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Mensajes enviados por José Mel Z..L.:

¿cuantos habitantes tiene Sariego?
Juan Damasceno andaba solo, sumergido en un angustioso silencio, como un castaño centenario de cavernas infinitas a quien han despojado de todo el verdor de sus ramas. Llego a machacarse los dedos de un pie, delante del capataz Avelino Llameral (en lo que nadie dudo en interpretar como un fortuito accidente), para no tener que subir cada mañana hasta la mina. Se entrego entonces a la extraña tarea de construirles un gallinero a las cuatro gallinas que deambulaban sin hogar por el huerto y alli se ... (ver texto completo)
Juan Damasceno Corralon Antayo se fue haciendo hermetico. Dejo de afeitarse. Su mirada se torno extraviada y escurridiza. Lo envolviendo una densa nube de total indiferencia por todo lo que no fuera el gallinero o los paños humedos de Clara. Parecia estar entregado al inedulible cumplimiento de alguna misteriosa ultima voluntad.
Una mañana se cruzo en las escaleras con Amelia Chanzaina. Esta lo sujeto por el brazo y le dijo que el celebro se le estaba llenando de telarañas. El, sin atreverse a mirarla, contesto que, entonces, tendria que soltar la cabeza bajo el chorro de la fuente.
Amelia Chanzaina inventaba historias para Clara Luz, historias de pasiones desquiciantes, de delirios y penitencias, de sueños hechos vida a base de perseverancia, historias pesarosas de final radiante que hacian que Clara se olvidara, por un instante, de la fiebre.
Amelia presentia cual podria ser el final de aquella palidez transparente y de aquella tos convulsiva que brotaba del pecho como un torrente devastador, arrastrando consigo flemas sangrientas y fantasias dormidas, y dejaba el cuerpo sin aliento y el alma confundida entre la vida y la muerte.
Amelia Chanzaina, ademas de visitar a Clara todos los dias, se habia entregado a la tarea de reconstruir la casa, abandonada a la desidia del tiempo y de un hombre que solo se habia preocupado de vigilar sus frutales, de fabricar compotas y mermeladas y de contener con emplastos unas almorranas reacias y desagradecidas. Sembro rosales trepadores y oregano alrededor de la casa. Puso geranios en las ventanas. Desentraño baules. Quemo las ropas devoradas por las polillas y las que pudo redimir las puso en los armarios con hojas de asperilla y bolas de neftalina., Obligo a su padre a desenterrar las monedas que guardaba para la vejez solitaria (desde la venta de todos sus animales, cuando la muerte de Emelinda). Encargo cortinas, paños y alcatifas en el taller de Remedios Guisasola. Busco ayuda para jabelgar toda la casa y un castellano, medio albañil, le resano las grietas de las paredes y le construyo un fregadero nuevo. Convencio a su padre para que le encargara a Laureano Bayon algun mueble nuevo y reparara las contraventanas y, cuando ya la reconstruccion de la casa parecia terminada, rocio todas las habitaciones con agua de angeles y vapores de menta.
Amelia Chanzaina tampoco perdio el tiempo en cuanto a su propia reconstruccion y examino con detalle (con la ayuda de su padre) la situacion de todos los solteros de Peñafonte.
Seguia multiplicandose anarquicamente la fronda de ligustros y helechos, el ejercito de ortigas y cambroneras y los batallones perennes de encantos, sobre las innumeras capas de hojarasca putrefacta, mientras el reuma conturbaba la orientacion de los cuerpos, que se arrastraban por las cuestas pedregosas en busca de la atalaya resolana de las fuentes.
Los humildes colirrojos tizones abarrotaban los alfeizares en busca de los restos de borona. Los altivos colirrojos reales, sin embargo, surcaban ... (ver texto completo)
Juan Damasceno andaba solo, sumergido en un angustioso silencio, como un castaño centenario de cavernas infinitas a quien han despojado de todo el verdor de sus ramas. Llego a machacarse los dedos de un pie, delante del capataz Avelino Llameral (en lo que nadie dudo en interpretar como un fortuito accidente), para no tener que subir cada mañana hasta la mina. Se entrego entonces a la extraña tarea de construirles un gallinero a las cuatro gallinas que deambulaban sin hogar por el huerto y alli se pasaba todas las horas del dia, en una tarea que el hizo interminable y que, metodicamente, abandonaba cada hora para remojarle los labios a Clara con agua de hierro y cambiarle el paño humedo de la frente ante el agradecimiento de esta y el enigmatico silencio de la anciana Angustias, que interpretaba aquellos episodios como un eviudente signo de locura.
Juan se levantaba temprano, en esa hora incierta del amanecer en la que parece detenerse el tiempo en un suspiro de luces y sombras. Se bebia el cafe con achicoria que preparaba Praxedes y se iba, arrastrando el pie quebrado, hacia el huerto, a seguir con la construccion del gallinero. Trabajaba los troncos con la zuela, preparaba alfarjias, serraba las tablas y las igualaba con la garlopa, ludia las juntas, labraba las tablillas para los ponederos, construia los tableros para recoger la gallinaza, soltaba el escoplo para coger la escofina, barrenaba, martilleaba y, poco a poco, con una dedicacion enfermiza y un esmero digno del mejor retablo, iba surgiendo en el huerto, atizonado en la pared trasera de la cuadra, no un simple gallinero para cuatro ponedoras holgazanas, sino una lujosa mansion de perfiles ensamblados, con balancines y rodillos giratorios en amplios salones recreativos, ponederos alzados con escalones y habitaculos especiales para las gallinas cluecas. Juan se afanaba en cada minimo detalle y hasta el mismo se iba sorprendiendo de los resultados. Dejo de acudir a la Posada de Maura y prolongaba su tarea hasta que el huerto se quedaba en la penumbra. Cuando Angustias abandono su silencio para advertirle de que solo tenian cuatro gallinas, el respondio, sin inmutarse, que entoces habria que comprar mas. Y cuando, a los pocos dias, le volvio a advertir que no habia alimento en la casa para tanta gallina, Juan no vacilo en afirmar que entoces habria que sembrar mas maiz.
Juan, por supuesto, no tenia ninguna intencion de criar gallinas. Habia conseguido descolgarse de la gran letania de los dias y de las noches para quedar prendido en su propia letania (la fiebre de la soledad sostenida con la constante actividad inutil), sin otra finalidad que seguir manteniendose vivo.
Praxedes y Rufo se sentaban por las noches frente a la ventana del callejon a repasar fatigas y enhebrar presentimientos. Desde que don Jacinto, el medico, les habia advertido que lo de Clara podia acabar en lo peor, los dos padecian un insomnio desolador que algunas noches les hacia velar sus inquietudes hasta el amanecer.
Praxedes Moro, por debajo de los parpados, fue criando unas ojeras lividas y abohetadas, los huesos de la cara se le hicieron mas evidentes y andaba todo el dia ensimismada por ... (ver texto completo)
Seguia multiplicandose anarquicamente la fronda de ligustros y helechos, el ejercito de ortigas y cambroneras y los batallones perennes de encantos, sobre las innumeras capas de hojarasca putrefacta, mientras el reuma conturbaba la orientacion de los cuerpos, que se arrastraban por las cuestas pedregosas en busca de la atalaya resolana de las fuentes.
Los humildes colirrojos tizones abarrotaban los alfeizares en busca de los restos de borona. Los altivos colirrojos reales, sin embargo, surcaban el cielo de los pinares llenando de aristocracia el aire, buscando el olor de la mirra en los arboles jovenes.
El infatigable curso de la rueda de los dias y de las noches discurria ajeno a cualquier otro movimiento, a cualquier otro sentimiento, enfrascado en su constante rotar, extraño a sus propios efectos y a su inconfundible rastro de soledad.
Clara Luz recibia todos los dias las visitas de sus amigas de siempre que le llevaban arandanos y ramos alegres de mimosas. Tambien recibia todas las mañanas la visita de Amelia Chanzaina, por quien llego a sentir, en poco tiempo, un afecto desmesurado.
Amelia hilvanaba para Clara historias configuradas con retales de los propios sueños, con recuerdos del Convento, con escenas reales de su inconfesable vida publica, (estampadas en la memoria con trementina) y con imagenes del viejo Libro de Viajes de su padre.
A Clara Luz se le olvidaba la fiebre cuando escuchaba los relatos de Amelia.
Clara tambien recibio alguna esporadica visita de Dulce Nombre de Maria. La viuda le llevaba perfumes de ambar y tragedias griegas.
Clara Luz, por las noches, cuando no se lo impedia la tos, le relataba a Juan todos los momentos vividos durante el dia. Bien parecia que aquella criatura, en lugar de estar postrada en una cama, se pasaba todo el dia recorriendo el mundo. Ella nunca le transmitia a nadie la sensacion de infidelidad que guardaba en sus adentros.
Su abuela Angustias la llenaba de higas de azabache y de escapularios de santos.
Para Clara Luz, ese esperar paciente, configuraba su esperanza. La cegadora luz de la verdad vanidosa, capaz de enturbiar para siempre los pensamientos sobre la propia existencia, no iluminaba aun sus ojos febriles.
Clara Luz se encontraba sumida en la adversidad por haber dispuesto el cielo que una noche de lluvia fundiera con ella su llanto (que la vida va escupiendo paradigmas, mientras los hombres discurren esterilmente sobre sus limitaciones).
En el taller de Remedios se hacian calados, entredoses, filetones, recamos, escamadas, estofos y lomillos y, a veces, hasta chocolate con churros o suspiros de limon. Por alli andaban Digna Emerita y su hermana Remedios, las tres Odaliscas, Aida y Soledad, Felicitas Varela y las castellanas Lucia Pascual y Zenaida Cordero.
A Remedios Guisasola, ciertamente, le quedaba lejos el jardin ambarino donde su padre inventaba sofismas sobre la humanidad de las rosas, pero no pasaba una tarde sin que recordara ... (ver texto completo)
Praxedes y Rufo se sentaban por las noches frente a la ventana del callejon a repasar fatigas y enhebrar presentimientos. Desde que don Jacinto, el medico, les habia advertido que lo de Clara podia acabar en lo peor, los dos padecian un insomnio desolador que algunas noches les hacia velar sus inquietudes hasta el amanecer.
Praxedes Moro, por debajo de los parpados, fue criando unas ojeras lividas y abohetadas, los huesos de la cara se le hicieron mas evidentes y andaba todo el dia ensimismada por la casa, con la misma braveza de siempre, peo con la mente extraviada. En sus ojos se apreciaba la indiferente mirada de los muertos. Su actividad desaforada no ceso, pero se fue haciendo delirio. Se olvidaba de comer, las cosas nunca estaban en su sitio y la anciana Angustias hubo de tomar de nuevo (despues de tantos años) las riendas de la casa. Praxedes acabo desencajada, alimentandose unicamente de coraje. Cuando llegaba la noche buscaba, entre los himnos del callejon, alguna respuesta para tanta amargura, pero no encontraba mas que el eco de su jadear y la solidaria soledad de Rufo, quien iba midiendo, al igual que ella, la extension de cada noche a golpes de tos y de desaliento.
Seguian creciendo en Peñafonte la escanda y el maiz, mientras los recuerdod de unos escalzaban conciencias y los de otros adormecian voluntades.
Hola soy hija de modesta como se puede cumunicar la ama con vosotras seria una ilusion muy grande para ella
Hola, tienes que poner mas datos, para intentar orientarte, por aqui, como puedes ver, anda poca gente en estos momento, pero hay otras paginas donde puede que encuentres lo que buscas.
Alvarina Odalisca tenia los gestos afilados, un cierto arrebol permanente en las mejillas y el inconfundible olor de los espigones de maiz en el cuerpo.
Eliseo Fernandez Barrial, el pacato mellizo de la afable Maria Gloria, se hizo novio de Alvarina Odalisca. Fue una forma de salir del tedio, el macanismo util para burlar por un tiempo la rueda de la desidia (el milagro del amor que rompe con el monotono concierto del tiempo y la eterna letania del hastio).

