Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

–Nos vamos de viaje a la Isla de la Diversión, donde todos los días son fiesta y no hay colegios ni profesores. ¿Te quieres venir?
– ¿Qué es lo que pasa? –preguntó.
Así, Pinocho se fue a la ciudad y se encontró con unos niños que reían y saltaban muy contentos.
Se dio cuenta de que había mentido y, al ver su nariz, se puso a llorar.

–Esta vez tu nariz volverá a ser como antes, pero te crecerá si vuelves a mentir –dijo el Hada Azul.
–Al cruzar el río –dijo Pinocho mientras le crecía la nariz.
– ¿Dónde perdiste las monedas?
Gritó y gritó pero nadie le oyó, tan sólo el Hada Azul.
Así, con mentiras, los bandidos llevaron a Pinocho a un lugar lejos de la ciudad, le robaron las monedas y le ataron a un árbol.
–Voy a comprar un abrigo a mi padre con este dinero.

– ¡Oh, vamos! –exclamó el zorro que iba con el gato–. Eso es poco dinero para un buen abrigo. ¿No te gustaría tener más?

–Sí, pero ¿cómo? –contestó Pinocho.

–Es fácil –dijo el gato–. Si entierras tus monedas en el Campo de los Milagros crecerá una planta que te dará dinero.

– ¿Y dónde está ese campo?
... (ver texto completo)
– ¡Vaya, vaya! ¿Dónde vas tan deprisa, jovencito? –dijo un gato muy mentiroso que se encontró en el camino
Pinocho siguió muy contento hacia el cole, cuando de pronto:
–Pues entonces, toma estas monedas por lo bien que has bailado –le dijo un señor
–No porque tengo que ir al colegio.
– ¿Quieres formar parte de nuestro teatro? –le dijo el dueño del teatro al acabar la función.
– ¡Bravo, bravo! –gritaba la gente al ver a Pinocho bailar sin hilos.
Era un teatro de muñecos como él y se puso tan contento que bailó con ellos. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no tenían vida y bailaban movidos por unos hilos que llevaban atados a las manos y los pies.
– ¡Entren, señores y señoras! ¡Vean nuestro teatro de títeres!
De camino, pasó por la plaza del pueblo y oyó:
–Ya sé, estudiaré mucho para tener un buen trabajo y ganar dinero, y con ese dinero compraré un buen abrigo a Gepeto.
Salía Pinocho con los libros en la mano para ir al colegio y pensaba:
Gepeto pensó que aunque su hijo era de madera tenía que ir al colegio. Pero no tenía dinero, así que decidió vender su abrigo para comprar los libros.
– ¡Parece que estoy soñando! ¡Por fin tengo un hijo!
–Soy yo, Pinocho. ¿Es que ya no me conoces?
– ¡Eh! ¿Quién habla? –gritó Gepeto mirando a todas partes.
– ¡Hola, padre! –saludó Pinocho.
– ¡Qué bien me ha quedado! –exclamó–. Lástima que no tenga vida. Cómo me gustaría que mi Pinocho fuese un niño de verdad. Tanto lo deseaba que un hada fue hasta allí y con su varita dio vida al muñeco.
Pinocho

Hace mucho tiempo, un carpintero llamado Gepeto, como se sentía muy solo, cogió de su taller un trozo de madera y construyó un muñeco llamado Pinocho.
Habían ganado, y como regalo para los ganadores, les dieron a Piluca una caja de fuegos artificiales, y ella se puso muy contenta, y les prometió que volvería el año siguiente.
— ¡Vamos segundos! —dijo Piluca, cuando salieron lanzados al exterior. Realizando un último esfuerzo, el kart adelantó a la muñeca de porcelana y cruzó la línea de llegada.
Una vez dentro del túnel, Piluca y el kart se pusieron a reír y a reír, tan fuerte, que cuando llegaron al final el túnel se estremecía con sus carcajadas.
— ¡Vamos a perder la carrera! —gritó Piluca. Pero el kart atravesó un puente a toda velocidad y dobló a la izquierda hacia un túnel donde había una señal en donde podía leerse: Atajo por el Túnel de la Risa.
Entonces el coche de la ardilla tuvo una avería y la muñeca de porcelana se colocó en cabeza.
— ¡Brum! ¡Brum! Bajaron por la calle principal a todo gas, entre una gran muchedumbre que les aclamaba.
Piluca y el kart se colocaron junto a una ardilla con un gracioso sombrero que limpiaba sus gafas de conducir con un pañuelo. Un soldado de juguete agitó una bandera y salieron disparados.
En esto Piluca vio una muñeca de porcelana sentada en un flamante coche amarillo y a un payaso poniendo en marcha su propio coche. — ¡Mira, kart, va a haber una carrera!
Por todas partes veía Piluca banderas, banderines y linternas mágicas. Cientos de juguetes bordeaban la calles agitando unas bengalas.
Cuando se acercaban al Pueblo de los Fuegos Artificiales, el cielo empezó a oscurecer y de pronto sonó ¡Pum! ¡Bang!, y un enorme cohete estalló, y dejó una estela de estrellas plateadas.
Y para allá se fueron.
—Vamos allí.
Entonces Piluca vio un cartel que ponía: “Al Pueblo de los Fuegos Artificiales”, y dijo:
— De acuerdo —dijo el kart—. Pero apresúrate.
—Quiero coger una fruta —dijo Piluca.
Piluca echó un vistazo a su alrededor. Todos los árboles eran rosas y azules, y de sus ramas pendían unos frutos de brillante colorido.
El kart hizo sonar su bocina y se abrio una puerta en el pajar. Piluca y el kart entraron por la puerta y se introdujeron en el.
— No soy un kart corriente, y este campo es mágico.
—iAsí aprenderas a no conducir tan deprisa! —exclamo el kart. —iUy kart que sabe hablar! —dijo Piluca pasmada.
Se detuvieron ante un inmenso pajar.
— ¡Para! iPara! — gritaba Piluca mientras se metian en un campo.
Así que, después del desayuno, se monto en el kart y partió a toda velocidad por la carretera. De pronto sucedio algo extrañisimo… El kart dejo la carretera y siguio por un sendero.
Piluca y el Car Mágico

El dia de su sexto cumpleaños, Piluca recibió como regalo un flamante y reluciente kart. —Me muero de ganas de darme una vuelta con el —dijo.