esculturas hasta la llegada de la embajada del obispo. Los clérigos francos tenían razón. Si había un culpable, ese era él, Aidan de Murlough. Sí, culpable de querer convertir las viejas imágenes que había aprendido en las tradiciones del clan de sus abuelo, los MacNjil, en el símbolo perfecto de las almas de todos los hombres.
Sin embargo, en ningún momento Aidan se arrepintió aquella noche de la decisión que había tomado hacía ya unos cuantos años. Como todos los nativos de la bahía de Murlough, ... (ver texto completo)
Sin embargo, en ningún momento Aidan se arrepintió aquella noche de la decisión que había tomado hacía ya unos cuantos años. Como todos los nativos de la bahía de Murlough, ... (ver texto completo)