De mi pecho surgen gritos de alegria
y ... (ver texto completo)
En el taller de Remedios se hacian calados, entredoses, filetones, recamos, escamadas, estofos y lomillos y, a veces, hasta chocolate con churros o suspiros de limon. Por alli andaban Digna Emerita y su hermana Remedios, las tres Odaliscas, Aida y Soledad, Felicitas Varela y las castellanas Lucia Pascual y Zenaida Cordero.
A Remedios Guisasola, ciertamente, le quedaba lejos el jardin ambarino donde su padre inventaba sofismas sobre la humanidad de las rosas, pero no pasaba una tarde sin que recordara con anquilosada nostalgia aquella epoca de juventud, en su tierra vasca, cuando los deseos y los sueños poseian el ardiente esplendor de la desnuda inocencia.
Felicitas Varela, en el taller de su madre, pespunteaba imaginarios encuentros con su primo Juan Jacobo. Estaba decidida a provocar, cualquier noche, un encuentro fortuito. No podia soportar ya por mas tiempo aquel fuego interior que la hacia retorcerse sobre el colchon ardiendo de ansiedad.
Juan Jacobo Varela Caparina, desde que su tio Conrado le advirtiera que su nombre andaba escrito en las listas de los somatenes, tocaba el violin con mas genio y entusiasmo (que hay corazones que se arrufan con los peligros).
Juan Jacobo quedo algo postrado con el rechazo de la posadera, pero la creacion del Ateneo Minero le hizo olvidar el fracaso y le dio ocasion de demostrar sus facultades para la oratoria y exponer sus ideas sobre la inedulible verdad del pensamiento libertario. Les hablaba a los mineros de Bakunin y del martir Ferrer Guardia y de la abolicion del Gobierno, de la Monarquia, del Parlamento, del Ejercito y de toda Institucion coercitiva. Disertaba con su tio y con Rufo Fernandez sobre los prejuicios patrioticos. Exponia, con brillo en los ojos y musica en la voz, la necesidad de hacerles la guerra a las religiones, de abolir todo vinculo legal y de borrar de los mapas las fronteras. Defendio la formula del anarquismo comunusta, con respecto a los salarios (cada uno segun sus fuerzas y a cada uno segun sus necesidades), frente a la pausa colectivista (a cada uno el producto integro de su trabajo), por estimar esta ultima tesis como fuente de desigualdades y amparadora del enriquecimiento de los fuertes frente a los debiles y enfermizos.
A Rufo Fernandez, cuando escuchaba los terminales argumentos del joven Juan Jacobo, se le tambaleaban los viejos convencimientos. Lo que peor llevaba Rufo eran las criticas del anarquismo contra la componenda de Manuel Llaneza con Primo de Ribera. En ese tema se sentia sin argumentois para la defensa y asi lo reconocia ante su amigo Conrado. El maestro siempre le contestaba a Rufo, cuando lo veia dubitativo, que, cuando las premisas estaban correctamente formuladas, la conclusion siempre era verdadera, al margen de la ideologia en la que se pudiera encuadrar la nueva afirmacion, lo cual no hacia sino aumentar las dudas de Rufo.
Horaldo Fernandez llego a comentarlec a Rufo la posibilidad de expulsar del Ateneo al violinista, pues sus afirmaciones estaban socavando los cimientos del socialismo. Rufo, como presidente, no admitio la sugerencia de su vocal, pues para el las ideas, si estaban expuestas con respetro y buena motivacion, debian ser siempre tenidas en cuenta, aunque levantasen escozores en el propio entendimiento.
Pero aquellos dias no andaba Rufo para demasiadas cavilaciones politicas.
Rufo y Praxedes decidieron llevarse a los recien casados a su casa para que Clara estuviera mejor atendida.
Hola y buenas tardes para todos.
Jose Ramon, me alegra saber de tus padres y que estan ahi con vosotros, es mejor asi, pues me parece que ya no seria oportuno dejarlos solos, hay que cuidar de ellos todo lo que sea, pues bien se lo merecen.
Ale un abrazu para todos vosotros.
Placida Iglesias siguio transmitiendole a Julia Odalisca los deseos de perdon de su padre (el reprobo Fidel, madreñero ilustre), pero esta no atendia a razones y continuaba afirmando que ella se pasaba los asuntos de los muertos por lo mas blando de su noble horcajadura.
En cuanto Julita Odalisca supo que el espectro de su padre andaba por alli dando que hablar y que la gente sostenia que, por el bien de la parroquia, no deberia de contrariarse la voluntad de los muertos, reunio a todos sus hijos ... (ver texto completo)
Alvarina Odalisca tenia los gestos afilados, un cierto arrebol permanente en las mejillas y el inconfundible olor de los espigones de maiz en el cuerpo.
Eliseo Fernandez Barrial, el pacato mellizo de la afable Maria Gloria, se hizo novio de Alvarina Odalisca. Fue una forma de salir del tedio, el macanismo util para burlar por un tiempo la rueda de la desidia (el milagro del amor que rompe con el monotono concierto del tiempo y la eterna letania del hastio).

