Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Poco después, vi bajo un árbol a una liebre que me hacía muecas. Cogí la escopeta que llevaba al hombro, apunté, y me di cuenta de que no la había cargado. Peor aún, ni siquiera me quedaba un cartucho. Busqué en mis bolsillos: ni asomo de balas. Apenas un viejo clavo oxidado. Sin vacilar un instante, cargué la escopeta con ese clavo, apunté, disparé, y le di a la liebre con el clavo en una oreja. Ya tenía tres liebres.
MARTÍN EL ZORRO

¿Queréis saber por qué me llamo Martín el Zorro? Os lo contaré. Ante todo, tenéis que saber que me encanta salir de caza. Justamente salí hace muy poco tiempo y de repente, en medio del campo, vi a dos liebres corriendo y a mi perro que las perseguía. ¿Qué hacer? De pronto se me ocurrió una idea. Cogí mi cuchillo, lo clavé en el suelo por el lado del mango y esperé. Todo ocurrió tal como había imaginado. Cuando llegaron junto al cuchillo, una liebre escapó hacia un lado y la ... (ver texto completo)
Escapó de allí dando unos terribles aullidos que se oyeron en todo el bosque. Se cuenta que nunca jamás quiso comer cerdito.
Los tres se metieron dentro y cerraron bien todas las puertas y ventanas. El lobo se puso a dar vueltas a la casa, buscando algún sitio por el que entrar. Con una escalera larguísima trepó hasta el tejado, para colarse por la chimenea. Pero el cerdito mayor puso al fuego una olla con agua. El lobo comilón descendió por el interior de la chimenea, pero cayó sobre el agua hirviendo y se escaldó.
Casi sin aliento, con el lobo pegado a sus talones, llegaron a la casa del hermano mayor.
El lobo persiguió también al cerdito por el bosque, que corrió a refugiarse en casa de su hermano mediano. Pero el lobo sopló y sopló y la casita de madera derribó. Los dos cerditos salieron pitando de allí.
El mayor trabajaba en su casa de ladrillo.
- Ya veréis lo que hace el lobo con vuestras casas- riñó a sus hermanos mientras éstos se lo pasaban en grande.
El lobo salió detrás del cerdito pequeño y él corrió hasta su casita de paja, pero el lobo sopló y sopló y la casita de paja derrumbó.
El mediano construyó una casita de madera. Al ver que su hermano pequeño había terminado ya, se dio prisa para irse a jugar con él.
Los tres cerditos

