Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

El viaje de Narana

Era un día de sol, en pleno invierno, cuando Narana comenzó la larga caminata de vuelta a su pueblo. Había pasado unos días con su hermana en la montaña, y regresaba ahora a la costa al lado de su marido y los niños.
Al terminar esta historia, el propio monje rompió a reír al ver cómo el hilo de la cometa de su sobrino había sido cortado mientras éste escuchaba el relato. Ambos contemplaron a la cometa flotar sobre el valle de Lhasa y volar hacia los dorados tejados del Potala.
Tamchu estuvo encantado de recobrar a sus hijos, pero miró con empacho a Sonam. Pero enseguida, los dos amigos no pudieron romper a reír”.
`Ahí tienes, Tamchu. He transformado de nuevo a los monos en seres humanos, en tus hijos´.
—Tan pronto como pueda traeré las bolsas de oro —dijo Tamchu, que salió corriendo hacia su casa.

Más tarde, volvió y le dio el oro a su amigo. Sonam lo cogió y le dijo a Tamchu que esperase mientras él subía al piso de arriba. Al cabo de unos momentos, volvió a bajar.
Sonam estuvo pensativo unos instantes y luego le dijo a su amigo:

—Eso es fácil, pero para ello necesitamos mucho oro.

— ¿Cuánto oro bastaría? —preguntó Tamchu.

—Unas dos bolsas de pepitas de oro, por lo menos.
Tamchu quedó agobiado y llamó a sus hijos por sus nombres. Al instante, aparecieron los dos monitos y corrieron hacia él. Cogieron de la mano a Tamchu y bailaron a su alrededor como si fuesen chiquillos. Tamchu quedó muy apenado y preguntó a su amigo: `Sonam, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo podemos hacer que estos monos se conviertan de nuevo en mis hijos?´.
Cuando Tamchu fue a ver a sus hijos, Sonam mostró un triste semblante a su amigo: ` ¡Oh lo siento muchísimo, Tamchu! —dijo— ¡Qué desgracia!, ¡qué desgracia! ¡Tus hijos se han convertido en monos!´.
Sonam se llevó a los niños a su casa y los cuidó muy bien. Pero compró dos monos pequeños y les puso los nombres de los niños. Durante los días que siguieron, adiestró a los monos para que cuando él llamase ` ¡Tendxin, ven aquí!´, el mono mayor corriera hacia él, y que cuando llamase ` ¡Thupten, ven aquí!´, el mono más joven fuera hacia él. Los monos comprendieron muy bien y aprendieron muy rápido.
` ¡Muy buena idea, Sonam!´, dijo Tamchu, quien pensó: `Aunque ha perdido todo su oro a mis manos, quiere cuidar de mis hijos. Ciertamente, es muy buena persona´. Y así, añadió: `Desde luego, Sonam. Llévate a mis hijos todo el tiempo que quieras´.
Los dos hombres comieron juntos y pareció como si la pérdida del oro hubiera sido olvidada por completo. Al atardecer, Sonam dijo a su amigo: `Tamchu, me gustaría cuidar de tus hijos durante unos meses, ya que no tengo familia propia. Me gustaría darles buena comida y buena ropa. Serían muy felices en mi casa´.
` ¡Oh, lo siento muchísimo, Sonam!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡El oro se ha convertido en arena!´, contestó Tamchu, mirando a su amigo con cara de estar muy asombrado. Pero Sonam, mientras su amigo le contaba este singular acontecimiento, no pareció sorprendido y, después de unos minutos de silencio, dijo: `Está bien, Tamchu, no te preocupes; hiciste todo lo que pudiste para vigilar mi oro´.
“Así —continuó el monje—, pasó un año y Sonam volvió de su peregrinaje. Fue a casa de Tamchu y le pidió a su amigo: ` ¿Puedes devolverme mi oro, Tamchu?´.
Tamchu dijo: `Oh, sí, naturalmente. Guardaré tu oro con mucho cuidado, y cuando vuelvas de tu peregrinaje, aquí lo encontrarás. No tienes por qué preocuparte. Somos buenos amigos´.
Un día Sonam decidió salir de peregrinaje al monasterio santo y pensó: `Cuando mi padre estaba vivo, me dijo que no me fiara de nadie´. Pero cuando pensó en su amigo Tamchu, no podía admitir que estas palabras debieran aplicarse también a éste. No a Tamchu. Así pues, llevó sus dos bolsas de pepitas de oro a casa de su amigo y le dijo: `Tamchu, por favor, guárdame el oro mientras esté fuera. Este es el oro que mi padre me dio al morir´.
“Pero Sonam tenía un gran amigo, de nombre Tamchu. De niños habían ido a la escuela juntos, y por las tardes habían jugado al juego del volante con el pie. Tamchu vivía en la aldea próxima con su mujer y sus dos hijos pequeños.
—Cuéntame un cuento, tío.