De mi pecho surgen gritos de alegria
y de mi alma rafagas de luz.

Eliseo Fernandez sabia de epanadiplosis, concatenaciones y retruencanos (que el lenguaje sufre de muchas y muy raras enfermedades).
El poeta Eloiseo lo mismo hacia versos saficos que quintillas, lo mismo le escribia un romance a la santa Menedora como llenaba papeles con endechas, espineles y silvas dedicadas a la memoria mitologica del bosque o a la impotencia de los recuerdos. Pero lo que mas hinchaba la complacencia literaria de Eliseo era discurrir sonetos para su adorable Alvarina.
El mellizo Eliseo debia su habilidad, en gran parte, a las enseñanzas del maestro Conrado Varela, que descubrio muy pronto las inclinaciones liricas del mellizo.
El maestro Conrado Varela le habia regalado a Eliseo un manual de Literatura Preceptiva, y Practica Comparada para que siguiera cultivando el arte de la poesia.
En casa del maestro Conrado Varela tambien los dias y las noches se iban deslizando, como en un arroyo de palida luz, sin dejar mas rastro que el cansancio de los huesos.
En aquellas aromaticas noches del verano lluvioso, con la Escuela cerrada y el torpor de la inactividad abotargando los cuerpos, Remedios Guisasola y Conrado Varela se sentian envejecer por momentos. Quedaban muy lejos aquellas azafranadas tardes de otoño, en el jardin ambarino de la casa del bienquisto profesos Nicario Guisasola, con el sabor de los azules vientos marinos en las palabras, cuando el joven maestro, con su traje de lino, cortejaba a la ruborosa Remedios, que bordaba interminables manteles de panama sin levantar la mirada mas que para ahuyentar, de vez en cuando, los malos pensamientos. Y tambien quedaba lejos, muy lejos, aquellas sesiones en el cinematografo Fandiño, a donde se acercaban a ver La mascara de los dientes blancos o Los misterios de Nueva York.
Conrado Varela iba matando algo el tiempo con las sesiones que dirigia, en el recien creado Ateneo Minero, sobre aritmetica y geografia.
Remedios Guisasola enseñaba, por las tardes, las tecnicas del bordado y la pasamaneria a las jovenes del pueblo.
Y los dias iban pasando sobre Peñafonte al mismo ritmo invariable que lo habian hecho siempre. El tedio de cada dia arrastraba tras de si la impostura de cada noche y asi se iba hilvanando sobre los hogares encogidos la letania del tiempo.
El viento flagelaba los arroyos y la lluvia iba gastando irremisiblemente la tierra.
Las gentes guardaban las penas cerca de los contentos, la profusa resignacion al lado de la exigua violencia (que la humedad hace a los hombres mansos de corazon) y la pasion ... (ver texto completo)
Placida Iglesias siguio transmitiendole a Julia Odalisca los deseos de perdon de su padre (el reprobo Fidel, madreñero ilustre), pero esta no atendia a razones y continuaba afirmando que ella se pasaba los asuntos de los muertos por lo mas blando de su noble horcajadura.
En cuanto Julita Odalisca supo que el espectro de su padre andaba por alli dando que hablar y que la gente sostenia que, por el bien de la parroquia, no deberia de contrariarse la voluntad de los muertos, reunio a todos sus hijos (Adrian, Elsa, Alvarina, Julian y Evelio) y les explico, con pelos y señales, las poderosas razones de su inhibicion.
Julia Odalisaca supo que su padre habia reventado la tierra, no por las palabras de la mendaz Placida Iglesias, sino por la miasmia asfixiante que empezo a flotar por la casa. Pero esto lo soluciono poniendolos a todos a jalbegar techos y paredes y colgando de las ventanas ramilletes de espliego.
Adrian Odalisco le propuso a su madre abrir la tumba del abuelo y llenarla de piedras calizas y polvora (y ya se encargarian los fuegos fatuos del resto), pero Julia insistio en que la indiferencia es el mejor combate contra vivos y muertos y que el viejo terminaria pudriendose ineludiblemente como lo habian hecho siempre todos los muertos, pues asi lo decia la Ley Natural, y su alma malefica acabaria atizando la hoguera de Belcebu, por los siglos de los siglos (porque el violentarle a la propia hija la doncellez del cuerpo y la candidez del alma es algo que no tiene perdon de Dios).
Adrian Odalisco, una vez pasada la molienda del abuelo, siguio bebiendo aguardiente, por las noches, en la Posada de Maura, y persiguiendo despues, en sueños, sin descanso, los besos ciegos de la viuda Dulce (que ni siquiera en sueños conseguia Adrian desvelar el hermoso misterio que para el, como para otros muchos, suponia aquella mujer irreal). Y caminaba Adrian con pies de nube por la hojarasca del deseo por miedo a ahuyentar el placentero encanto de su melancolia. Mucho le hubiera gustado al mayor de los Odaliscos saber exprexar sus sentimientos con la claridad con que Eliseo expresaba los suyos cuando le escribia los versos a su hermana Alvarina.
Alvarina Odalisca le leia los poemas de Eliseo a su hermana Elsa y se le encendian los ojos de amor al hacerlo.

