Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

- ¡Bien! Yo me voy. ¡Buenas noches, gatito embrujado! -dijo el duende, saliendo por la ventana.

Gobolino volvió a su caja a dormir. A la mañana siguiente la mujer del granjero descubrió las lanas hechas un lío y también que alguien había robado toda la nata de la despensa. En el suelo había un letrero con estas palabras: ¡GOBOLINO ES UN GATO EMBRUJADO!
El duende se rió.

- ¡Ajá! ¿Así que eres un gato embrujado?

- ¡Oh, no! Ya no lo soy. ¡Esta tarde empecé a ser un gato doméstico y lo seré por siempre jamás!

El duende lanzó una sonora carcajada e hizo una pirueta. Tiró una labor que había en una silla y enredó la lana en las patas de la mesa.

- ¡Ten cuidado! -gritó Gobolino.
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Al oír esto, Gobolino se acordó de lo solo que se había sentido al perderse. Se acercó a la ventana y dijo:

-Puedes entrar a calentarte un rato.

El duende saltó por la ventana y dejó sus huellas sucias en el suelo de la cocina.

- ¿Cómo estás? ¿Y tu familia? -preguntó, tirándole de la cola.

-Mi madre se ha ido con mi ama, la
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- ¡Déjame entrar, gatito! -pidió el duende.

Gobolino se sentó, mirándole.

- ¡Qué cocina más bonita! ¡Y qué platos tan brillantes! ¡Y qué hermosa cuna! ¡Y qué calorcillo tan agradable!… ¡Déjame entrar!

Gobolino no se movió, sin dejar de mirarle. El duende comenzó a golpear la ventana.

-Los gatos falderos sois todos iguales. Mira: tú estás caliente y seguro. ¡Y yo aquí fuera, solo y muerto de frío!
En medio de todas estas bromas, llegó el granjero. Mientras cenaba vio los trucos de Gobolino, pero no dijo nada. Envió a los niños a la cama, y el gatito se enroscó en una caja, debajo de la mesa de la cocina.

El fuego se apagó. Gobolino dormía tranquilo, soñando y ronroneando. De repente, unos golpecillos interrumpieron el silencio.

¡Toe! ¡Toe! ¡Toe! ¡Había un duende en la ventana! Gobolino se incorporó susurrando: - ¿Quién es?
Una vez estuvo seco, le dio leche caliente. Y cuando ella se fue a ordeñar las vacas, jugó con los niños. Todos los gatos embrujados saben muchos trucos, y, aunque Gobolino quería ser un gato faldero, también los había aprendido. Sacó chispas azules por los bigotes y rojas por la nariz. Tan pronto se hacía invisible, escondiéndose en los lugares más extraños, como reaparecía para divertir a los niños.
- ¡Y una completamente blanca!

Los niños se llevaron a Gobolino a la granja para enseñárselo a su madre. ¡Allí vio la cocina con la que siempre había soñado! Había cacharros limpísimos en los estantes, un fuego resplandeciente y un niño en la cuna…

“ ¡Soy un gato muy afortunado!”, pensó Gobolino. “Ahora puedo quedarme aquí y ser un gato doméstico para siempre”.

La mujer del granjero lo sentó en su falda y le secó la piel con un paño caliente.

- ¿De dónde vienes, gatito? ¿Cómo te caíste al río? Podías haberte ahogado.

Gobolino dedicó un miiiauuu muy cariñoso a la mujer. ... (ver texto completo)
caudaloso. Se quedó mirándolo y, súbitamente, apareció una hermosa trucha saltarina, de color rosado y azul, que nadaba hacia él. Gobolino levantó la pata, temblando de emoción. En ese momento, la trucha lo vio y se alejó / /rápidamente. El gatito dio un zarpazo en el aire, perdió el equilibrio y cayó al río. v Comenzó a nadar como sólo los gatos embrujados pueden hacerlo. Nadó y nadó, hasta llegar a un lugar donde el río atravesaba una granja. Allí, junto a la orilla, unos niños jugaban alegres.

- ... (ver texto completo)
Y si no vuelven nunca? ¿Qué puedo hacer?

Entonces tuvo una idea.

-Ahora no tengo que ser un gato embrujado. Me iré a buscar un hogar feliz donde pueda vivir para siempre.

La cueva de la bruja estaba junto a un bosque, cerca de un río. Gobolino se lavó la cara y el cuerpo con mucho cuidado, y echó a andar por los campos hasta perder de vista el bosque. Después de mucho andar llegó a un río
Salima estaba tan contenta que casi ni se despidió de su hermano. Quería comenzar sus lecciones sobre cómo convertir a las personas en sapos y ranas.

