Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Pero todos sabemos que la dicha de unos es la desdicha de otros, y en este caso la desesperación y la tristeza invadieron a las dos hermanas mayores. Tanto fue así que ambas acabaron con su vida, colgadas o ahogadas, por no poder soportar el haber rechazado a aquel preciado esposo. La vida siguió y un día, mientras hacían vida de marido y mujer, el diablo hizo una visita a Piel de Oso, y le dijo que se había cobrado dos almas al precio de una, las almas de las hermanas de su mujer. No todo podía ser de color de rosas, como en aquellos cuentos para niños, pues el Mal, aunque alejado, perdura en la tierra de los hombres. ... (ver texto completo)
La hermana mayor le sirvió y la novia, toda vestida de negro, no reaccionó ante él, como si nunca antes se hubiesen encontrado. Piel de Oso comentó al hombre mayor que se casaría con una de sus hijas, y, al contrario que hacía tres años, la mayor y la mediana corrieron a sus alcobas para engalanarse y acicalarse. Entretanto, el prometido, todo un galán, deslizó la otra mitad del anillo en una copa de vino, y se la dio a su prometida. Al beber de la copa y encontrar el anillo, supo que aquel apuesto hombre era su prometido.
Emocionada, desbordada, fuera de sí, la hija menor del anciano aceptó. Ambos se casaron y fueron mutuamente felices. ... (ver texto completo)
Pasaron los siete años del desafío de Piel de Oso y, sin esperar un momento más, acudió al diablo en persona para demostrar que había cumplido su promesa. En primera instancia, y haciendo honor a su palabra, el diablo rapó su cabellera, cortó sus uñas y le dio un baño a conciencia, para eliminar toda la suciedad que Piel de Oso había acumulado. Reconfortado y como nuevo, Piel de Oso demandó al demonio que recitase la palabra del Señor, algo que ofendió tremendamente al Mal. Éste le espetó que cómo se atrevía a jugar con su suerte tras haber ganado tremenda riqueza superando el reto, y desapareció. Limpio y afortunado, Piel de Oso se trajeó como un caballero y, lo primero que hizo, fue acudir al hogar del anciano, donde su prometida le esperaba años. Esta vez las tornas cambiaron, y nadie lo reconoció allí. ... (ver texto completo)
Irremediablemente, y así él lo pensaba, iría a prisión para pagar por ello.
Conmovido y comprometido, Piel de Oso saldó la deuda del anciano con el posadero, y además hizo entrega al viejo de una bolsa repleta de monedas de oro.
El viejo, como muestra de gratitud, le ofreció la mano de una de sus hijas, sin consultar cómo reaccionarían éstas al ver a Piel de Oso… La primogénita huyó despavorida, aterrada, de lo que vio. La mediana lo insultó, aclarando que era peor que el hecho de que un oso hubiese intentado pasarse por humano, y no al revés. La pequeña, contraria a sus hermanas mayores, accedió a la petición para hacer feliz a su padre. Piel de Oso le regaló medio anillo, e hizo la promesa de retornar en tres años, y partió. Las hermanas de la prometida la ridiculizaron desde entonces. ... (ver texto completo)
A mitad de desafío, posiblemente en el cuarto año, el soldado se topó con un anciano que se estaba quejando de forma muy lastimera. Entre llantos y sollozos, le confesó que había perdido todos sus bienes y monedas, y que para colmo estaba endeudado. La deuda llegaba hasta tal punto que ya no se veía capaz de mantener a sus hijas y de pagar lo que correspondía al posadero.
Todo transcurrió con normalidad durante un tiempo, años, hasta que la porquería lo poseyó por completo. El soldado ya no era Piel de Oso, sino un aglomerado de suciedad y malos olores. Así fue como nadie quería ya darle refugio ni acercarse a él, y Piel de Oso se veía obligado a desembolsar mucho oro a cambio.