Recorrimos juntos la media luz del bosque,
parpadeaba sobre ti la claridad del cielo...
Buenos dias Jose Mel. Espero que todo este bien por el norte. Un fuerte abrazo y a cuidarse.
Hola y buenas tardes Jose Ramon, bueno, pues por esti nuestru norte, por fin se nos fue el calor y nos llego el agua, ¡quien pudiera decir que ya lo estabamos deseando!, increible pero cierto, pues pasamos unos cuantos dias de mucho calor.
Por lo demas, todo normal, que no es poco.
Tambien para ti un fuerte abrazu.
-Escucha, hombre melancolico, no malgastes tu tiempo en mendigar explicaciones para tus desconciertos. La Tierra se mueve a gran velocidad y es normal que los hombres andeis por ella siempre trastabillantes. A los arboles se les caen las hojas y a vosotros se os desperdigan los pensamientos.
-No intentes, hombre de mirada inmovil, recomponer tus recuerdos, pues estan demasiado adulterados por la angustia, retorcidos en una historia incompleta, inacabados como los sueños.
-No te empeñes en ver ni ... (ver texto completo)
Y los dias iban pasando sobre Peñafonte al mismo ritmo invariable que lo habian hecho siempre. El tedio de cada dia arrastraba tras de si la impostura de cada noche y asi se iba hilvanando sobre los hogares encogidos la letania del tiempo.
El viento flagelaba los arroyos y la lluvia iba gastando irremisiblemente la tierra.
Las gentes guardaban las penas cerca de los contentos, la profusa resignacion al lado de la exigua violencia (que la humedad hace a los hombres mansos de corazon) y la pasion sosegada la hacian paredaña con la tumorosa indiferencia. Y todos estos sentimientos se retorcian en la acriminia gastrica, alli donde al ser humano se le alborotan las tripas, donde hacen efecto las infusiones de milenrama, donde van formando callos los contratiempos, donde un dia hubo un cordon sujetando la esperanza, y el que unos u otros se manifestaran dependia de como estuviera cargado de desidia el aire.

La viuda Dulce Nombre de Maria, despues de angustiosos titubeos, habia decidido abortar. Esperaba a que Constantino del Pino le preparara el encuentro con una curandera de Casares llamada Dula, quien con artemisa machacada y un buen manejo de los alfileres hacia maravillas.
La viuda Dulce Nombre dee Maria se pasaba las horas sobre la mecedora de mimbre releyendo las tragedias griegas o escuchando los ronquidos de su pensamiento, ajena al discurrir de las cosas y de las gentes de Peñafonte, hasta que la lluvia la obligaba a refugiarse en la sala.
El tonto Alarico ya no le acariciaba los pechos a la viuda Dulce, aunque seguia cortandole la leña y preocupandose de los rosales.
El tonto Alarico Escandon Iglesias seguia consumiendo las horas con su pensamiento a la deriva y lo mismo pensaba embotellar la niebla que pintar la lluvia de blanco-españa con retamas de gayomba.
El tonto de mirada gris, Alarico, seguia sonriendole al mundo con piadosa indolencia, coleccionando sueños incompletos y rudimentarios en su cofre de hojalata y masturbandose (con la luna en la cabeza y los sapos a los pies) en el huerto de la posadera Maura (nadie sabia porque)
A la madre del tonto Alarico, Placida Iglesias, siguio apareciendosele el espectro de Fidel Odalisco. Aseguraba que el muerto tenia la piel reventada, cocida por el humedo ardor de la tierra, y los ojos vacios de mirada, como vueltos hacia adentro.
Se besaron con melancolia, degustando la dicha de estar cerca, evitando el suspiro, mezclando en la humedad de los labios lo real y lo imposible. Las leyes de este mundo se resquebrajaban, una y otra vez, sin ningun efecto aparente, lo mismo se parte la roca mas dura que se desgarra el corazon mas potente, ayer sesteaba en el patio el balanceo de lo imposible y hoy se intercambia el calor real de los cuerpos, y mañana seguira lloviendo sobre la tierra sin que se sepa muy bien el porque, quiza para ... (ver texto completo)
-Escucha, hombre melancolico, no malgastes tu tiempo en mendigar explicaciones para tus desconciertos. La Tierra se mueve a gran velocidad y es normal que los hombres andeis por ella siempre trastabillantes. A los arboles se les caen las hojas y a vosotros se os desperdigan los pensamientos.
-No intentes, hombre de mirada inmovil, recomponer tus recuerdos, pues estan demasiado adulterados por la angustia, retorcidos en una historia incompleta, inacabados como los sueños.
-No te empeñes en ver ni mas alla del dia en que estas respirando (llueva con resignacion o luzca el sol con desenfado), ni mas atras del dia de ayer, ya tan lejano, pues lejano es lo inalcanzable. Disfruta ahora de ese olor a espliego y a milenrama que el aire te ofrece y entregate al amor cuando el te lo pida (si es que eres capaz de reconocerlo), pues no tienes mas pasado que esas cicatrices azules en las manos o esos restos de carbon en la mirada, ni mas futuro que esos hijos que flotan acechantes en el aire de la noche esperando de ti el ultimo deseo.

Juan Damasceno sacudio el agua de su cabeza contra el suelo.
Una figura de mujer, de ojos grandes y tensos perfiles de media luna, se mostro ante el como una apoaricion.
-Decia mi madre, que en paz descanse, que en el agua de esas fuentes habia voces escondidas, voces buenas, como almas de xanas que no pudieron nacer, y que quien conseguia escucharlas encontraba al instante el sosiego..
- ¡Amelia!
-Ando paseando por esta noche de Peñafonte. ¡Tantas veces lo he deseado! ¿Verdad que en las noches de Peñafonte todo se ve mas claro?
-No estoy tan seguro.
Juan Damasceno y Amelia Chanzaina se sentaron sobre el pilon. Ella saco un pañuelo y le seco la frente. Hablaron de muchas cosas, todas sin importancia, pero llenas de humor y frescura. Desenterraron pormenores ya olvidados y disfrutaron del olor de la tierra removida. Recordaron la desconfianza de el y la vitalidad de ella, a la hora de los juegos, y a Juan se le esfumo el dolor de cabeza, y a Amelia se le borro de la frente la desilusion. Hubo entonces un prolongado silencio. Juan hurgaba en la tierra con un trozo de retama. Amelia removia con una mano el agua del pilon. (Ellos no la veian, porque estaba a sus espaldas, por encima de la Peña del Cuervo, pero seguia la luna pintando las arnicas de amarillo.
-Juan.
-Dime.
- ¿Quieres tumbarte conmigo en la hierba que hay alli, detras del lavadero?.
Juan Damasceno y Amelia Chanzaina hicieron el amor apasionadamente, por primera y ultima vez, detras del lavadero de Peñafonte, alli donde ella habia aprendido, con su madre Emelinda, a lavar los bombachos de su padre con piedra de pedernal. y donde el, en la infancia, siempre bajo la inspiracion de Roberto Belarmino, les enturbiaba el agua a las lavanderas con polvo de alheña.
Juan desccubrio aquella noche nuevas formas de pasion, insospechables en una mujer recien salida del convento.
Amelia comprobo en sus propias carnes que el amor tambien puede ser inspiracion y ternura y no solo oficio y menosprecio. Fue un bautismo para ella.
-Por supuesto, Juan, esto, que ha sido maravilloso, no volvera a repetirse.
- Adios Amelia. Me voy a casa.
-Suerte.