La bruja se negó a aceptar a Gobolino.

- ¡Un gato embrujado con una pata blanca! ¡Nadie lo querrá!

Visitaron cincuenta cuevas, pero ninguna de las brujas quiso quedarse con él, porque tenía una pata blanca y ojos azules. Regresaron a casa, y la bruja le dejó otra vez con los sapos.

Por la mañana se despertó y descubrió que estaba solo. La ... (ver texto completo)
- ¡Basta, por favor! ¡Quiero parar! ¡Por favor! ¡Por favor!…

Pero nadie le hizo caso.

Por fin, la bruja y su escoba se lanzaron sobre el Monte Huracán. Allí vivía una hechicera vieja y horrible que aceptó hacerse cargo de Salima para enseñarle a ser una gata embrujada.
Salima será una buena gata embrujada. ¿Pero qué podemos hacer con Gobolino?

gabolino-gato-embrujado2Cuando salió la luna, la bruja y su gata montaron en una escoba, llevando a los dos gatitos en una bolsa. Volaron a tanta velocidad que el pequeño Gobolino, espiando a través de un agujero, vio que las estrellas pasaban zumbando, como una lluvia de diamantes. Se mareó al intentar mirar hacia abajo. Salima maullaba de alegría, pero Gobolino derramaba lágrimas de terror sobre su patita blanca.
- ¡Mamá! Gobolino tiene un calcetín blanco y ojos azules. ¡Y quiere ser un gato faldero!

Su madre salió a la puerta de la cueva, seguida de la bruja. Golpearon a Gobolino, le tiraron de las orejas y de la cola, y lo arrojaron al rincón más negro y húmedo de la cueva, donde vivían los sapos.

Más tarde, oyó que la bruja decía a su madre:
Todo el mundo sabe que los gatitos embrujados son negros de pies a cabeza y que tienen los ojos muy verdes. En la cueva, que era muy oscura, nadie había notado que Gobolino tenía una patita blanca. Y para colmo de males sus ojos eran ¡azules!

Salima entró corriendo en la cueva.
- ¿. Es que no prefieres ser malo?

-No -contestó Gobolino-. Seré bueno para que la gente me quiera. Nadie desea tener gatos embrujados.

En ese momento, un rayo de luna iluminó a los gatitos. Salima exclamó, arqueando el lomo:

- ¡Hermano! ¡Tienes una pata blanca!
Gobolino se quedó callado y al cabo de un buen rato dijo:

Gabolino el gato embrujado
Gabolino el gato embrujado

-Yo seré un gato faldero. Me tumbaré junto al fuego con las patas encogidas y me pondré a ronronear. Cuando los niños de la casa vuelvan del colegio, me tirarán de las orejas y me harán cosquillas. Cuidaré la casa, cazaré ratones y vigilaré al bebé. Y… __ después que todos los niños se hayan ido a la cama, me subiré a la falda de la madre. ¡Me llamarán Gobolino, el gato faldero!
- ¿Qué quieres ser cuando te hagas mayor? -le preguntó Gobolino.

-Seré una gata embrujada como mamá -contestó Salima- Aprenderé magia, montaré en una escoba y convertiré los ratones en ranas y las ranas en lagartijas. Volaré en el viento de la noche con los murciélagos y los buhos, gritando \Miiauuuu\ Y todos dirán: “Allá va Salima, la gata embrujada”.
Gabolino, el gato embrujado

Una tenebrosa noche de invierno, dos gatitos salieron de la cueva en que habían nacido. Era la primera vez que se atrevían a hacerlo. Estaba tan oscuro que Gobolino apenas podía ver a Salima, su hermana gemela, que era tan negra como la misma noche.
Nos diréis el precio de estos nuevos productos que me parecen muy acertados.
Gobolino asintió, y el propio capitán le llevó a tierra.

Los marineros despidieron al gato con grandes saludos, pero él no quería mirar atrás y ver como se alejaba el Mary Cruz dejándole en tierra.

Así que siguió adelante valientemente pensando para sus adentros: “No importa. Seguro que alguien ha de querer pronto al pequeño Gobolino”
-No me extraña que la bruja persiguiera al barco.

Todos miraban —-a Gobolino y nadie quería cogerle en brazos ni acariciarle.

El gato se sentó en cubierta, triste y solitario. Al mediodía, se acercó a hablarle el capitán.

-Oye, Gobolino -dijo afectuosamente-, me temo que tendremos que separarnos. Mis marineros se niegan a trabajar hasta que no te marches. Trae mala suerte llevar a bordo al gato de una bruja.
Con un rugido de ira, la bruja desapareció.