En el corazón del bosque vivían tres cerditos que eran hermanos. El lobo siempre andaba persiguiéndoles para comérselos. Para escapar del lobo, los cerditos decidieron hacerse una casa. El pequeño la hizo de paja, para acabar antes y poder irse a jugar
No sé cómo se las componían para que no escapasen; quizá les atasen las patas, o quizá las alas, o quizá los llevaran en jaulas doradas o plateadas… No sé, no sé…
Lo cierto y muy cierto es que los gansos del Capitolio salvaron a Roma.
El primero en oírlos fue el defensor Manlio. Levantarse, coger su espada y salir como un rayo fue obra de un momento. Los galos ya escalaban el fuerte. Se abalanza sobre ellos con tremendos gritos mientras se reúnen rápidamente los demás defensores.
La lucha fue encarnizada, pero al fin los galos tuvieron que retirarse, dejando libre no solo el Capitolio, sino la ciudad entera. Los romanos quedaron agradecidísimos a los gansos del Capitolio y por eso durante mucho tiempo, cuando llegaba el aniversario ... (ver texto completo)
Los asaltantes se daban las manos para guiarse unos a otros; no levantaban un pie del suelo que no tuviesen el otro muy firme en él; que no crujiese ramita alguna, que no rodase un pedrusco, ale, ale… El silencio era absoluto, la oscuridad total; ya habían burlado la vigilancia de los perros; ya dejaban atrás a los centinelas…
Pero los gansos del Capitolio habían ayunado y la tripa vacía no es amiga de un sueño profundo; algo debieron de oír cuando arrancaron a chillar como endemoniados
Así fue que una noche, oscura como la boca de lobo, los galos creyeron que había llegado el momento. Los defensores del fuerte dormían sin duda alguna, los centinelas eran pocos y muy separados unos de otros; los perros, si no oían nada, permanecerían callados y quietos; ni un rayo de luna podría descubrirlos porque era tiempo de luna nueva. Así pues los galos se las prometían muy felices. Emprendieron la subida de la colina en el más profundo silencio, confiando coger a los defensores por sorpresa
Algo más allá del templo había una torre fortificada donde se habían acogido los senadores de Roma y mil jóvenes, los más valientes de la ciudad, que junto con algunos soldados se defendían tras las murallas que rodeaban el Capitolio; y lo hacían con tanto valor, que los galos, viendo que no podrían vencerlos, decidieron apoderarse de la colina por sorpresa
Sabréis que una vez Roma fue atacada por los galos (gentes que vivían en las Galias, el país que hoy se llama Francia) y estos galos llevaban tanto empuje que ya se habían apoderado de casi toda la ciudad, menos de una pequeña colina situada en el centro y que se llamaba Capitolina, porque en ella estaba el Capitolio, que era un templo dedicado a Júpiter, el dios principal de los roma nos, a Juno, su esposa y a su hija Minerva.
En este templo se criaban algunos gansos que se iban sacrificando en ... (ver texto completo)
Lo que voy a contaros no es un cuento inventado ni muchísimo menos, sino una historia que ocurrió de verdad.
Sabréis que durante años, infinidad de años, centenares de años, o sea siglos, la ciudad de Roma fue reina y señora de todo el mundo conocido; quiero decir que Roma era la que mandaba y ordenaba y todos los demás pueblos tenían que obedecer. Pero no creáis que este enorme poder Roma lo hubiese obtenido sin esfuerzo; al contrario, mucha sangre y muchas guerras le había costado. En una de ... (ver texto completo)
El Niño Jesús pensó un momento. Luego tocó el árbol con su dedo y he aquí que todas las telarañas empezaron a resplandecer como si fueran de oro. ¡Brillaban y rebrillaban entre las ramas; y los largos hilos dorados lo cubrían todo! ¡Qué maravilloso era!

Desde entonces siempre se colocan hilos dorados en el árbol de Navidad.
Por todas partes donde las arañas habían pasado, habían dejado sus largos hilos de seda. ¡Y ya os he dicho que habían pasado por todas partes… !
¡Era una cosa muy rara ver toda aquella maraña de hilo gris cubriendo el árbol!
¿Qué haría el Niño? Él sabía que a las mamás no les gustan nada las telarañas. No, de ninguna manera. ¡Un árbol de Navidad cubierto de telarañas! ¡Imposible!
Y como la Nochebuena estaba ya muy avanzada, el Niño Jesús bajó para bendecir el árbol y todas las cosas bonitas que lo adornaban. Pero cuando llegó allí ¡a que no adivináis lo que halló! ¡Telarañas!
Y entonces treparon quedito, quedito, de rama en rama, hasta llegar a lo más alto ¡Trepaban y miraban! ¡Estaban tan contentas y encontraban el árbol tan bonito! Arriba, abajo, en la punta de las ramas, en el tronco, en las velas, en los juguetes, quedito, quedito pasaban…
Estuvieron allí hasta que lo hubieron visto todo; y entonces se volvieron al sótano tan contentas, tan contentas…
Por la noche, cuando todos dormían, las dejó llegar al gran salón. Las arañas fueron bajando de la buhardilla quedito, quedito; quedito, quedito, fueron subiendo de los sótanos; con sumo cuidado se deslizaron por debajo de la puerta y se encontraron en el gran salón. Estaban todas: las mamás-arañas y los papás-arañas, las abuelas-arañas y los abuelos-arañas, hasta las arañas pequeñas, hasta las arañas-bebés. Corrieron por el suelo con sus ocho patitas y llegaron al pie del árbol.
Así, pues, se acercaron al Niño Jesús y le dijeron: “Querido Niño, todo el mundo en la casa ha visto el árbol de Navidad y mañana lo verán hasta los pequeños. Pero a nosotras no nos dejarán entrar y no lo podremos ver ni por asomo. Tú sabes bien que nosotras somos muy caseras, que no salimos nunca, que nos gustan las cosas bonitas…, pero ahora han hecho limpieza… y ¡nos han echado! No podremos ver el árbol; no lo podremos ver.”
El Niño se compadeció de las pobrecitas arañas y les dio permiso para ... (ver texto completo)
A las arañas les gustaba mucho saber todo lo que pasa y ver todo lo que hay que ver; así es que estaban muy enfadadas. Al fin pensaron: “ ¿Y si se lo contáramos al Niño? Quizás Él lo arreglaría
El gatito también lo había visto con sus grandes ojos verdes; le había dado la vuelta mirándolo por todas partes. También lo había visto el perro guardián con sus ojos cariñosos; el canario amarillo lo había contemplado con los ojillos negros antes de dormirse en un rincón de su jaula. Hasta los ratoncillos grises, a pesar del tremendo miedo que les daba el gato, se habían atrevido a echar un vistazo al árbol en un momento en que no había nadie.
Pero no todos habían tenido tanta suerte; alguien ... (ver texto completo)
La visita de las arañas