El tonto Alarico cruzo veloz el callejon de la fuente en direccion al huerto de Maura. Llevaba colgado del hombre un saco repleto de sapos.
Desde lo alto del pajar de Haroldo, Laureano y Maria Gloria vieron al tonto perderse en la penumbre del Camino de las Moras.
A Maria Gloria le brillaban las mejillas.
Laureano hizo un gesto de innominable anuencia.
-Alla va Alarico, a preparar el nocturno martirio de los sapos.
A la viuda Dulce Nombre de Maria le estaba latiendo el corazon con mucha celeridad y con no demasiada misericordia haciendola olvidar el desatino de ciertas intenciones.
-Perdoname Dulce, por pensar solo en mi.
-Hace un momento yo pensaba en ti, sentada en la mecedora de mimbre. Quiza mi alma, si ha de penar algun dia, lo haga sobre esa mecedora de mimbre.
Ella tambien estaba sola, pero comprendia que su soledad no era la misma que la de Juan. Ella poseia mas capacidad para disfrutar al maximo ... (ver texto completo)
Se besaron con melancolia, degustando la dicha de estar cerca, evitando el suspiro, mezclando en la humedad de los labios lo real y lo imposible. Las leyes de este mundo se resquebrajaban, una y otra vez, sin ningun efecto aparente, lo mismo se parte la roca mas dura que se desgarra el corazon mas potente, ayer sesteaba en el patio el balanceo de lo imposible y hoy se intercambia el calor real de los cuerpos, y mañana seguira lloviendo sobre la tierra sin que se sepa muy bien el porque, quiza para llenar vacios, quiza para borrar recuerdos, quiza, simplemente, porque la tierra lo necesita para seguir muriendo.
-Tienes otra vez encendida la candela del santo.
Era el momento de decirle que estaba embarazada, que llevaba un hijo suyo en las entrañas. Pero no fue capaz de hacerlo. Se incorporo y se fue hacia la puerta.
-Debes irte, Juan.
El tardo mucho en reaccionar.
-Si, debo irme.
Seguia en el patio el alboroto de sapos y grillos. Estaba luminosa la noche y sonaba, a lo lejos, el quejido del violin de Juan Jacobo Varela Caparina.
El viento habia apagado el candil del zaguan.
- ¿Como esta Clara?
-Peor.
-Mañana ire a verla.
Como quieras.

Juan Damasceno se dirigio hacia la posada de Maura. Alli bebio aguardiente con Adrian Odalisco hasta que la bruma del alcohol comenzo a desvanecer sus palabras.
Cuando salio del calido sopor del chigre agradecio el fresco de la noche sobre sus ojos aborrachados.
Llego hasta la fuente palpando los muros de hiedra y alli se sento, sobre el borde del pilon.
Su casa flotaba alli mismo, detras del nogal, como un barco extraño sobre el mar de las dudas. Una luciernaga brillaba a sus pies. La aplasto y, al instante, se arrepintio de haberlo hecho. Le estallaba la cabeza. Solo el murmullo del agua turbaba el silencio del cielo, salpicado de estrellas. Otra vez las voces anonimas vertian sus palabras hechizadas sobre el doloroso porfiar de las culpas. Juan entrego su cabeza al fluir de las fuentes. Se cerraron entonces podos los ojos, se sellaron todos los labios y todos los oidos se atollaron. Quedo una sensacion aguda de frio que parecia invalidar la existencia.
Saludos yocayu
Hola tocayu, me alegro de verte por aqui, se te ve muy poco, el otru dia entraste, te dije hola y hasta hoy no apareciste, ala hasta cuando quieras.
Dulce Nombre se arrodillo ante el y le cogio las manos. Estaban frias y asperas y las acaricio con profunda delicadeza. Juan trato de besarla, pero ella se incorporo para evitar el contacto.
-No eres justo, Juan.
-Me encuentro solo.
- ¡Que sabras tu de soledad!
-Siempre estuve solo en medio de la gente.
Dulce Nombre busco referencias para sostener su amor y encontro cientos de ellas, pero todas demasiado etereas, animicas, casi magicas, ninguna que pudiera aclarar su indecision. Por un momento ... (ver texto completo)
A la viuda Dulce Nombre de Maria le estaba latiendo el corazon con mucha celeridad y con no demasiada misericordia haciendola olvidar el desatino de ciertas intenciones.
-Perdoname Dulce, por pensar solo en mi.
-Hace un momento yo pensaba en ti, sentada en la mecedora de mimbre. Quiza mi alma, si ha de penar algun dia, lo haga sobre esa mecedora de mimbre.
Ella tambien estaba sola, pero comprendia que su soledad no era la misma que la de Juan. Ella poseia mas capacidad para disfrutar al maximo cada momento y saborearlo despues, bajo el tilo, en las horas vacias. Recordo las caricias de Maura, la explosion de ternura de sus cuerpos ardientes, el delicado placer del misterio desvelado, y sintio cierta culpa cosquilleandole el cuerpo. Entonces añadio a su amor por Juan un nuevo sentimiento, el de la compasion, y como tanto el amor como la piedad provocan ternura, la hermosa Dulce Nombre, agobiada por el alboroto de un corazon desbocado, desparramo, sin ninguna consideracion, un copioso manantial de ternura sobre la angustiosa soledad de Juan Damasceno.
Juan se dejo acariciar y besar como un niño herido.
Ninguno de los dos habia sabido burlar las comandulas de la vida y, en su relacion, siempre extraña, solo se habian comprometido con la posesion de cada instante (perdido uno en la busqueda de verdades supuestamente mas consistentes e indefensa la otra ante la certidumbre del amor efimero). A Juan le habian asediado los remordimientos y a Dulce la desesperanza. Son destinos que se cruzan y no aciertan a sostener su mutua falta de consistencia.
-No debemos empezar de nuevo. No podria soportarlo.
-No, claro que no.
-Pareces estar puesta por el cielo para indicar el camino a los extraviados.
-Por aqui no pasa nadie. Solo algun loco como tu que confunde el camino. ¿Que quieres?
- No lo se.
Dulce Nombre lo miro fijamente a los ojos, como dejando en ellos prendido algun ancestral mensaje, y entro en casa.
El follaje de los helechos que rondaba las tapias murmuro algo y los sapos enmudecieron.
Juan recordo los dias en que Ursula le obligaba a beber, en ayunas, aquel brebaje infernal de leche de burra, trebol ... (ver texto completo)
Dulce Nombre se arrodillo ante el y le cogio las manos. Estaban frias y asperas y las acaricio con profunda delicadeza. Juan trato de besarla, pero ella se incorporo para evitar el contacto.
-No eres justo, Juan.
-Me encuentro solo.
- ¡Que sabras tu de soledad!
-Siempre estuve solo en medio de la gente.
Dulce Nombre busco referencias para sostener su amor y encontro cientos de ellas, pero todas demasiado etereas, animicas, casi magicas, ninguna que pudiera aclarar su indecision. Por un momento penso en confesarle todo a Juan, gritarle que ella podria tener la solucion a tanta soledad, en sus entrañas, creciendo despacio (como crecen los resalvos, elegidos entre un millon, sobre la ojarasca del bosque). Pero amaba demasiado a aquel hombre para someterlo a un nuevo desconcierto.
-Yo tambien me siento sola.
-Mi soledad es una forma de vida. Nunca pude quitarmela de encima, desde que llegue a este pueblo montado en el caballo del cura Lubencio. La sentia crecer a mi lado en las noches de insomnio provocadas por la presencia de una madre durmiendo con los ojos abiertos. La sentia en la escuela, cuando el maestro Conrado hablaba del misterioso origen de la vida. Y en las tardes lluviosas, en la Rectoral, aprendieno (como dice Felicia) el inutil idioma de los angeles, incomitatus. El latin solo me ha servido para inflar de suntuosidad los dialogos conmigo mismo. Tambien en la guerra africana, disparando sin saber el porque ni contra quien, en aquellas tierras del otro mundo, baldias y ardientes. Si hay infierno debe de andar por aquellos lugares. Muerdo cada dia mi soledad atrapado en el polvo de la rampa y, estos dias, delante de la cama de Clara, escuchando su tos farraqgosa que me retuerce la voluntad.
-Parece que te lo hayas aprendido de memoria para venir a soltarmelo aqui.
-Claro que me lo se de memoria. Si, quiza haya venido a eso.
- ¿A que?
-A contarte lo solo que estoy.
Buena semeya
Hola tocayu, buenes tardes, me alegra verte por aqui.
Si señor, la foto ye muy guapa, pero si el modelo ye guapo, la foto tambien lo tien que ser.
-He visto muy buenas rosas en el huerto, contra la pared trasera de la caballeriza. Has de llevarle algunas a Orestes, cuando escampe, y de paso limpias un poco aquello, que las hierbas ya estan tapando la losa.
Seguia lloviendo sobre el farrago de los vivos y sobre el sosiego de los muertos. El monte se llenaba de argayos y el pueblo de barro. (El barro es como la costra del desden que llena la tarde).
La beata Maria Felicia, que llevaba en su bocio insolente la señal inequivoca del respeto a ... (ver texto completo)
-Pareces estar puesta por el cielo para indicar el camino a los extraviados.
-Por aqui no pasa nadie. Solo algun loco como tu que confunde el camino. ¿Que quieres?
- No lo se.
Dulce Nombre lo miro fijamente a los ojos, como dejando en ellos prendido algun ancestral mensaje, y entro en casa.
El follaje de los helechos que rondaba las tapias murmuro algo y los sapos enmudecieron.
Juan recordo los dias en que Ursula le obligaba a beber, en ayunas, aquel brebaje infernal de leche de burra, trebol de agua, hollin, ajo y diente de leon, tanto cuando tenia lombrices como cuando se le iba el apetito. Lo mismo que entonces, cerro los ojos, aguanto la respiracion y trago saliva. Luego, siguio los pasos de Dulce Nombre.
Los sapos volvieron a cantar, los grillos machos sacudieron sus alas y el patio se lleno nuevamente de ruidos.
Mientras, seguia creciendo la hierba.
Sobre la chimenea colgaba un retrato de la madre de Lazaro Alonso, Deogracias, con toda su amplitud desparramada sobre un sillon de minbre. Mujer de ojos grandes y enteleridos, labios afilados, de semblate asustadizo (no sabemos si por su espiritu pusilanime o por el fogonazo del magnesio, que siempre impresiona la primera vez).
-Esa señora de blanco tiene la mirada de tinta china.
-Se hizo el retrato cuando llego el marques de Comillas con su cortejo a firmar los contratos de los prados de Roncellanos.
Dulce Nombre de Maria corrio las cortinas de todas las ventanas de la sala. Lo hacia todas las noches. Afuera, la luna color de enjeba desgarraba sombras sobre el humedo follaje.
Juan Damasceno apoyo su cabeza en el viejo sillon de cretona (estampado de arpias y basiliscos) y sintio en su interior, como un carcinoma insanable, el rebullir amargo de la soledad.
- ¿Me quieres decir a que has venido?
-No lo se.
-Mauricia, te amo. Soy un esclavo encadenado al ritmo melodioso de tus caderas, a la radiante armonia de tu mirada y a tu acrisolada voz de rocio que inspira, cada noche, las quejumbrosas notas de un violin.
-No digas tonterias, Jacobo, y anda para fuera que aun es pronto para empezar a despachar aguardiente.
-No es aguardiente lo que yo te pido, y tu lo sabes, posadera, sino amor, ese amor que arde en tus ojos y consume hasta el jugo de las flores.
-Pues no quiero que vuelvas por aqui si no es ... (ver texto completo)
-He visto muy buenas rosas en el huerto, contra la pared trasera de la caballeriza. Has de llevarle algunas a Orestes, cuando escampe, y de paso limpias un poco aquello, que las hierbas ya estan tapando la losa.
Seguia lloviendo sobre el farrago de los vivos y sobre el sosiego de los muertos. El monte se llenaba de argayos y el pueblo de barro. (El barro es como la costra del desden que llena la tarde).
La beata Maria Felicia, que llevaba en su bocio insolente la señal inequivoca del respeto a los muertos, nunca le habia recordado a Mauricia la promesa que habia hecho de no volver a casarse, pero la posadera sabia que la vieja lo haria en cuanto fuese necesario.
Mauricia la contemplaba alejandose, acurrucada bajo la lluvia. Le parecio ver en la debilidad de aquella octogenaria un reflejo de la endeblez de su promesa.
-Me parece, Orestes, que voy a tener que enterrar la promesa con el cucho de las mulas.

Al llegar la noche el cielo se fue abriendo a pedazos. Ya andaba la luna pintando las arnicas de amarillo brillante y las violetas de azul celeste cuando Juan Damasceno golpeo con la aldaba ferrugienta el grueso porton del patio de la viuda Dulce Nombre de Maria.

Vas como un sonambulo huyendo de las fiebres, cargando en tus hombros con el lenguaje errante del deseo. Estas herido y no quieres saber que estas herido. Creias que la luna estaba muerta y ahi la tienes, asomando entre las sombras, como una recien nacida. Y es que los años tambien fueron cambiando el paisaje de tus ojos. Vas como un demente, aturdido, buscando una monja cillerera que te recoja la baba. Te sientes a ti mismo como si fueras tu propia pesadilla.

Juan empujo el porton. No estaba echada la tranca. Al fondo, en el zaguan, bajo la luz asperjada del candil, la figura de Dulce Nombre se le antojo una encarnacion de la noche, como si la luna y el tilo hubieran recompuesto todas las sombras para formar, con ayuda de viento y candil, aquella figura hechizada, de ojos brillantes, casi petrificada, que parecia respirar todo el sosiego del mundo.
- ¿Y ahora? ¿Llevo algo escrito en la frente?
Aquella pregunta a Juan le sonaba a desafio. Se fue hacia la ventana. Estaba empezando a llover. El tonto Alarico corria, apurado, detras de una vaca, camino de la fuente. Comenzaba a revivir el rojo-y-negro de los tejados. Brillaba al fondo el maiz. Penso que las palabras deberian ser libres y ligeras y no zambullirse para siempre en el tremedal de la memoria. Se volvio.
- ¡Venga, dime que lees en mi frente!
-No se, tal vez desencanto.
A Amelia le ... (ver texto completo)
-Mauricia, te amo. Soy un esclavo encadenado al ritmo melodioso de tus caderas, a la radiante armonia de tu mirada y a tu acrisolada voz de rocio que inspira, cada noche, las quejumbrosas notas de un violin.
-No digas tonterias, Jacobo, y anda para fuera que aun es pronto para empezar a despachar aguardiente.
-No es aguardiente lo que yo te pido, y tu lo sabes, posadera, sino amor, ese amor que arde en tus ojos y consume hasta el jugo de las flores.
-Pues no quiero que vuelvas por aqui si no es para pedir aguardiente, que el amor ya lo tengo entregado. Tu sabes, Jacobo, porque lo habras estudiado en los libros, que en el amor no manda la voluntad sino el azar, y tu nombre no estaba escrito en ninguna cara del dado.
Mauricia Costales, desde la magica noche anterior, ya no se sentia como la viuda de Orestes Tablon, sino como una joven enamorada, con los anhelos del alma recien puestos.
En las ultimas horas, la posadera Mauricia, habia conocido las dos caras magicas del amor, disfrutando de la pasion salvaje del hombre tantas noches deseado y descubriendo la misteriosa sensualidad de los dioses en las caricias espontaneas de su amiga Dulce (que muchos dias habian transcurrido, en su vida, de fatiga y hastio, de preocupaciones esteriles, de deberes implacables revoloteando a su alrededor como un enjambre enojado, de enfermos desalientos, y hora era ya de que llegara uno de esos dias que no cuentan en la tediosa letania del tiempo, un dia completamente lleno donde cada instante se absorbe como si fuera eterno).
Pero fue la beata Maria Felicia, la tia de Orestes, quien puso a Mauricia, otra vez, sobre la fria losa de granito del cementerio, con su voz lacerada y molesta, como el graznido de azufre de los cuervos endrinos.
-Te habran traido velos los arrieros.
-Si, tia.
-Me vas a dar dos, que tengo a San Egido y a Menedora sin luz propia, a expensas del resplandor que les sobra a los demas santos.
-Pues entre que se las de, que no esta bien que tenga usted a los santos a oscuras, aunque tambien se pueden hacer candelas de aceite.
- ¡Ay, hija mia!, hay santos de vela y santos de candela.
-Usted sabra.
Tomas parecia un hombre nuevo. Amelia le habia cortado el pelo, arreglado la barba y sustituido los faragüeyos por camisas nuevas. Habia incluso algo de risueño en su nuevo empaque.
Amelia llevaba el pelo corto y unos pendientes de azabache con colgaduras de oro que su padre habia recuperado para ella de la arqueta de cerezo con herrajes de cobre y bordes laqueados donde dormian, entre hojas secas de asquerilla y polvo, todos los enseres y recuerdos de la difunta Emelinda.
Amelia tenia un rostro ... (ver texto completo)
- ¿Y ahora? ¿Llevo algo escrito en la frente?
Aquella pregunta a Juan le sonaba a desafio. Se fue hacia la ventana. Estaba empezando a llover. El tonto Alarico corria, apurado, detras de una vaca, camino de la fuente. Comenzaba a revivir el rojo-y-negro de los tejados. Brillaba al fondo el maiz. Penso que las palabras deberian ser libres y ligeras y no zambullirse para siempre en el tremedal de la memoria. Se volvio.
- ¡Venga, dime que lees en mi frente!
-No se, tal vez desencanto.
A Amelia le reventaron de golpe los viejos rescoldos del alma y estallo en sollozos. Todo un manantial de sinsabores e impotencias le fue vaciando los adentros.
El llanto imprevisto de Amelia paralizo todos los gestos. Clara sintio que otra vez la andaban rondando las imagenes del delirio. Le estaba subiendo la fiebre. Tambien Juan sintio ganas de llorar, aunque no sabia muy bien el motivo. Praxedes penso que Amelia no habia podido contener la emocion. Angustias, acurrucada en una esquina del cuarto, presintio que algo greve se ocultaba bajo aquellas lagrimas con olor a cera. Tomas se apresuro a abrazar a su hija en un intento de aplacar su llanto y evitar confesiones inoportunas.
-Perdoname, Clara. No pude contenerme. Son demasiados recuerdos. Mañana volvere a verte y te contare un monton de cosas.
Clara Luz apenas oia ya las palabras de Amelia. Lamia los angulos de los ojos de Digna Emerita cuando un torrente de agua salada la tumbo sobre la hierba que ya no era hierba sino mar inmenso con cabezas de vacas flotando a la deriva. Ella navegaba sobre el mar, apartando los nabos del diablo que colgaban del cielo, en su cama de niquel que parecia hundirse sin remision.
-Juan, tengo sed. Quiero que venga Digna Emerita.
Clara Luz Fernandez Moro parecia triste y decaida, aunque conservaba cierta frescura en los perfiles del rostro. La fiebre no abandonaba su cuerpo, ya muy fragil, y la tos arreciaba cada noche con mas fuerza.