El tesoro perdido

El monje sonrió entre dientes.

—Una historia antigua, pues

“Un padre le dijo a su hijo —empezó el monje—: `Voy a morir pronto, hijo mío. Llévate mi oro a tu casa. Es tuyo. Pero recuerda que no has de fiarte de nadie. Ni siquiera de tu esposa´. El padre confiaba en que su hijo, Sonam, tendría presente su consejo y comprendería cómo se estilan las cosas en el mundo.
El tesoro perdido

El sol poniente se hundía de los picos helados de las montañas y éstos se tornaban rojos como ascuas. En las azoteas de las casas de Lhasa, los niños hacían volar cometas de brillantes colores sujetas a hilos espolvoreados con el polvo de vidrio. Los niños corrían y brincaban entrelazándose —con las cometas siguiendo sus movimientos—, mientras reían alborotadamente tratando de cortarse mutuamente los hilos de las cometas. Un niño de unos seis años estaba sentado junto a su tío, ... (ver texto completo)
¿Y qué pasó con el tigre? Pues que rugió y pataleó, y poco después las llamas quemaron la cuerda y por fin pudo escapar. Pero la cuerda ardiendo le había chamuscado tanto su piel amarilla que, por mucho que se lavó, no pudo borrarse las rayas negras que le quedaron marcadas. Y esa es la razón de que el tigre tenga rayas.
¡Una escena graciosísima! El búfalo se revolcaba por la hierba, sin poder dejar de reír, hasta que su hocico chocó contra un tocón de árbol que le partió en dos el morro y le aplastó la nariz. Y todavía hoy se ven los resultados de este accidente en sus descendientes.
Es la inteligencia -dijo con ironía el campesino-. Ven, búfalo, vámonos.

Pero el búfalo no podía irse. Se tronchaba, se moría de risa. Figúrate al señor tigre, el terror de la selva, dejándose atar a un árbol para luego ser quemado con una antorcha.
El campesino obedeció. Puso la bajo los bigotes del tigre y empezaron a arder. Le acercó el fuego a las orejas, al lomo, a la cola, y por donde rozaba le dejaba la piel chamuscada.

- ¡Me quema, me quema! -aullaba el tigre.
Al cabo de un rato el campesino regresó.

- ¿La has traído? -preguntó el tigre impaciente.

-Claro -respondió el campesino, enseñándole una cosa que ardía en la punta de un palo.

-Pues dámela, ¡aprisa! -ordenó el tigre.
El tigre aceptó.

“Me los comeré a los dos más tarde”, pensó mientras el campesino le ataba fuertemente al árbol. Y la boca se le hacía agua sólo con imaginar el sabor del gran búfalo, del hombrecito moreno y de aquella cosa nueva que se llamaba in-te-li-gencia.
-No dudo de tu promesa, pero si la olvidas y te comes al búfalo ¿quién me ayudará en mi trabajo? Por otra parte, es tan lento que, si lo llevo conmigo, tardaríamos horas en ir a casa y volver, y no quisiera hacer esperar a Su Excelencia. Claro que, si permites que te ate a aquel árbol, el búfalo podría quedarse aquí sin miedo.
Pero voy corriendo a casa y te la traigo ahora mismo.

