En cualquiera de nuestros pueblos hay dos espacios que constituyen para sus hijos los puntos de referencia por antonomasia, sus señas de identidad: la plaza mayor y la iglesia.
La primera es el lugar de encuentro, de comercio y mercado, el ágora, el foro de lo público y profano; la segunda, el centro espiritual, lugar de recogimiento y oración, como todo el mundo sabe.
Para cualquier dezano, si hablamos de Deza, su plaza ha de traerle recuerdos de otros tiempos ya idos, como nos recordaba pefeval;
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Y al hilo de estas reflexiones me vienen otras. Lo queramos o no, somos hijos de una sociedad que tiene -o, mejor, ha tenido- una comunidad de valores. Nuestra vieja Europa, de la que
España,
Soria y
Deza, forman parte, se sostiene sobre cuatro pilares sobre los que se ha construído: la filosofía griega, el derecho
romano -y germano, en parte- el cristianismo y un sustrato pagano, que han conformado nuestra forma de ser y de estar en el mundo.
Ahora, sin embargo, soplan vientos, socapa de la modernidad
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