Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Que pena, este año no puedo estar en las Hogueras de San Juán.
A veces, cuando la noche era clara y brillaban las estrellas en el firmamento, volvía al árbol a escuchar su conversación con los espíritus. Pero nunca más pudo oír lo que decían.
Una noche, cuando los espíritus del árbol conversaban con las estrellas, el muchacho empezó a sentir añoranza de sus padres y de la vida en la aldea. Como los espíritus del árbol no le hacían el menor caso, pidió suavemente al árbol que se volviera a hacer pequeño, para poder bajar e irse a casa. De inmediato tuvo el suelo a su alcance, y un minuto después estaba junto a sus padres, que lo recibieron como quien ve a un fantasma, pues le creían muerto.
El muchacho nunca olvidó el tiempo que pasó ... (ver texto completo)
Entre las ramas, el muchacho perdió la noción del tiempo, pues estuvo allí durante meses, e incluso años, escuchando los espíritus del árbol. Por la noche, los espíritus hablaban con las estrellas del oscuro cielo. Los espíritus del árbol se expresaban mediante silbidos, y las estrellas, a su vez, respondían también con silbidos, contándole al árbol cuáles eran sus nombres y sus leyendas.
Muy pronto, el muchacho aprendió a entender ese lenguaje, y supo los nombres de las estrellas, además de la ... (ver texto completo)
Corrió hasta un árbol cercano y trepó por sus ramas.
-Protégeme, abuelo árbol –suplicó.
Y el árbol, que era también la casa de los espíritus, lo escuchó y lo ayudó. Mientras el muchacho trepaba por las ramas, el árbol creció y creció hasta que su copa quedó muy lejos del suelo, llegando tan alto que todos los demás árboles del bosque parecían una alfombra de musgo a sus pies.
- ¡Aaah! –gritó-. ¡Que me quemo!
Fue entonces cuando ocurrió algo extraño, muy extraño. Es posible que aquel fuera un pez mágico, o quizá los rescoldos del fuego estaban encantados; eso nadie lo sabe.
Pero unos sonidos misteriosos comenzaron a difundir su eco por el bosque. Parecía como si al tirar el pez por los aires, el muchacho hubiera despertado a una extraña fuerza que intentaba comunicarse con él.
Ya está –dijo cuando la piel empezó a cambiar de color por las llamas; pero su padre estaba tan absorto pescando, que le respondió que esperase.
- ¡Ven, corre! –gritó de nuevo el muchacho- ¡Se está quemando!
Pero el padre no le prestó atención. Estaba tratando de pescar otro gran pez, y tenía toda la atención puesta en su tarea, como sólo lo hacen los pescadores de vocación.
El muchacho decidió entonces hacerse cargo de la situación y sacar el pescado del fuego. Lo hizo, pero estaba tan caliente ... (ver texto completo)
El padre continuó pescando, mientras el muchacho miraba como se asaba la gran raya que había pescado.
Cuento Birria
El pez mágico

Había una vez un indio que llevó a pescar a su hijo, el cual sacó de las aguas un enorme pez. Cuando lo vio, el muchacho sintió un hambre voraz y le pidió a su padre que lo cocinase. El hombre quería seguir pescando, pero hizo un fuego y puso el pescado sobre las llamas, para que se asara.
-Tú mira el pescado, y avísame cuando se dore –dijo-. Yo vendré a sacarlo del fuego y nos lo comeremos.
El patito se introdujo incrédulo en el agua transparente y lo que vio le dejó maravillado. ¡Durante el largo invierno se había transformado en un precioso cisne!. Aquel patito feo y desgarbado era ahora el cisne más blanco y elegante de todos cuantos había en el estanque.
Así fue como el patito feo se unió a los suyos y vivió feliz para siempre.
- ¡No os burléis de mí!. Ya sé que soy feo y desgarbado, pero no deberíais reír por eso...
- Mira tu reflejo en el estanque -le dijeron ellos- y verás cómo no te mentimos.
- ¡Claro que sí, eres uno de los nuestros!
A lo que el patito respondió:
Al fin llegó la primavera y el patito pasó por un estanque donde encontró las aves más bellas que jamás había visto hasta entonces. Eran elegantes, gráciles y se movían con tanta distinción que se sintió totalmente acomplejado porque él era muy torpe. De todas formas, como no tenía nada que perder se acercó a ellas y les preguntó si podía bañarse también.
Los cisnes, pues eran cisnes las aves que el patito vio en el estanque, le respondieron:
Así llegó a otra granja, donde una vieja le recogió y el patito feo creyó que había encontrado un sitio donde por fin le querrían y cuidarían, pero se equivocó también, porque la vieja era mala y sólo quería que el pobre patito le sirviera de primer plato. También se fue de aquí corriendo.
Llegó el invierno y el patito feo casi se muere de hambre pues tuvo que buscar comida entre el hielo y la nieve y tuvo que huir de cazadores que pretendían dispararle.
Pasaron los días y su aspecto no mejoraba, al contrario, empeoraba, pues crecía muy rápido y era flacucho y desgarbado, además de bastante torpe el pobrecito.
Sus hermanos le jugaban pesadas bromas y se reían constantemente de él llamándole feo y torpe.
El patito decidió que debía buscar un lugar donde pudiese encontrar amigos que de verdad le quisieran a pesar de su desastroso aspecto y una mañana muy temprano, antes de que se levantase el granjero, huyó por un agujero del cercado.
El patito se quedó tristísimo porque se empezó a dar cuenta de que allí no le querían...
La Señora Pata se moría de vergüenza por haber tenido un patito tan feísimo y le apartó con el ala mientras prestaba atención a los otros seis.
Todos concentraron su atención en el huevo que permanecía intacto, incluso los patitos recién nacidos, esperando ver algún signo de movimiento.
Al poco, el huevo comenzó a romperse y de él salió un sonriente pato, más grande que sus hermanos, pero ¡oh, sorpresa!, muchísimo más feo y desgarbado que los otros seis...
Uno a uno fueron saliendo hasta seis preciosos patitos, cada uno acompañado por los gritos de alborozo de la Señora Pata y de sus amigas. Tan contentas estaban que tardaron un poco en darse cuenta de que un huevo, el más grande de los siete, aún no se había abierto.
El patito feo