Avanzó unos pasos, pero se volvió en seguida.

- ¿Has dicho que todavía no habías desayunado?

-Sí. ¿Por qué lo preguntas?

-Porque en ese caso no puedo dejar contigo al búfalo. Te lo comerías.
... (ver texto completo)
Los ojos le brillaban como dos estrellas verdes mientras insistía:

-Me la darás ahora mismo, espero.

-Lo haría con mucho gusto, pero siempre dejo la inteligencia en casa cuando salgo a trabajar-contestó el campesino, que había advertido el brillo de gula en los ojos del tigre-. Ya ves, vale demasiado para que me arriesgue a perderla, y, además, aquí no la necesito.
- ¿Comprar? -le interrumpió el campesino-. ¡Ni pensarlo! Insisto en regalártela, para que sea un recuerdo de esta grata visita que tanto honor me hace.

-Oh, qué amable por tu parte. Nunca pensé que el hombre tuviera tan buenos modales -dijo el tigre; pero, en realidad, estaba pensando para sus adentros: “ ¡Vaya día de suerte! Primero me reciben como a un rey, luego me dan la in-te-li-gencia gratis y después me zampo al campesino para abrir el apetito y al búfalo para desayunar”.
Y le hizo una reverencia como si estuviera ante el propio emperador.

El tigre, lleno de orgullo, respondió:

-Por favor, no hagas ninguna ceremonia por una simple criatura como yo. Sólo he venido a comprar
El búfalo se sintió muy culpable. Pero entonces oyó que el campesino respondía:

- ¡Qué gran honor! ¡El señor tigre en persona visitando mi humilde campo y dándome la oportunidad de servir a un animal tan grande y tan hermoso!
-No te asustes, amo hombre -dijo el tigre amablemente- He venido en son de paz. Me han dicho que posees una cosa llamada in-te-li-gencia, y quisiera comprártela. Desearía hacerlo en seguida, porque tengo mucha prisa. ¡Todavía no he desayunado!, ¿comprendes?
A la mañana siguiente, cuando llegó al campo con su amo, el búfalo vio que había juzgado mal al tigre, porque ya estaba allí esperando. Incluso había preparado un discurso para aquel encuentro.
El búfalo se encaminó lentamente hacia su casa, un poco asustado, temiendo haber hablado de más. Pero después de la cena se tranquilizó. “El tigre nunca viene a los arrozales”, pensó antes de dormirse.
-No… no lo sé -murmuró el búfalo.

-Se lo preguntaré mañana. ¡No se atreverá a negarse, digo yo! -gruñó el tigre, y desapareció en la oscuridad
-Interesante, pero que muy interesante. Si yo tuviera esa inteli- lo que sea, la vida me sería mucho más agradable. Todos me obedecerían sin esas carreras y esos saltos que ahora tengo que dar. Me tumbaría en la hierba y escogería los bichos más gordos para mi comida. ¿Tú crees que el hombre me vendería un poco de su in-te-li-gen-cia?
Inteligencia es algo especial que tiene el hombre y que le permite dominarme a mí, y también al caballo y al cerdo, al perro y al gato -explicó el búfalo con aire sabiondo, contento de saber más que el tigre.
Qué cosa tan rara! No lo comprendo. ¡Caray!, el hombre no tiene zarpas, ni veneno, ni demasiada fuerza, y encima es muy pequeñajo. ¿Por qué lo aceptas como jefe?

-Yo tampoco lo comprendo -contestó el búfalo-. Supongo que será por su inteligencia -In-te-li… ¿qué?
No se te ve mucho por el bosque. ¿Sigues trabajando con el hombre?