La desesperación del soldado era tal que no podía renunciar a tamaña oferta, o regalo envenenado según lo quieran ustedes ver, pues ¿qué podemos esperar de algo que procede del mismísimo Mal? Así pues, inició el desafío de revestirse con la capa verde. En sus bolsillos, según indicaciones del que retaba, hallaría todo el dinero que precisase y una piel de oso, con la cual debía dormir cada noche. De esta guisa fue como el soldado sería conocido por Piel de Piel de Oso se preparó a conciencia y partió. ... (ver texto completo)
Desesperado, empezó a buscar solución por su vida, y así fue como el soldado se topó con un extraño hombre, revestido de verde y con una pezuña hendida… Este siniestro ser, que para algunos podría ser el demonio tal y como se concebía, le ofreció riqueza, toda la que soñase, a cambio de algo. Algo que supondría un tremendo esfuerzo al soldado: durante siete años no debía cortar su cabello, ni sus uñas, ni asearse, ni rezar, y portar un abrigo y una capa que le prestaría. En el caso de que el soldado fuese capaz de sobrevivir a tremendo reto, sería rico y libre por siempre. Si moría en el intento, el castigo sería peor, pues el mismo diablo le poseería. ... (ver texto completo)
Acabada la contienda, los campos de batalla se habían cobrado muchas víctimas, pero también habían sufrido las consecuencias los más inocentes, civiles de toda condición. Buen ejemplo de ello eran los padres de nuestro soldado, fallecidos y desaparecidos. Si ellos no estaban, ¿a dónde iba a regresar el soldado como hogar ahora? Sus hermanos, desbordados, no podían tampoco hacerse cargo.
Piel de oso

A veces nos toca vivir tiempos felices, pero a veces nos vemos obligados a tener que sobrevivir a épocas más convulsas. El protagonista de nuestra historia hubo de presenciar esto último, y además en sus propias carnes. Eran periodos de guerra, de conflicto, de sangre y de odio. Y él era un soldado, testigo de las luchas más encarnizadas.
Buén Fin de Semana.
Admirando sus palabras, el rey le entregó al anciano las cien monedas de oro que le había prometido y se marchó al campo con sus águilas para contemplarlas en pleno vuelo. Desde entonces, el reino fue uno de los más felices en toda la región.
Así sucede muchas veces en la vida cuando nos enfrentamos a lo desconocido – le dijo el anciano al rey – Sin embargo, todos tenemos el poder de cambiar y hacer todo aquello que nos propongamos. Lo más importante es tener seguridad en nosotros mismos.
En ese momento, el rey comprendió que sus águilas no tenían ningún problema, simplemente tenían miedo de abrir sus alas y levantar el vuelo.
Pues muy fácil, mi señor. Simplemente he cortado las ramas de los árboles para que las águilas no tengan otra salida que echar a volar.
– ¿Cómo lo has conseguido, noble anciano? ¡Tienes que decirme!
– Pues sí Majestad. Ha vuelto la alegría a su reino – dijo el anciano con una voz dulce y apagada.
– ¡Qué alegría! Cuán emocionado estoy – exclamaba el rey alzando los brazos hacia sus aves.
Agitado por la emoción, el monarca bajó rápidamente las escaleras para contemplar aquel suceso maravilloso, y al llegar al trono se encontró con el anciano nuevamente mientras las águilas revoloteaban por el interior del castillo.
Y sin decir otra palabra, el misterioso anciano se retiró del palacio. A la mañana siguiente, el rey despertó como de costumbre asomándose a la ventana de su cuarto. Pero, para su sorpresa, pudo divisar a lo lejos dos aves que se acercaban volando a toda velocidad. ¡Eran sus queridas águilas!
– No se preocupe, nos veremos bien temprano en la mañana.
– ¡Te pagaré cien monedas de oro si lo consigues! – gritó desesperadamente el rey al ver que por lo menos existía una esperanza.
– Majestad, vengo de una tierra lejana y ha llegado a mis oídos la terrible noticia de que sus águilas no pueden volar. Si usted me lo permite, yo podré ayudarle.
Un buen día, arribó al palacio un anciano humilde que pidió hablar de inmediato con el rey. Al llevarlo ante el trono, el anciano se arrodilló a los pies del monarca, pero este apenas le hizo caso, pues su tristeza ocupaba todos sus pensamientos.
El rey no podía creer aquello y de repente rompió a llorar desconsoladamente. La noticia fue llegando a cada uno de los habitantes. Era un día triste para el reino, los niños no querían sonreír y las personas trabajaban con desgano.
– Majestad, no es fácil lo que debo decirle. Usted ha visto cómo han crecido las águilas, y por años no he hecho otra cosa que no sea alimentarlas y cuidarlas. Sin embargo, ahora que son grandes, he visto que las pobres… ¡No pueden volar! Simplemente se la pasan todo el día posadas en las ramas de un árbol.
Sin embargo, cierta mañana el súbdito se apareció ante la corte y muy afligido se arrodilló a los pies del rey pidiendo clemencia.
Rápidamente, el súbdito se llevó las águilas y por mucho tiempo anduvo cuidándolas y alimentándolas hasta que crecieron y se volvieron enormes y fuertes. Nunca en el mundo se habían visto aves tan hermosas, y todos los habitantes del reino esperaban con deseo el día en que pudieran ver volar a las águilas del rey.