- ¡Traidor, traidor! -gritó, en el momento que el viento la engullía. De repente, se hizo sobre el mar una gran calma. El Mary Cruz estaba a salvo.

Los marineros no comprendían lo que pasaba y murmuraban cosas sobre Gobolino.

-No era una gaviota. ¡Era una bruja!

-Y él hablaba con ella. ¡Yo le oí!
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- ¡Bueno, venga! -dijo la bruja-, prepárate para saltar a mi escoba cuando yo pase.

Justo cuando la luz empezaba a palidecer, cruzó la bruja por delante del sol. Su sombra se proyectó sobre la cubierta por un instante. Gobolino saltó, pero no a la escoba, sino encima de su sombra, gritando en voz muy alta ¡TONTERIAS! mientras caía.
- ¡Los gatos de las brujas saben nadar como focas! -replicó la bruja marina acercándose cada vez más al barco-. ¡Tírate al agua y nada! Cuando el barco se haya ido a pique te recogeré con mi escoba y te llevaré a casa.

- ¡Está tan lejos y es tan profundo! -sollozó Gobolino-. Tengo miedo. ¡Oh… me estoy cayendo!
- ¡Ama, oye, ama!, ¿no me conoces? Soy Gobolino, el gato de la bruja: no dejes que me ahogue en este horrible barco.

La bruja marina, al oírle, le contestó: - ¿Es eso cierto? ¿Qué estás haciendo a bordo del Mary Cruz?

-Me subieron los marineros. No me pude escapar.
Como el sol estaba cubierto por grandes nubes, la bruja marina no proyectaba sombra alguna. De repente, retrocedieron las nubes y el sol apareció en un trocito de cielo azul. Los marineros descubrieron a Gobolino allá arriba, sobre ellos, y escucharon su voz que resonaba más fuerte que la misma tempestad:
Nadie vio al gatito trepar por los cabos del barco hasta el nido de la corneja. Hubo de agarrarse bien fuerte. Las olas empapaban su piel y llenaban de agua sus ojos.
Un antiguo recuerdo asaltó a Gobolino. Recordó que, hacía mucho, mucho tiempo, estando en la cueva de la bruja, había escuchado las siguientes palabras: “Sólo hay una manera de deshacer el encantamiento de una bruja: se ha de saltar sobre su sombra y gritar ¡TONTERIAS!”.
Al amanecer la tormenta continuaba. Pero entonces Gobolino escuchó un sonido nuevo. Era la voz de la bruja marina que entonaba esta canción:

Por fin el Mary Cruz al fondo se hundirá, de su tripulación nadie se salvará, pues ningún marinero de cuantos lleva dentro sabría deshacer mi viejo encantamiento.
Al caer la noche arreció la tormenta y las olas se hicieron tan altas como montañas. El Mary Cruz navegaba a bandazos, el viento aullaba y crujían los maderos. Las olas se estrellaban sobre la cubierta. Por dos veces Gobolino estuvo a punto de caer por la borda, arrastrado por el agua.

Entrada ya la noche la tormenta se recrudeció. “ ¿Es que no se va a acabar nunca?”, pensó Gobolino mientras rodaba de un lado para otro.
Navegaron por océanos llenos de sol, por islas maravillosas y arrecifes de coral. Pero una mañana, el viento encrespó las aguas y la sombra de una bruja marina se proyectó sobre el barco. Los marineros la vieron volando allá, arriba, pero creyeron que era una gaviota.
- ¡Bien hecho! -dijo alguien tras él. Era la voz de un joven marinero que le miraba con una sonrisa amistosa.

-En mi barco, el Mary Cruz, hay muchos ratones, y no tenemos ningún gato. ¿Te gustaría venir con nosotros para atraparlos?

“ ¡Por fin!, aquí hay alguien que me necesita”, pensó. Y contestó al marinero.

-Seguro que me gustará el mar. ¡Gobolino, el gato del barco!
Al llegar al muelle, se sentó al sol y no se cansaba de mirar los barcos, las gaviotas y los marineros. Súbitamente, de entre un montón de cuerdas salió un ratón. Gobolino lo cazó de un solo zarpazo.
A Gobolino no le dio ninguna pena verlos marchar. En verdad, no le había gustado nada ser un gato de

exposición, y eso de vivir en una jaula le parecía muy aburrido. “Estoy seguro de que, en alguna parte, hay un hogar donde me querrán”, pensó.

Dejando atrás la ciudad, Gobolino corrió hacia el sur en dirección al mar. Pasó por ciudades y villas, por cabañas y por granjas. Pero en ninguna parte le recibieron bien. Así pues, su corazón dio un brinco cuando divisó el mar, con sus reflejos de plata, ... (ver texto completo)
Al salir, abrió la puertecita de la jaula de Gobolino y le dejó abandonado en la calle tras increparle.