El búfalo dijo que sí.
El búfalo hubiera echado a correr muy a gusto, pero no quería parecer cobarde. Así que siguió su camino mientras el tigre le daba conversación.
El Señor Tigre

Hace muchos, muchísimos años, cuando las personas y los animales hablaban todavía el mismo idioma y el tigre tenía una piel de color amarillo brillante, una tarde el búfalo regresaba a su casa, después de bañarse en el río. Iba canturreando una canción, con la nariz bien alta, porque en aquel tiempo aún tenía la nariz saliente y el labio superior entero. Su hocico apuntaba hacia el cielo y no se dio cuenta de que el tigre le seguía hasta que oyó a su lado un ronco “buenas noches”.
— ¡Caramba, Lindo, he tenido un sueño asombroso! Resulta que… —Cuca sacó de su bolsillo una pieza del rompecabezas

Era azul, y encajaba divinamente en su rompecabezas.

—Con que no ha sido un sueño, pero tú —. estabas conmigo, Lindo, ¿no es cierto?
La cama quedó flotando en el espacio. —Ahora sí que estamos perdidos, Lindo. Y cada vez siento más frío.

Flotaban a la deriva. “Nunca regresaremos a casa”, pensó Cuca. Entonces se quedó dormida.

Al despertarse, no podía creer lo que veían sus ojos. Estaba de vuelta en su habitación, ¡y era por la mañana!
Pero, de pronto, la nave se puso en marcha, haciendo un ruido como el de un viejo secador de pelo, y empezó a dar bandazos por el suelo, arrastrando la cama, a Cuca y a Lindo hacia el cielo de la noche.

De repente, ya en el espacio, se rompieron las cuerdas. Cuca llamó al conductor, el cual no pudo oírla.
Déjalo de mi cuenta —dijo el hombre—. Creo tener en el garaje el vehículo apropiado.

—Esta vieja nave espacial hace años aue no se usa, pero en seguida la pongo en marcha.

Ya está. Asegúrate de que esos nudos son fuertes. Cuando diga “ ¡listos!”, agarraos bien. ¿Entendido? Cuca no creía en aquella vieja nave espacial.
Qué curioso —dijo la niña—. Sólo hace falta una pieza roja para completarlo, pero la última pieza es azul.

— ¡Un momento! —Cuca miró en el bolsillo de su pijama y halló la pieza roja del rompecabezas que tenía en casa.

— ¡Mira, Lindo! Encaja perfectamente. ¡La pieza de mi rompecabezas encaja!

El rompecabezas

En aquel instante regresó el hombre con dos tazas de té. Cuca le contó lo del rompecabezas.
... (ver texto completo)
La casa del hombre era muy acogedora. —Sentaos cómodamente mientras pongo agua a hervir.

Cuca le oyó canturrear en la cocina.

— Fíjate en esto, Lindo. Vamos a ver sí podemos completar el rompecabezas.
Hay mucho trabajo. Venid conmigo.

Tras un corto pero accidentado trayecto, llegaron a la casa del hombre.

Hacía mucho frío en la Luna y Cuca lamentó no haberse calzado las zapatillas.

El rompecabezas
El rompecabezas

—Apenas recibo visitas —dijo el hombre—. Pero aquí estaréis calentitos.
Me pregunto si vivirá alguien aquí.

El rompecabezas
El rompecabezas

—Mira, Lindo, ahí hay alguien. Vamos a preguntarle dónde estamos.

— ¡Estáis en la Luna! —explicó el hombre—. Y yo soy el guardián.

Me ocupo de mantener aseado este lugar. Cada vez que una estrella choca con la Luna hace un agujero enorme
Volaban a gran velocidad, adentrándose

—Mis compañeras del colegio no van más y más en el espacio, asombrados a creérselo —dijo Cuca. Lindo, ante todo lo que veían. estupefacto, ni ladraba.

¡CATAPLAM! La cama frenó de golpe y porrazo. —Qué sitio más extraño —dijo Cuca—.
Cuca se metió la pieza en el bolsillo de su pijama y se acostó. Antes de conciliar el sueño, pensaba: “ ¡Ojalá encajara!”

El rompecabezas
El rompecabezas

Aquella noche sucedió algo rarísimo.

— ¡Mira, Lindo, la cama se mueve! ¡Volamos hacia las estrellas!

—Espero que esta cama sepa a dónde va. ¡No me gustaría nada perderme por ahí arriba!