Cuando se había producido esta breve conversación entre Aidan y Eunan ya hacía más de dos años de la aparición del grupo de extraños canteros por las fuentes del río Urbel. Nadie de esos lugares, hombres y mujeres honestos y trabajadores, había preguntado nada. Sus prácticas y forma de vida no dejaban ningún lugar para la duda. A pesar de su diferente ropa y de sus extrañas costumbres, su fe no tenía resquicios. Eran verdaderos y buenos cristianos. Los pocos pobladores de aquel magnífico paraje lo ... (ver texto completo)