Ahora voy a contaros algo que le ocurrió a un árbol de Navidad hace mucho, muchísimo tiempo, tanto, tanto, que ya se me ha olvidado cuánto.
Era vigilia de Navidad, el día de Nochebuena ¿sabéis? El árbol estaba bien adornado con sus velas, sus bolas brillantes, sus naranjas alegres, sus manzanas rojas, sus nueces doradas y muchos, muchos juguetes. Era de verdad un árbol muy hermoso.
Estaba solitario en el gran salón con las puertas bien cerradas para que los niños no ... (ver texto completo)
Al fin llegaron a casa de Cenicienta, y claro está que sus hermanastras no pudieron calzar el zapato, pero cuando se lo puso Cenicienta vieron con estupor que le estaba perfecto.
Y así sucedió que el Príncipe se casó con la joven y vivieron muy felices.
Como una exhalación atravesó el salón y bajó la escalinata perdiendo en su huída un zapato, que el Rey recogió asombrado.
Para encontrar a la bella joven, el Rey ideó un plan. Se casaría con aquella que pudiera calzarse el zapato. Envió a sus heraldos a recorrer todo el Reino. Las doncellas se lo probaban en vano, pues no había ni una a quien le fuera bien el zapatito.
La llegada de Cenicienta al Palacio causó honda admiración. Al entrar en la sala de baile, el Rey quedó tan prendado de su belleza que bailó con ella toda la noche. Sus hermanastras no la reconocieron y se preguntaban quién sería aquella joven.
En medio de tanta felicidad Cenicienta oyó sonar en el reloj de Palacio las doce.
- ¡Oh, Dios mío! ¡Tengo que irme! -exclamó-.
- No te preocupes -exclamó el Hada-. Tu también podrás ir al baile, pero con una condición, que cuando el reloj de Palacio dé las doce campanadas tendrás que regresar sin falta. Y tocándola con su varita mágica la transformó en una maravillosa joven.
Un día el Rey de aquel país anunció que iba a dar una gran fiesta a la que invitaba a todas las jóvenes casaderas del reino.
- Tú Cenicienta, no irás -dijo la madrastra-. Te quedarás en casa fregando el suelo y preparando la cena para cuando volvamos.
Llegó el día del baile y Cenicienta apesadumbrada vio partir a sus hermanastras hacia el Palacio Real. Cuando se encontró sola en la cocina no pudo reprimir sus sollozos.
- ¿Por qué seré tan desgraciada? -exclamó-. De pronto se le apareció su Hada ... (ver texto completo)
La Cenicienta

Hubo una vez una joven muy bella que no tenía padres, sino madrastra, una viuda impertinente con dos hijas a cual más fea. Era ella quien hacía los trabajos más duros de la casa y como sus vestidos estaban siempre tan manchados de ceniza, todos la llamaban Cenicienta.
Hansel y Gretel