- ¡Criatura miserable! ¡Aléjate! No quiero volver a verte nunca más.

Colocó a los demás gatos en su carreta, fustigó al flaco caballito y se alejó a galope entre una nube de polvo.
- ¿Por qué, por qué nacería yo en casa de una bruja? -dijo Gobolino acurrucándose en su jaula- No quiero ganar premios. Sólo quiero un hogar. ¿Qué va a ocurrirme ahora?

El anciano fue obligado a marcharse de allí rápidamente y a llevarse todos sus gatos.
Por unos momentos reinó un gran silencio; después, silbidos; luego, bufidos, y, finalmente, grandes lamentos. Los iracundos gatos continuaron protestando hasta que, de una de las jaulas, surgió un gran rugido: “ ¡Gobolino es el gato de una bruja!”. Por todas las jaulas se extendió el furioso murmullo: “ ¡Gobolino es el gato de una bruja!”. Al oír los silbidos y los bufidos, los jueces se pusieron pálidos.
El anciano corrió entre las jaulas acariciando a los que habían conseguido premios y prometiéndoles toda clase de ricos manjares para la cena. Entonces, el juez principal se levantó para proclamar al mejor gato de la exposición. ¡Era Gobolino!
Fueron pasando los jueces examinando a los gatos. Al cabo de un rato, sacaron unas tarjetitas de colores y las prendieron en los más bonitos. El vecino de Gobolino tenía una tarjetita de color rojo en la que ponía “PRIMER PREMIO”. El gato de enfrente llevaba una azul.
-No, es nuevo -decían otros. Aunque Gobolino no podía oír todas las frases, las jaulas eran todas un susurro: “ ¡Gobolino! ¡Gobolino! ¡Gobolino!”
Al ver a Gobolino, algunos gatos empezaron a cuchichear: - ¿Quién es ese gato negro tan raro? No estaba aquí el año pasado
- ¿A qué viene tanto alboroto? -preguntó Gobolino a la gata de al lado.

- ¿No lo sabes? -contestó ella desdeñosa- Mañana es el día de la exposición de gatos. Van a llevarnos a todos. Mucho antes de llegar, Gobolino pudo oír los maullidos de los cientos y cientos de gatos reunidos en la exposición: allí habían gatos grandes, pequeños; gatos negros, blancos, atigrados; gatos persas; gatos gordos, flacos, guapos, feos…, y todos los gatos de nuestro anciano. Entre ellos estaba Gobolino, el gato de ... (ver texto completo)
- ¡Qué piel, qué cola, qué colorido y qué preciosos ojos azules!…

Los otros gatos gruñeron. -Mira, están celosos -dijo el anciano mientras anudaba una cinta roja alrededor del cuello de Gobolino.
- ¿No lo sabes? -se burló la gata-. Ahora eres un gato de exposición.

Por la mañana, el anciano cepilló y peinó a sus gatos uno por uno. Se sorprendió un tanto al ver las chispitas de colores que salían de la piel de Gobolino, pero no dejó de decirle lo bonito que era.
El anciano recogió a Gobolino y lo depositó en una jaula vacía con un cojín azul y un plato de carne.

Al cabo de un rato, Gobolino se dirigió a la gata de la jaula vecina. - ¿Qué hacemos en estas jaulas? -le preguntó.
En aquel momento, se abrió la puerta de par en par y se oyó una voz que decía: -Gatito, gatito, lindo gatito, ¡ven aquí!

“ ¡Oh, me está llamando a mí!”, pensó Gobolino entusiasmado.
Se les ve muy cuidados y contentos”, pensó. “Pero nadie que tenga tantos gatos querría tener otro más.”
Un anciano estaba sentado ante una mesa cortando carne y poniéndola en doce platos azules. La piel de los gatos era muy lustrosa, tenían los ojos brillantes y los bigotes limpios. Gobolino les oía ronronear incluso a través de la’ventana.
Saltó al alféizar de una ventana y echó una ojeada al interior. Dentro de la habitación se veían docenas de grandes jaulas. Y dentro de cada jaula había un gato sentado en un cojín de terciopelo azul.
Al atardecer llegó a una ciudad bulliciosa. Las luces de las ventanas le hacían guiños y parecían grandes ojos amarillos. En montones de hogares felices crepitaba la lumbre, y gatos gordos y comodones dormitaban bajo las sillas. Pero Gobolino no pertenecía a nadie… y nadie pertenecía a Gobolino.