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La balsa era muy grande; el escarabajo la tomó por un océano, y quedó tan asombrado, que se cayó boca arriba y se puso a agitar las patas.
El zueco se alejaba, pues la corriente era bastante fuerte. Si el barquito se apartaba demasiado de la orilla, uno de los chiquillos se arremangaba los pantalones, se metía en el agua, y lo volvía al borde. Pero sucedió que, estando el barquichuelo en plena navegación, alguien llamó a los niños, y ellos se echaron a correr sin preocuparse de la suerte
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Mas, contra lo que él creía, aún no había terminado todo, pues se acercó un bote ocupado por varias niñas.
- ¡Mirad! ¡Ahí flota un zueco! -exclamó una de ellas.
-Hay un animalito atado -dijo otra.
Se acercaron al zueco, lo pescaron, y, con unas tijeras, una de las chiquillas cortó el hilo de lana sin hacer daño al escarabajo, al que depositó en la hierba cuando desembarcaron.
- ¡Corre, corre! ¡Vuela, vuela si puedes! -gritó-. ¡Goza de la libertad!
No tuvieron que decírselo dos veces: el escarabajo se echó a volar, y por una ventana abierta entró en un gran edificio, para ir a caer, rendido de fatiga, en la larga crin, fina y suave, del caballo del Emperador; pues sin darse cuenta había vuelto a dar en el establo donde antes vivía. Se agarró fuertemente a la crin y se repuso poco a poco.
- ¡Heme aquí montado en el caballo del Emperador, como un jinete! ¿Qué digo? ¡Claro que sí! Ya me lo preguntaba el herrador: « ¿Por qué le pusieron herraduras de oro al caballo?». ¡Naturalmente! Se las pusieron por mí: para hacerme honor, cuando me dignara montarlo.
Y este pensamiento lo puso de excelente humor.
« ¡Hay que ver lo que el viajar aguza el entendimiento!», pensó.
Los rayos del sol caían directamente sobre él, y el sol le parecía hermoso.
- ¡Pues no está tan mal el mundo! -dijo-. Sólo hay que sabérselo tomar.
El mundo volvía a ser hermoso, pues al caballo del Emperador le habían puesto herraduras de oro porque el escarabajo debía montar en él. ¡Parecía mentira que tal honor hubiese estado reservado para él!
-Ahora me apearé para explicar a mis parientes lo mucho que han hecho por mí. Les contaré todas las amenidades de mi viaje al extranjero y les diré que sólo voy a permanecer en casa mientras el caballo no haya gastado las herraduras de oro.
FIN
H. C. Andersen
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