llá a lo lejos, en una choza próxima al bosque vivía un leñador con su esposa y sus dos hijos: Hansel y Gretel. El hombre era muy pobre. Tanto, que aún en las épocas en que ganaba más dinero apenas si alcanzaba para comer. Pero un buen día no les quedó ni una moneda para comprar comida ni un poquito de harina para hacer pan. "Nuestros hijos morirán de hambre", se lamentó el pobre esa noche. "Solo hay un remedio -dijo la mamá llorando-. Tenemos que dejarlos en el bosque, cerca del ... (ver texto completo)
buen fin de semana.
Hangu volvió triste a su casa y esta vez, francamente, no pensaba: “Es un verdadero placer trabajar con ayudantes como éstos”.
Y entonces llegaron al campo cien mil ecos y comenzaron a arrancar espigas y a masticar granos y, antes de que a Hangu le diese tiempo de mesarse los cabellos, se habían comido todo el trigo.
- ¿Quién anda ahí? –gritó el rey d elos ecos.
-Soy yo, Hangu.
- ¿Y qué estás haciendo?
-He arrancado un par de espigas y mastico los granos para ver si están maduros.
. Estupendo, te quiero ayudar.
Un tiempo después, Hangu se dijo que era hora de ir a ver si había madurado el trigo. Fue al campo, arrancó un par de espigas y masticó los granos para comprobar si estaban maduros.
Diez mil ecos volaron de aquí para allá y espantaron a todos los pájaros.
Y una vez más Hangu se alegró pensando: “Es un verdadero placer trabajar con ayudantes como éstos”
- ¿Quién anda ahí?
-Soy yo, Hangu.
- ¿Y qué estás haciendo?
-Espanto a los pájaros, para que no me picoteen el trigo.
-Muy bien, te quiero ayudar.
“Francamente es un verdadero placer trabajar con ayudantes como éstos”, pensaba Hangu durante el camino de regreso.
Creció el trigo y Hangu fue al campo decidido a espantar a los pájaros para que no se lo picoteasen. Acababa de llegar cuando la voz del rey de los ecos de nuevo gritó:
- ¿Quién anda ahí?
-Soy yo, Hangu.
- ¿Y qué estás haciendo?
-Arranco los hierbajos.
-Muy bien, quiero ayudarte.
Mil ecos se entregaron entonces al trabajo y, antes de que Hangu acabase de recorrer con la mirada el terreno, estaban arrancados todos.
Muy pronto, las semillas comenzaron a germinar y Hangu fue al campo para arrancar los hierbajos. Recién iniciado el trabajo, de nuevo resonó la voz del rey de los ecos
En un instante, el terreno quedó sembrado.
“Es un verdadero placer trabajar con ayudantes como éstos”, pensó Hangu muy contento y volvió a casa..
- ¿Quién anda ahí?
-Soy yo, Hangu.
- ¿Y qué estás haciendo?
-Esparzo las semillas en la tierra.
-Muy bien, quiero ayudarte –dijo el rey y envió en su ayuda a novecientos ecos.
Llegó la estación de las lluvias y Hangu, con una olla llena de semillas, se dispuso a sembrar su terreno. Pero en cuanto comenzó a sembrar oyó de nuevo la voz del rey de los ecos:
Los ecos se pusieron a trabajar con ahínco y, poco después de los rastrojos sólo quedaba un montón de cenizas y el terreno estaba bien abonado.
“Es un verdadero placer trabajar con ayudantes como éstos”, pensó Hangu muy contento y volvió a casa.
- ¿Quién anda ahí?
Era otra vez el rey de los ecos.
-Soy yo, Hangu.
- ¿Y qué estás haciendo?
-Quemo los rastrojos: con las cenizas abonaré el terreno.
-Muy bien, quiero ayudarte –dijo el rey y envió a trescientos ecos para que ayudasen a Hangu.
Más tarde, cuando los rastrojos se secaron por completo, Hangu se dirigió de nuevo al bosque para quemarlos y abonar el terreno con las cenizas. Acababa de encender el fuego cuando resonó una voz:
- ¿Quién anda ahí?
Era la voz del rey de los ecos.
-Soy yo, Hangu.
- ¿Y qué estás haciendo?
-Quiero quitar las malezas.
-Muy bien, te ayudaré –dijo el rey y ordenó a cien de sus súbditos, los ecos, que acudiesen a ayudar a Hangu.
EL REY DE LOS ECOS

Un hombre llamado Hangu se fue al bosque con la intención de limpiar de malezas una parte del terreno y poder sembrar en él. Apenas comenzado su trabajo, resonó una voz salida de la espesura: