Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Al llegar a su casa el hombre desempacó su botín y lanzó a la tortuga a una jaula bien asegurada por gordos barrotes y un cerrojo. Luego de pasar la llave la colocó sobre la mesa, donde sus tres hijos pintaban, y comentó impositivamente:
Por supuesto, la tristeza de la tortuga era apabullante. Segundos atrás estaba haciendo lo que más le gustaba en la vida y ahora se veía atrapada en morral, de donde con toda seguridad saldría para terminar como vulgar alimento de personas incapaces de apreciar su arte.
Así, priorizando los pedidos de su estómago, el hombre decidió cazar sorpresivamente a la tortuga. Con una soga la enlazó por el cuello, sin percatarse que al hacerlo privaba al bosque y al resto de sus moradores, que huyeron ante la presencia de un extraño, de la bella melodía que precisamente lo llevó a ese lugar.
– ¡Pero mira que me han puesto en el camino! –exclamó emocionado– Esta noche podré variar mi cansino menú y degustar una sabrosa sopa de tortuga.
Resulta que un día pasaba un hombre por el bosque, e intrigado por aquella celestial música que se escuchaba, buscó afanosamente el lugar del que provenía hasta que dio con el rincón preferido por la tortuga y la vio.
Sin embargo, la suerte les jugaría a todos una mala pasada.
Cada mañana la tortuguita hacía desprender melodiosas notas de su flauta que se extendían por el bosque y animaban el despertar de todos los animales a la redonda, los que no dudaban en celebrar y agradecer el don de su compañera.
La tortuga y la flauta

Érase una vez una pequeña tortuga, pero con un cuello grande, que tenía la extraña habilidad de tocar la flauta como pocos en el orbe podían hacerlo.
Y así lo hizo el pequeño Mhamud. Ahora contaba con una gran suma de dinero para invertirla y volverse un hombre de bien. Sin embargo, y aunque el tiempo pasó, Mhamud nunca olvidó a Simbad, y cada vez que podía se sentaba a recordar aquellas historias tan emocionantes que le había contado.
– Mhamud, durante todos estos días has aprendido algo muy valioso. Recuerda que el destino pertenece a cada uno de nosotros y que debemos luchar con todas nuestras fuerzas por las cosas que queremos. Ya tienes dinero suficiente para empezar una nueva vida. No lo malgastes y empléalo con juicio.
La admiración de Mhamud por los relatos de Simbad crecía cada día más. ¡Qué aventuras tan emocionantes! Todos los días acudía el chico para oír nuevas historias, y así estuvo haciéndolo durante una semana. Por supuesto, cada vez que se presentaba, Simbad le regalaba cien monedas de oro. El último día, Mhamud y Simbad se despidieron amablemente.
– Así mismo es. Una especie de talismán por la que me pagaron una gran fortuna tan pronto regresé a casa.
– Un objeto… ¿De oro? – preguntó impaciente el pequeño.
– Fue espantoso – prosiguió Simbad – El temible gigante devoró a toda mi tripulación de un solo bocado y se quedó dormido al instante. En ese momento, agarré un poco de brazas ardientes con un atizador y sin un segundo que perder se lo clavé al gigante en su único ojo. Sin mirar atrás me escapé de aquel lugar, no sin antes atrapar un extraño objeto dorado que los salvajes veneraban.
– ¡Qué temor! – murmuró Mhamud sin mover un solo dedo.
– Pues no. Aquella isla estaba repleta de salvajes que me llevaron ante su jefe, y este era nada más y nada menos que un gigante abominable con un solo ojo.
– ¿Y encontró un huevo gigante? – se adelantó el chico mientras comía con gusto.
– Hola pequeño. Ayer te hablé de las piedras preciosas que había encontrado, y aunque me volví un hombre rico de la noche a la mañana, tan pronto llegué a la ciudad volví a zarpar hacia tierras desconocidas. Esta vez, anduve por los mares durante semanas, hasta que al fin pude ver otra isla.
“ ¿Qué más?”, “ ¿Qué más pasó, señor Simbad?”. Pero Simbad no continuó la historia, le entregó otras cien monedas de oro al muchacho y le pidió que viniera mañana a la misma hora. Mhamud no podía aguantar la curiosidad, cada vez eran más emocionantes las historias de aquel señor. Sin poder dormir esa noche, regresó al día siguiente para escuchar más aventuras.
– ¿Recuerdas la ballena? – preguntó Simbad – Pues al final logré escapar de ella y regresé sano y salvo a la ciudad. Después de un año volví al mar, y tras varias semanas de navegación avisté una isla. Tan pronto toqué tierra encontré un huevo gigante, pero una extraña ave me agarró por los brazos y me elevó hacia el cielo. Después, aquel inmenso animal me dejó caer en un desierto, aunque para mi sorpresa, el desierto estaba lleno de… ¡Piedras preciosas!
Al próximo día, el jovenzuelo se apareció en casa de Simbad a la ahora acordada. Nuevamente, disfrutó de una deliciosa comida, mientras el hombre prosiguió con su historia.
Pero el señor no siguió hablando. En cambio le entregó a Mhamud cien monedas de oro y le pidió que regresara mañana a la misma hora para contarle el resto de la historia. El pequeño, contento con el dinero, corrió a casa lleno de alegría, no sin antes comprarse un buen trozo de carne y un par de botas para sus desgastados pies.
¿Una ballena? – gritó el chico y se quedó inmóvil
– Me hice marinero. Pero no creas que fue fácil. En mi primer viaje me caí del barco en el que navegaba y nadé durante horas hasta encontrar una isla. Para colmo de males, lo que yo pensaba que era una isla, era realmente… ¡Una ballena!
– ¿Y entonces qué hizo? – preguntó el pequeño cada vez más intrigado.
– Mi nombre es Simbad. Cuando mi padre murió me dejó una inmensa fortuna, pero no supe aprovecharla y la malgasté inútilmente.
– La verdad es que siento mucha curiosidad – alcanzó a decir Mhamud con la boca repleta de comida.
– Debes tener mucha hambre así que come todo lo que quieras. Mientras lo haces, te contaré cómo he llegado a poseer tantas riquezas.
– Gracias señor. Nunca había visto tantas delicias juntas.
El dueño de la casa, al oírlo, se compadeció del jovenzuelo y sin pensarlo dos veces lo invitó a cenar con él. Al entrar a la casa, el muchacho quedó impresionado con todos los manjares exquisitos que había sobre la mesa.
– No sé para qué trabajo tanto. Nunca saldré de esta mala vida – se quejaba Mhamud con lágrimas en los ojos.
Un buen día, agotado de tanto trabajar, decidió sentarse a la sombra de una enorme casa. Era la casa de un rico.
La leyenda de Simbad

Había una vez un chico de nombre Mhamud que era muy pobre. Su oficio era el de trasladar mercancías de un lugar a otro en la ciudad. Tanto trabajaba el jovenzuelo y tan poco ganaba que siempre andaba quejándose de su mala suerte.
¡Mecachis en la mar, Cuenka, otra vez me estás liando... Mira que conozco casi todos los patios del pueblo, pero este... lo que es este de la foto, no tengo ni idea; primero porque no reconozco las macetas, y después porque no reconozco el patio, así que a los propietarios de las macetas azules.... ¡Ea, qué no!
Este es el patio de mi casa. jejeje muy particular como ves.
Así obró, sin pensarlo, el joven. Y fueron dichosos, y ricos, gracias al ganado que por azar les había arribado. Una vida sencilla es, la mayoría de veces, una vida feliz
“Martilla un clavo en el umbral de nuestro portal, y entonces jamás podré pasar dentro o fuera”.
A partir de entonces, viviendo los jóvenes en su hogar isleño, ella desaparecía de tanto en tanto. Se desvanecía sin explicación aparente, para consternación del náufrago. Un día, compungido y cansado de guardar silencio, le preguntó por qué a veces se iba sin avisar, a lo que ella respondió tajante y lacónicamente: “Marcho en contra de mi voluntad. Estoy obligada a partir”. Y añadió como solución:
El rebaño había sido, en efecto, otras de las armas que el padre de ella había enviado en pos de su yerno, una vez se había enterado que su hija había sido más astuta que él. La jugada le había salido mal nuevamente, pues no había podido acabar con él, y para más inri había perdido muchas de las vacas. Animalillos que bien le vendrían al náufrago para enriquecerse, desde luego.
Raudo y veloz, el náufrago temió por su vida, pues cuanto más se concentraba en acelerar, más de cerca escuchaba el retumbar de miles de pies tras él, como una estampida de ganado. No se creyó a salvo hasta que puso la mano sobre el pomo de su puerta, y entonces se permitió el lujo de mirar detrás y… ¡infinidad de vacas pacían el prado tras la valla! Otras tantas desaparecieron de su vista como un espejismo, pues estaban más allá de donde alcanzaba a ver.
Fue poner pies en tierra y salir corriendo, sin mirar atrás, pues así su mujer también se lo indicó: “Huye, huye sin echar la vista a lo que hay detrás de tus pies, y sin despistarte, sea lo que sea que escuchares. No te detengas hasta que no llegues allá donde te sientes más seguro, en tu hogar”.
El matrimonio, harto cansados aunque agradecidos, se dispuso a regresar a su morada. Antes de emprender el viaje, la joven advirtió a su marido: “Sé cauteloso al cruzar la puerta, brinca hacia el otro lado sobre el umbral”. Él, confundido pero confiado de las palabras de su esposa, saltó a través de la puerta. Entonces se percató de la sabiduría de las palabras de ella, pues su suegro le había lanzado un martillo que sus piernas habría quebrado de no haber botado.
Ella, feliz y alegre de ver en la misma tesitura a su amado, le hizo una proposición: visitar a sus padres. Los ancianos, como no podía ser de otra manera, los recibieron con los brazos abiertos, llenos de gozo. Tal era su euforia que corrieron la voz, e invitaron a sus vecinos, para así celebrar un gran festín en honor de la pareja. La fiesta fue intensa, la diversión no decayó durante días, pero al final llegó el momento que nadie deseaba. El de partir de vuelta a casa.
Agitado, intentó conciliar el sueño, no en vano en vela permaneció largo rato. Cuando volvió a dormirse, lo hizo profundamente, y una agradable sorpresa le dio los buenos días. Y es que, sin saber cómo, una preciosa cabaña había sido construida para ellos. La doncella le dijo que escogiese un lugar para construir un establo, algo que su esposo hizo de buena gana. Y así fue erigido el establo, a pesar de que no había vacas ni caballos en la isla que lo pudiesen habitar. Es más, sin comerlo ni beberlo, ... (ver texto completo)
La esposa advirtió a su marido que no se alarmase con los ruidos que escuchase en el ambiente, fuesen como fuesen y dondequiera que tuviesen su origen. Ardua tarea ésta, pues él los creía solos en la isla. Y más complicada se tornaba si los sonidos se daban en plena noche, en las horas de descanso. Así fue como un tremendo estruendo, como de maderas, emergió de entre el remanso de silencio, a altas horas. El náufrago botó de su sueño y se puso en estado de alerta, sin recordar claro está los avisos ... (ver texto completo)
Los meses de invierno se sucedieron, con su crudeza, y la primavera llegó. Y con ella la época de pesca, la cual marcó el inicio de una oleada de visitas a la isla, por parte de pescadores, por supuesto. Para no verse amenazados, el matrimonio de náufragos se mudó a la otra parte de la isla.
La joven señaló al náufrago, y le expuso que de alguna forma era el responsable de la sangre que había extraído, motivo por el cual debían casarse. Las objeciones por parte de él no tardaron en manifestarse, pues su coherencia le dictaba que no mucho podían sobrevivir en aquella desértica isla. La doncella asumió como responsabilidad el proveer sustento para ambos. Él accedió y, una vez sellado el matrimonio, la joven se encargó de las provisiones sin problema alguno. “Mi familia es de buena clase ... (ver texto completo)
Entre los visitantes destacaban dos jóvenes mujeres, cuya vestimenta también resaltaba de la del resto, por lustrosa y ostentosa. Él los recibió sentado en un haz de leña, expectante, mientras la compañía se aproximó con desconcierto. Una de ellas, con tal de resolver de qué estaba hecho el hombrecillo de la isla, le pinchó. Pero tanta fue la mala pata que el alfiler también atravesó su propia piel, en el momento en que el náufrago opuso resistencia, y la joven sangró. Al ver la sangre correr, y ... (ver texto completo)
El joven varado hubo de sobrevivir por sí mismo, pues apiadarse de sí mismo y sentirse un miserable no le iba a servir de nada. Hubo de tragarse el desplante y sacar a relucir ese instinto de supervivencia tan primigenio que todo ser manifiesta en las situaciones más extremas. Y así llegó hasta las Navidades, época en la cual observó una compañía que se aproximaba a la ínsula.
Quien de ellos lo padeció, no lo supo asumir de buena gana. Pues además observó que la doncella se comportaba considerablemente de forma más agradable con el otro. Muerto de celos, el ser humano es una olla de malos pensamientos. El despechado se sacó de la chistera una artimaña para dejar al otro solo en la isla, y huir junto con la doncella. Aparentando que el escape había sido accidental, y que un infortunio había dejado atrapado a su enemigo, por supuesto.
De forma paulatina y poco a poco, con el paso del tiempo, habían intentado acercarse a la doncella. Así fue como se programó una expedición a una isla, en la que los tres deseaban disfrutar de una agradable jornada de pesca. El equilibrio en esta relación era precario, pues ganar terreno se hacía a costa del otro, y viceversa. Así pues, resultaba más que obvio que durante la pesca uno iba a sufrir en sus carnes más desprecio que otro por parte de la joven.