. Pero eso no bastaba, Florecilla necesitaba
Qúe linda es! se dijo, hay tantas hierbas a su alrededor que no le dejan lucir su belleza y hasta está desvanecida. Y ¡claro! como no va a estar así, si estas hierbas la están asfixiando.
Era sabado cuando Elarhú al sentirse solo, triste y aburrido, empezó a andar sin rumbo alguno. De pronto se encontró en el campo y ¿oh sorpresa!, en medio de tanta hierba vió que asomaban los pétalos muy blancos de una flor.
Florecilla Silvestre

El payasito Elarhú, una tarde mientras se daba el espectaculo del circo recordó a Florecilla Silvestre, aquella flor que por su blancura, una mañana de abril le había deslumbrado
Entonces el joven estudiante, les explicó a todos que el orgullo, la ostentación y la soberbia del vikingo fueron las causas para que llegara en segundo lugar y totalmente exhausto, pues el tremendo peso que tenía el casco y la capa, hicieron que Alf se agotase completamente. Alf, como buen guerrero, aceptó su derrota y se puso a disposición del joven, el cual le perdonó la vida, el gigante se quedó impresionado de la inteligencia y la táctica del joven, haciéndose desde ese mismo momento amigo suyo. ... (ver texto completo)
Alf lanzó una risotada y aceptó orgulloso y sorprendido aquella estúpida condición, y sin mediar otra palabra, empezó a correr hacia la cima de la montaña. El chico, aunque delgado, era terriblemente ágil y muy rápido, y empezó a seguir al gran guerrero a cierta distancia.. Según iba pasando el tiempo, cada vez el gigantón iba más lento y más agotado, durante todo el ascenso y descenso el joven fue siguiendo al gigante, pero en su caso como era más delgado y no llevaba ni casco y capa, apenas estaba ... (ver texto completo)
Puesto que mañana salgo de viaje, tenemos que hacer la carrera ahora mismo.
En su pueblo todos se apartaban cuando el pasaba, por temor a despertar su ira, pero cierto día, un joven que leía despistado y sin mirar por donde iba, se cruzó en su camino, le hizo tropezar y cayó con lo grande que era, enterito en un gran charco. Furioso, Alf le increpó y le desafió a una carrera a muerte hasta el pico más alto de una montaña cercana y al volver el ganador podría ejecutar al perdedor, esa era la forma en que los habitantes de ese pueblo arreglaban sus disputas. El delgaducho ... (ver texto completo)
El Vikingo terrible

Habitaba una vez en las lejanas tierras del norte, un pueblo de Vikingos. Era un pueblo guerrero y muy fiero, que era respetado y temido por todos los demás. De entre todos destacaba uno, Alf Gandallsen, que era el más terrible y más fuerte de los vikingos. Alto como un oso y fuerte como un león, con sus propios brazos era capaz de luchar contra un toro y vencerle en unos pocos segundos. Y para que todos le conocieran y le temieran, llevaba en su casco y su capa los trofeos ... (ver texto completo)
Narana empezó a caminar alegremente hacia casa. Mientras andaba, pareció oír un débil rumor, como el retumbar de un trueno lejano. Sonaba como si fuera un gigante sollozando. También a ella se le escapó una lágrima.
Narana hizo lo que el gigante le ordenó. Debajo de ella comenzó a levantarse el labio a medida que Kinak inspiraba profundamente. Sopló con suavidad y Narana salió volando por los aires, dando volteretas como una peonza. Pocos segundos después aterrizó sana y salva en un blando montón de nieve. Se puso de pie y se sacudió la ropa; a pocos pasos estaba su pueblo, Tivnú.
Ven, súbete a mi labio inferior y siéntate de espaldas a mí.
-Gracias, Kinak, ha sido muy amable. Pero, ¿dónde estoy?

-Eso no importa. ¿Dónde vives?

-En Tivnú, un pueblo junto al mar.

-Ah, bueno, no está lejos. Puedo soplarte hasta allí.

- ¿Cómo dice?
Sin embargo, ella tenía que hablar a gritos, incluso desde su nariz.