– Quiero que te encargues de estas dos hermosas aves y las críes hasta que crezcan y se vuelvan fuertes. Cuando puedan volar, las llevaré siempre conmigo y les daré mucho amor.
Un buen día, el rey recibió un maravilloso regalo: dos águilas recién nacidas. La alegría no se hizo esperar, y el rey quedó tan entusiasmado que llamó de inmediato a uno de sus súbditos.
Las dos águilas del rey

Érase una vez, en una tierra próspera, vivía un noble rey que quería mucho a los animales. Tanta era la devoción de aquel hombre que su palacio siempre estaba lleno de leones, conejos, gatos y elefantes.
De esta manera, gracias a su astucia y ansias de seguir viviendo, la tortuga pudo salvar su vida y continuar alegrando cada mañana al bosque y sus moradores, con el bello tocar de su flauta.
Sin más, con mucha decisión, emprendió una carrera muy rápida para ser tortuga hacia las profundidades del bosque, de donde nunca debió haber sido retirada.
Elevó la mirada por encima de su caparazón y vio como el hombre volvía con leña. Le faltarían tan sólo dos minutos para llegar a la cabaña. ¡Justo a tiempo!- pensó. Una pieza más y de seguro que mi flauta y yo seríamos sopa para la noche.
A estos el pedido de la tortuga les pareció lógico y accedieron, no sin antes pedirle que no tardara, pues su padre estaba a punto de llegar.
La tortuga disimuló su emoción ante el potencial éxito de su plan. Fue desplazándose lentamente por la casa hasta la puerta, bajo la atención de los pequeños, y una vez salió dio pasos lentos y suaves, como quien realmente estira los pies tras bailar hasta el cansancio.
Decidida la tortuga salió de la jaula y comenzó a bailar a la vez que tocaba, mientras los tres hijos de su captor la aplaudían con gran regocijo.
Dos, tres, cuatro y hasta cinco piezas bailó y tocó la tortuga, pero calculando que el hombre estaba por regresar de un momento a otro, lo cual le impediría llevar a buen término su plan, pidió a los niños que le dejaran descansar y estirar un poco las piernas en los alrededores de la casa para seguir luego regalándoles su arte.
- ¡Por supuesto!- dijo con algarabía la mayor, que también había sido como hipnotizada por el encanto de ver un tierno animal desprendiendo notas de tan agradable ritmo.
Eso me han dicho- dijo con resignación la tortuga, a la que pronto se le iluminó el rostro por una idea brillante que cruzó por su cabeza. – También son buena bailando, pero es algo que no puedo hacer dentro de la jaula. ¿Quieren ver?
-Tienes un talento especial, ¿sabes?- comentó tiernamente el del medio.
- ¡Pero si es una tortuga!- exclamó emocionado el menor.
Más convencida por su propia curiosidad que por los anhelos de los hermanos, la hermana mayor cedió y tomó la llave. Rápidamente, pero con mucho cuidado, abrió la jaula y quedó fascinada junto al resto al ver la escena mágica que se levantaba ante sus ojos.
-Y lo haremos- replicó el más chiquito-, pero cómo no vamos a ver qué causa esta linda melodía.
– Ni se les ocurra- gritó tajantemente la mayor. Prometimos dejar todo tal cual estaba.
– Tienes razón- comentó el del medio. Echemos un breve vistazo, papá no lo notará.
Así, sacó su flauta y empezó a tocar, y aunque la melodía denotaba lo triste y nostálgica que se sentía, la música resultante era igual de atrapante y bella.
Cautivados por la repentina sonoridad celestial los niños comenzaron a preguntarse de dónde provenía ese arte hasta que el menor de los tres se percató y dijo: – ¡Creo que viene de la jaula!
Resulta que al verse encerrada en la jaula y más cerca de su fatal y predecible destino, la tortuga optó por disfrutar sus últimos momentos de vida haciendo uso de su preciado don. Ello le serviría además para aliviar la profunda tristeza que con toda lógica la embargaba.
Y normalmente era verdad. Los niños respetaban férreamente al padre pero nadie contaba con lo que estaba a punto de ocurrir.
– Sí papá. Puedes estar tranquilo.
Los pequeños, acostumbrados a no desobedecer ninguna orden o indicación de su padre, dijeron obedientemente a coro:
– Cuidado con tomar la llave e ir a curiosear en la jaula. Es nuestra comida y más les vale mantenerse alejados de ella hasta tanto esté preparada y bien servida. Voy por leña y cuando regrese quiero ver todo tal cual lo dejo.