El señor Hendrik volvio a levantar la cabeza y asomo los ojos por encima de la penumbra y volvio a decirme con voz de trompeta, acercate muchacho, acercate mas que te vea bien, y avance tres pasos hacia delante, y el modo de caminar tambien era otro accidente porque fueron pasos en falso y parecian llevarme en contra de mi voluntad al mismo abismo sin fondo de donde emergia con sus anteojos y su bigote encrespado y sus ojos pobremente iluminados el ingeniero Hendrik, y me dijo, mas, mas, acercate mas, y entonces la penumbra retrocedio y vi dos grandes colmillos que debian de ser de elefante, uno a cada lado de la mesa, y senti mucho calor, tanto como si estubiera de verdad en uno de aquelloe desiertos de Palestina de los que nos hablaba el cura Belio, y todos estos accidentes de tiempo y de lugar y de modo que ocurrieron alli, estaban unidos a todas las cosas con sus formas y sus colores y a todas las luces y sombras que habia en la sala y a todos los espacios, y tambien estaban unidos a mi y a todos mis temores, y el señor Hendrik, quien volvio a repetirme, que te digo que te acerques, que no tengas miedo, y su voz ya no era de trompeta sino de trueno, y por eso todos estos accidentes de los que hablo, en realidad podrian llamarse circustancias, y supe que tenia razon mi hermana Lucia en aquelo, que me habia dicho. El ingeniero se levanto y a mi lado lo vi como un ser insignificante que apenas me llegaba a la mitad del brazo, un hombre pequeño de huesos pronunciados, y demasiado arrugado para no haber cumplido aun los sesenta y cinco años, que necesitaba inclinar la cabeza hacia atras para mirarme, y pense en lo pequeños que se quedan algunos dioses cuando les quitan los altares donde les ofrecen los holocaustos, cuando los bajan de los montes donde ellos fabrican los mandamientos, pues soplar y sorber no puede ser, y no se puede temer a Dios y empequeñecerlo al mismo tiempo, y el poder mas que estaturas necesita gestos, y eso fue lo que hizo ante mi el diminuto ingeniero Hendrik, un gesto, un movimiento exagerado de su rostro de azafran que se contorsiono en varias arrugas profundas que discurrieron todas a la vez hacia el bigote, y me dijo, dibujando sus palabras en el aire con el dedo indice, eres alto muchacho, muy alto para tu edad, pero ten en cuenta que hay alturas que no se miden en palmos, y aquello que me dijo el ingeniero Hendrik, a mi, ademas de gesto de poderio y arbritio me sono a refran, como los que acostumbraba a decir mi abuela Angustias, y me pregunte si los ricos y los poderosos tendrian los mismos refranes que los pobres, y, si asi fuera, si los dirian por las mismas razones y en las mismas circunstancias y tratando de que significaran lo mismo, porque haber a que altura se referia el ingeniero Hendrik y andaba yo con este pensamiento a vueltas cuando el belga me dijo, tu abuelo era un gran hombre, pero dificil de comprender y a mi me extraño la contundencia de aquel preterito indefinido, y continuo diciendome, no quiso hacerme caso, podria haber hecho una fortuna de haber continuado trabajando para nosotros y aunque no entendimos sus razones debo decir que fueron las de un hombre integro al que estare siempre muy agradecido. No entendi lo que quiso decirme, aunque supe que la pregunta que crecia dentro de mi nadie mas que el abuelo iba a poder responderla, pero no dije nada, ni siquiera hice movimientos con la cabaza que pudieran interpretarse como gestos, pues recordaba las explicaciones del mayordomo Felix, y el señor Hendrik se llevo las manos atras, a su espalda, y las junto y comenzo a dar vueltas a mi alrededor, pareces muy fuerte, me dijo, y me senti como aquellas bestias que llevaban a vender al mercado de los domingos y al ingeniero lo vi como a uno de los tratantes que merodeaban alrededor del animal en venta y le miraban las nalgas y le tocaban la ubre si era una vaca o le abrian la boca para determinar su edad por el estado de los dientes si era una caballeria, y el ingeniero Hendrik, que era muy pequeño y amarillo y no se habia ido de viaje con su hermao Jacob, a mi no me tocaba las nalgas ni me abria la boca para examinarme los dientes, pero puedo jurar que por la forma como me miraba, con una expresion de predominio y una mueca evidente de poder explicarlo todo, me senti como una de aquellas bestias que llevaban al mercado, y al ingeniero lo vi como a uno de aquellos tratantes que, con un palillo en la boca y el fuego del aguardiente en los pomulos, daban vueltas alrededor del animal en venta, y al final, yendose de nuevo hacia la penumbra de la mesa, dijo que yo, le parecia interesante, y no supe lo que quiso decirme porque yo aun no habia dicho nada. El se sento y yo segui inmovil, sin poder controlar ya tantos accidentes.
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