-Kinak, tendré que irme pronto, llevo dos días de retraso y mi familia debe estar muy preocupada. -Bueno, si tienes que irte… Pero te echaré de menos, Narana. Esto es muy solitario. Aunque podré volver a estirarme y dar la vuelta. No me he movido desde que noté que estabas sobre mí, por miedo a aplastarte.
Narana tardó muchísimo en escalar hasta la cara de Kinak. Con la barba tan cerrada pensó que era mejor dar un rodeo por el cuello y trepar hasta la oreja.

-Será mejor que sigas derecha hasta la punta de mi nariz, no quisiera tragarte por error.

Narana pidió al gigante que hablara bajito, porque le asustaba mucho su voz. Y cada vez que él hablaba, se caía.
Te vi por primera vez cuando dormías hecha un ovillo entre mi pulgar y mi índice. Después te dejaste caer por mi mano y te encaramaste por la muñeca hasta mi brazo y mi estómago. Lo que ves frente a ti es mi barba. Pero yo no puedo verte bien ahora, a menos que levante la cabeza y te mire por encima de la nariz. ¿Por qué no trepas a mi cara?
No, pequeña, no me has hecho daño. Ni siquiera cosquillas. Una manada de renos puede ser molesta, pero un solo ser humano ni se nota.

El gigante dejó escapar una risita, y Narana se encontró de rebote en la nieve.
- ¡Sí, sí, claro que lo oigo! Ay, espero no haberle hecho daño.

La tierra tembló de nuevo, esta vez con mucha más fuerza que antes. Narana rodaba y rebotaba… La risa del gigante resonaba en toda la llanura.
-Estoy debajo de ti, Narana. Desde hace dos días has estado andando sobre mi cuerpo. Empezaste en mi mano izquierda, y ahora estás sobre mi corazón. Me imagino que lo oyes
S-soy Na-Narana. Iba camino de casa y me perdí en la tormenta. ¿Quién es usted…? ¿Qué cosa es usted? ¿Es el fantasma de la montaña?

-No. ¡Soy un gigante! Me llamo Kinak. Duermo solo en esta gran llanura, así puedo estirar las piernas sin aplastar pueblos ni árboles.

-Pero ¿dónde está usted?
Bum! ¡Bum! ¡Bum!”, resonaba acompasadamente.

- ¡Es un terremoto! La tierra se va a abrir y me tragará…

De pronto estalló en el aire un ruido atronador.

— ¡Ah! ¿Quién eres tú? ¿Y qué haces aquí, a donde nadie viene jamás?

Al principio Narana se quedó sin habla. Miraba a su alrededor pero no veía a nadie.
Al día siguiente se despertó cansada y hambrienta. Se echó a la boca un puñado de nieve para calmar la sed, pero no pudo comer porque había perdido toda su comida durante la tormenta. Apenas había emprendido el camino

hacia la enorme selva negra, cuando sintió que la tierra empezaba a palpitar y moverse bajo sus pies.
Llegó hasta una enorme meseta plana. A lo lejos podía ver una extensa selva negra que parecía tocar el cielo. Narana se encaminó hacia allí, pero a mitad de camino volvió a sorprenderla la oscuridad, y encontró un bosque

donde guarecerse para pasar la noche.
Qué lugar más extraño. Nunca me había encontrado en un sitio como éste. ¿Dónde estaré?”
Bajó deslizándose entre éstos, y emprendió la subida de la ladera opuesta. Caminó durante horas. De vez en cuando, oía ruidos como de burbujas bajo sus pies. Estaba intrigada…
Por la mañana Narana fue caminando a lo largo de la loma. A un lado la cuesta era escarpada y estaba cubierta de extrañas matas. Al otro lado, enormes trazos azules surcaban la ladera como ríos subterráneos.
Por fin amainó el ventarrón y comenzó a despejarse el cielo. Pero Narana no tenía ni idea de dónde estaba. Frente a ella se extendían cuatro lomas redondeadas, parecían los dedos de una mano gigantesca. Al caer la noche Narana llegó a la cumbre de la loma más alta, donde encontró un hueco para protegerse del viento. Rendida y desdichada, se acurrucó y se quedó dormida.
El vendaval la tiró al suelo y rodó y rodó, llevada por la tormenta, hasta que topó con lo que parecían ser dos grandes árboles.
Con unos zapatos, parecidos a raquetas de tenis, Narana podía caminar fácilmente por la nieve blanda. Pero de pronto cambió el tiempo. El viento arreció y arremolinó la nieve. La pobre Narana apenas podía ver por dónde iba.