Como cada verano, a la Señora Pata le dio por empollar y todas sus amigas del corral estaban deseosas de ver a sus patitos, que siempre eran los más guapos de todos.
Llegó el día en que los patitos comenzaron a abrir los huevos poco a poco y todos se congregaron ante el nido para verles por primera vez.
El médico, en cambio, vivió en paz hasta que la muerte se colocó en la cabecera de su cama.
Aquellos fanfarrones, naturalmente, se echaron a reír. Pero la risa se convirtió muy pronto en llanto, porque el mocetón que se había fingido enfermo murió pocas horas después.
Uno de los habitantes, sin embargo, un mocetón sano y robusto, se metió en la cama fingiendo estar enfermo y al borde de la muerte. Mandó llamar al famoso médico.
Cuando el médico llegó, miró a su alrededor y vio a la muerte en la cabecera de la cama.
-No hay nada que hacer –dijo y regresó de inmediato a su casa.
El joven volvió a su pueblo, a casa de su madre, con todo aquel tesoro.
Allí, sin embargo, nadie quería creer en su fama.
- ¿Qué ese pordiosero ha curado a la princesa? ¡Vaya médico! –decía la gente corroída por la envidia.
Todos pensaban que el pobre infeliz se había vuelto loco.
Dos días después, la princesa había sanado y el rey, como señal de gratitud, compensó al prodigioso médico con oro y piedras preciosas.
El joven se hizo médico. Por esos días, la hija del rey enfermó gravemente y la muerte envió al joven médico para que fuese a verla. Cuando el joven entró en la habitación de la princesa, vio que la muerte estaba a los pies de la cama.
-La princesa sanará –dijo enseguida el médico y le recetó un caldo de coles
Recorrieron juntos una buena parte del camino hasta que la Muerte le dijo al joven:
-Escúchame bien: quiero hacer de ti un médico. Cuando te llamen para atender a algún enfermo, iré contigo y debes prestar atención al lugar en el que yo me sitúe. Si me sitúo junto a la cabecera de la cama, quiere decir que el enfermo morirá y no debes recetarle ninguna medicina. Si me coloco, en cambio, a los pies de la cama, significa que el enfermo sanará y tú puedes recetarle lo que quieras.
Recorrido otro trecho del camino, el joven se encontró con un tercer viandante. Y también éste le preguntó:
- ¿Adónde vas, jovencito?
-Estoy buscando un amo y un trabajo para poder mantener a mi madre anciana.
- ¿No vendrías conmigo?
- ¿Y tú quién eres?
-Soy la muerte.
-Entonces me voy contigo –respondió el joven-, tarde o temprano todos deben irse contigo.
El joven siguió su camino y al rato se encontró con la luna.
- ¿Adónde vas, jovencito?
-Estoy buscando un amo y un trabajo para poder mantener a mi madre anciana.
- ¿No quieres venir conmigo?
- No, no quiero.
EL MÉDICO Y LA MUERTE

Una pobre mujer tenía sólo un hijo. Cuando éste se hizo adolescente, salió por el mundo en busca de un amo y de un trabajo para poder mantener a su anciana madre. Recién salido de su pueblo natal, se encontró con el sol.
Y todos volvieron a su casa convencidos de que el mercader se había vuelto completamente loco.
- ¿Nadie? ¿En ningún sitio? ¿Nada? –se sorprendió la gentes-, ¿y entonces por qué te quejas tanto?
Y el mercader respondía:
- ¡Nadie-en ningún sitio-nada!
La gente acudía de todas partes y le preguntaba:
- ¿Quién te ha robado? ¿Dónde te han robado? ¿Qué te han robado?
- ¡Socorro! ¡Al ladrón! ¡Me han robado!
El mercader, al regresar, ya no encontró ni a la muchacha ni el cofre del tesoro. Enseguida entendió lo que había ocurrido, salió a la calle y se puso a gritar a voz en cuello:
La hija del leñador trabajó en la casa del mercader un día; trabajó otro día, sin dejar de observar todos los rincones. AL tercer día, el mercader tuvo que salir. Ella cogió el cofre lleno de oro y se lo llevó corriendo a su padre.
Y sin perder tiempo, se dirigió a casa del mercader.
- ¿Qué quieres?
-Querría trabajar para usted, señor.
-De acuerdo, me hace falta una criada. ¿Y cómo te llamas?
-Nadie-en ningún sitio-nada.
-Qué nombre tan extraño –dijo el mercader, pero la puso a su servicio.
El pobre desdichado volvió a su casa y se sentó a la mesa suspirando.
- ¿Qué te ha ocurrido, papá? –le preguntó su única hija.
El leñador le contó todo y la muchacha, después de escucharlo con mucha atención, le dijo:
-No te preocupes, papá. Ya verás que yo misma traeré a casa ese cofre.
- ¡Ah, ahora sé por qué! ¿De dónde has sacado esto, ladrón?
Y después de pronunciar estas palabras, el mercader cogió el cofre y se marchó, indiferente a los llantos y lamentos del leñador.
El mercader, curioso, hurgó entre las ramas secas y encontró el cofre lleno de monedas de oro.
EL LEÑADOR Y SU HIJA ASTUTA

Había una vez un leñador que iba al bosque a arrancar cepas de árboles. Un día, mientras se dedicaba a desenterrar una, sintió entre sus raíces algo duro. Era un cofrecito de hierro lleno de monedas de oro. El leñador no cabía en sí de contento. Puso el cofre en su carrito, lo cubrió con ramas secas y se dirigió a su casa. Con todo aquel oro, quién sabe cuántas cosas hermosas podría comprar.

Al llegar a la ciudad, se encontró con un rico mercader, que le dijo:
-Querría ... (ver texto completo)
Pero los habitantes se habían salvado. Y cuando comprendieron lo que el viejo había hecho, le rodearon de honores y cuidados, ya que gracias a su presencia de espíritu, les había salvado del maremoto.
Unos momentos de espera… los corazones latían… y la muralla de agua rodó hacia la tierra y se abatió sobre la playa rompiéndose como un ruido espantoso contra la montaña. Una ola tras otra… no se veía más que agua; el pueblo había desaparecido
Todos se volvieron y miraron. Y en el lugar donde el gran mar azul se extendía tranquilo unas horas antes, se levantaba ahora una espantosa muralla de agua desde la tierra hasta el cielo. No se oyó un solo grito. Aquella visión era terrible.
El viejo se volvió, y extendió la mano hacia el horizonte.
-Mirad hacia allí –dijo.
- ¿Quién ha hecho esto? ¿Cómo ha sucedido?
-He sido yo quien lo ha incendiado –respondió el viejo gravemente.
Yone sollozó:
-El abuelo lo ha incendiado.
Cuando se acercaron a ellos amenazándoles con sus puños y gritando:
- ¿Por qué, por qué?
- ¡Oh, abuelo! –exclamó-. ¿Qué hace?
- ¡Deprisa, deprisa, echa el tuyo! ¡Prende fuego!
Yone creyó que su abuelo se había vuelto loco y se puso a llorar; pero un niño japonés obedece siempre, de manera que, aún llorando, lanzó su antorcha en medio de las espigas, y una llama roja subió sobre los rastrojos, secos y apretados. El humo negro se elevaba hasta el cielo. La llama se extendía devorando la preciosa cosecha.
Desde abajo, el pueblo vio aquel espectáculo y lanzó un grito de horror.
... (ver texto completo)
- ¡Yone! ¡Yone! –gritó-. Coge un tizón de fuego y tráelo aquí.
El pequeño Yone no comprendió para qué necesitaba fuego su abuelo, pero como tenía la costumbre de obedecer, llegó corriendo con un tizón. El viejo, que ya había cogido otro, corría hacia el arrozal más próximo. Yone le seguía extrañado. Pero, cuál no fue su espanto, al ver a su abuelo lanzar el tizón encendido en el campo de arroz.
Un día, el arroz estaba casi maduro y las hermosas espigas amarillas se mecían al sol, el abuelo estaba de pie ante la casa y miraba a lo lejos cuando, de pronto, vio algo muy extraño en el horizonte. Una especie de gran nube se levantó allí, como si el mar se hubiera subido hacia el cielo. El viejo se protegió la vista con sus manos y miró más fijamente; en seguida entró en la casa.