-A veces me acompañaba Digna Emerita, cuando llevaba las vacas a pastar a los prados de Los Pontones. Nos sentabamos juntas sobre la hierba a imaginar cosas tristes y llorabamos con gran sentimiento para derramar muchas lagrimas que nos lamiamos mutuamente en el angulo de los ojos, que es ... (ver texto completo)
Tomas parecia un hombre nuevo. Amelia le habia cortado el pelo, arreglado la barba y sustituido los faragüeyos por camisas nuevas. Habia incluso algo de risueño en su nuevo empaque.
Amelia llevaba el pelo corto y unos pendientes de azabache con colgaduras de oro que su padre habia recuperado para ella de la arqueta de cerezo con herrajes de cobre y bordes laqueados donde dormian, entre hojas secas de asquerilla y polvo, todos los enseres y recuerdos de la difunta Emelinda.
Amelia tenia un rostro nacarado y ojos grandes y tristes con ligeros pliegues en los bordes externos. Sus cejas pobladas acentuaban la seriedad de su rostro. La nariz era pequeña y de aletas anchas.
Amelia Chanzaina no pudo evitar las lagrimas al entrar en la habitacion de Clara. Un tropel de recuerdos, que creia ya olvidados, fueron agolpandose en su cabeza y sintio muy cerca la impaciencia del fuego y, a la vez, el aroma de los sueños.
- ¡Hola, Juan!
- ¡Hola, Amelia!
Los dos recordaban la tarde en que jugaban a zurriagame la melunga con los mellizos, con Felicitas Varela y con Giselina del Pino (que era debil y fria comom el fugaz silbido de la brisa y como un silbido se fue una noche de Santa Cecilia).
- ¿Te acuerdas de Giselina?
- ¡Claro que me acuerdo!
Amelia estaba de madre cuando llego el cura Lubencio con Juan Damasceno de la mano y les pidio a todos que jugaran con el despues de explicarles que venia del Hospicio y que desde aquel mismo dia seria el hijo de Ursula y un guaje mas de Peñafonte.
-Habia mucha nieve aque dia.
A Juan le explicaron el juego y se agarro a un extremo de la cuerda. Amelia sujetaba el otro extremo. De La Habana viene un barco cargado de za... Amelia sonrio maliciosamente al decir aquellas palabras. Juan dudo un momento. Zarandajas. La palabra de Juan (primera que pronuncio sobre el suelo de Peñafonte) dejo a todos perplejos. Juan habia acertado la palabra pero nadie se movio porque Amelia, tal era su asombro, no pronuncio las palabras de rigor. ¿Como lo sabes?. Juan sonrio. Porque lo llevas escrito en la frente. Ella se llevo la mano a la frente como queriendo agarrar la palabra. Luego con todas sus fuerzas grito la formula. Zurriagame la melunga.
-Dime la verdad, ¿como lo adivinaste?
-Lo llevabas escrito en la frente.
Todos rieron. Hasta la abuela Angustias que andaba dormitando por algun rincon.
-Al madreñero Fidel Odalisco, el padre de Julia Odalisca, lo sorprendio la tormenta a la altura de la vieja mina de la Esquilera y en ella se refugio, pero un rayo le hizo justicia y la tierra se le vino encima sin que le diera tiempo ni a cerrar los ojos; el que se habia pasado el tiempo haciendo madreñas de aliso y gaxapos de abedul para evitar el peligro de trabajar en las minas.
-Al padre de Efren Alonso y marido de Humbertina, don Porfirio, se lo comieron los lobos en el Puerto de San Isidro. ... (ver texto completo)
Clara Luz Fernandez Moro parecia triste y decaida, aunque conservaba cierta frescura en los perfiles del rostro. La fiebre no abandonaba su cuerpo, ya muy fragil, y la tos arreciaba cada noche con mas fuerza.

-A veces me acompañaba Digna Emerita, cuando llevaba las vacas a pastar a los prados de Los Pontones. Nos sentabamos juntas sobre la hierba a imaginar cosas tristes y llorabamos con gran sentimiento para derramar muchas lagrimas que nos lamiamos mutuamente en el angulo de los ojos, que es donde dicen que mejor se aprecia el sabor del mar.

En cuanto salgas de esto te voy a llevar a ver el mar.
- ¿En el tren?
-Si, claro, en el tren.
Tras los ojos de Clara Luz se adormecia una mirada de desconcierto. Toda su fragil figura provocaba en Juan Damasceno fatigosos remordimientos. Clara observaba el pesar de su esposo y le suplicaba, una y otra vez, que abandonara su inquietud pues no tenia ningun objeto.
-Cuando llegue el buen tiempo iremos juntos a la Campa de la Parra a buscar arandanos y a coger mimosas.
-Si, Clara, por supuesto que iremos.
Juan hundio sus manos musculosas en el cabello de Clara. Ella recibio la caricia como recibe la tierra encharcada los rayos de sol despues de una noche de lluvia.
A Juan Damasceno Carralon Antayo, cuando acariciaba los perfiles blanquecinos de Clara Luz, le entraba la rescoldera en el alma (que hay hombres que han nacido para andar siempre en el desconcierto y ya sabemos que a este, cuando nacio, no le toco en suerte ninguna estrella, pues en los orfanatos, como en las noches turbias y sibilinas, no hay estrtellas, solo castañetear de dientes, escarcha en los cristales y una monja cillerera que se afeita y que, en su infiita bondad, les limpia la baba, de vez en cuando, a los famelicos niños de color azul).
Juan sonreia e intentaba mostrarse alegre, pero en su interior sentia un gelido sentimiento de compasion que poco a poco le iba entumeciendo el alma.
Praxedes Moro se ocupaba de las tareas de la casa con la ayuda de la anciana Angustias.
Praxedes Moro se movia ligera, autoritaria, con ese aire inconfundible de la mujerm inquebrantable. Desde que Rufo partia hacia la mina, al despuntar el alba, comenzaba su infatigable adtividad (en su casa, en la casa de su hija y en las cuadras) y no cesaba hasta la noche.
Praxedes iba soltando su olor a asperilla y a hierba de San Benito por baules, artesas y rincones. Tras su paso iba quedando una estela de limpieza que reconfortaba el animo. Pero aquellos dias andaban los animos demasiado acobardados por la enfermedad de Clara y ni siquiera el aroma de Praxedes conseguia enderezarlos.
Mientras Juan y Clara, en el piso de arriba, se empeñaban en desvelar el secreto de efimero intercambiando señales etereas y engañosas, Praxedes Moro, en la planta baja, amasaba escanda con singular redaño.
Fue entonces cuando llegaron Tomas Chanzaina y su hija Amelia.
Hay que mirar el miedo a la cara.

GIORGIO NARDONE.
El ignorante tiene valor, el sabio miedo.

ALBERTO MORAVIA.
No hay cosa de la que tenga tanto miedo como del miedo.

MICHEL E. DE MONTAIGNE.
El miedo es el mas peligroso de los sentimientos colectivos.

ANDRE MOUROIS.
No es valiente el que no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo.

NELSON MANDELA.
El miedo hace a los hombres creer lo peor.

CURZIO MALAPARTE.
Se pisotea aquello que antes fue muy temido.

LUCRECIO.
El miedo siempre esta dispuesto a ver las cosas peor de lo que son.

TITO LIVIO.
El miedo es el peor enemigo. El miedo mina tus autodefensas.

GHISLAINE LANCTOR.
Jamas negociemos con miedo, pero jamas temamos negociar.

JOHN F. KENNEDY.
¡No tengais miedo! Abrid de par en par las puertas a Cristo.

JUAN PABLO II.
El miedo gusta de la idea de peligro.

JOSEPH JOUBERT.
La ignorancia es madre del miedo.

HENRY JAMES.
Al que vive temiendo, nunca le tendre por libre.

HORACIO.
Solo se tiene miedo cuando no se esta de acuerdo con uno mismo.

HERMANN HESSE.
El corazon que esta lleno de miedo, ha de estar vacio de esperanza.

FRAY ANTONIO DE GUEVARA.
El miedo es para el espiritu tan saludable como el baño para el cuerpo.

MAXIMO GORKI.
La violencia es el miedo a los ideales de los demas.

MAHATMA GANDHI.
El miedo a perder nos hace perder.

ANTOINE FILISSIADIS.
El miedo siempre viene de la ignorancia.

RALPH W. EMERSON.
El oido es el organo del miedo.

ALBERT EINSTEIN.
El miedo de vivir y de morir es lo que envejece a las personas y no la edad.

DANIEL DEFOE.
El que nunca tuvo miedo no tiene esperanza.

WILLIAM COWPER.
Solo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar.

PAOLO COELHO.
El miedo no es maestro del deber por largo tiempo.

MARCO TULIO CICERON.
El miedo de los mentirosos es el mas temible porque esconde siempre algo terrible.

ALEJANDO CASONA.