Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Todas las mañanas y todas las noches, el viejo y su nietecito que vivía con él, miraban el ir y venir de la gente en la estrecha calle del pueblo y alrededor de sus casitas. Al pequeño le gustaban los arrozales porque sabía que ellos procuraban el alimento, y estaba siempre dispuesto para ayudar a su abuelo a abrir o cerrar los canales de riego y para cazar los pájaros ladrones en el tiempo de la cosecha.
Había una vez un viejo muy sabio, que vivía en lo alto de una montaña, allá en el Japón. Alrededor de su casa, la tierra era llana y fértil y toda cubierta de arrozales. Estos arrozales pertenecían a la gente de un pueblecito situado más abajo, entre la alta montaña y el gran mar azul. La playa era tan estrecha que apenas había sitio bastante para las casas, por cuya razón los campesinos habían hecho sus arrozales en la montaña, donde fluían numerosas fuentes.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Las gentes del pueblo, pensando que se había querido burlar de ellas, le midieron las costillas con palos y varas, y salió tan magullado que todavía hoy lo andan curando.
Así que el viejo, furioso, la emprendió a golpes y patadas con el saco gritándole que cantase, pero sucedió que, al sentir los golpes, el gato y el perro se enfurecieron y empezaron a maullar y ladrar. Cuando el viejo abrió el saco para ver qué era lo que pasaba, el perro y el gato saltaron fuera del saco. El perro le dio tal mordisco en las narices que se las arrancó y el gato le llenó la cara de arañazos.
Y el saco no cantó
- ¡Canta, saco, o te doy un sopapo!
-Canta, saco, o te doy un sopapo.
Mas hete aquí que el saco no cantaba, y el viejo insistió:
-Canta, saco, o te doy un sopapo.
El saco seguía sin cantar y la gente ya empezaba a reírse de él y también a amenazarlo.
Por tercera vez insistió el viejo, que estaba más que escamado y pensaba en el buen escarmiento que le daría a la cojita si ésta no abría la boca:
Al poco rato volvió el viejo, que comió y bebió y después se acostó. Al día siguiente, el viejo se levantó, tomó su limosna y salió camino de otro pueblo.
Cuando llegó, reunió a la gente y anunció como de costumbre que llevaba consigo un saco que cantaba y, lo mismo que otras veces, se formó un corro de gente, recogió algunas monedas y dijo:
Así que oyeron en la casa la voz de la niña, corrieron a llamar a sus hermanas. Cuando éstas llegaron y reconocieron la voz, le dijeron al viejo que ellas le daban posada aquella noche en la casa de sus padres. El viejo, viendo la oportunidad de cenar de balde y dormir en cama, se fue con ellas.
Con que llegó el viejo a la casa y le pusieron la cena, pero no había vino en la casa, así que le dijeron:
-Ahí al lado hay una taberna donde venden buen vino; si usted nos hace el favor, vaya a comprar ... (ver texto completo)
Por un anillo de oro
que en la fuente me dejé
estoy metida en el saco
y en el saco moriré.
-Canta, saco, o te doy un sopapo.
Y la niña cantó:
En esto que el viejo llegó con su carga a una casa donde era conocida la niña, aunque él no lo sabía; y, como de costumbre, posó el saco en el suelo delante de la concurrencia y dijo:
Y el saco que cantaba era la admiración de las gentes, que echaban monedas al viejo y le daban comida.
Cuando yo te diga: “Canta, saco, o te doy un sopapo”, tienes que cantar dentro del saco.
Y ella contestó que bueno, que así lo haría.
Fueron de pueblo en pueblo y allí donde iban el viejo reunía a los vecinos y decía:
-Canta, saco, o te doy un sopapo.
Y la niña cantaba desde el saco:
Con que la cojita se metió en el saco a buscarlo sin sospechar nada y el viejo, que era el hombre del saco, cerró el costal, se lo echó a la espalda con la niña dentro y se marchó camino adelante, pero en vez de ir hacia el pueblo de la niña, tomó otro camino y se marchó a un pueblo distinto. Iba el viejo de lugar en lugar buscándose la vida, así que por el camino le dijo a la niña:
- ¿Ha visto usted por aquí un anillo de oro?
Y le viejo le respondió:
-Sí, en el fondo de este costal está y ahí lo has de encontrar.
La cojita también huyó con ellas, pero por culpa de su cojera se fue retrasando; todavía corría para alcanzarlas cuando se acordó de que se había dejado el anillo en la fuente. Entonces miró para atrás y, como no veía al hombre del saco, volvió para recuperarlo; buscó la piedra, pero el anillo ya no estaba en ella. Empezó a mirar por aquí y por allá por ver si había caído en alguna parte. Entonces apareció junto a la fuente un viejo que la cojita no había visto nunca antes y al que preguntó:
Y allá se fueron todas. La cojita llevó además un cesto de ropa para lavar; al ponerse a lavar se quitó el anillo y lo dejó en una piedra. En esto que estaban alegremente jugando en torno a la fuente cuando, de pronto, vieron venir al hombre del saco y se dijeron unas a otras:
-Corramos, por Dios, que ahí viene el hombre del saco para llevársenos a todas –y huyeron a todo correr.
Pero la niña insistió tanto que al fin su madre le dijo:
-Bueno, pues anda, vete con ellas.
No, hija mía, no vaya a ser que venga el hombre del saco y, como eres cojita, te alcance y se te lleve.
Entonces la más pequeña de las hermanas, que era cojita, le preguntó a su madre si podía ir a la fuente con las demás; y le dijo la madre:
Era una fuente que quedaba a las afueras del pueblo.
EL HOMBRE DEL SACO

Había un matrimonio que tenía tres hijas y, como las tres eran muy buenas y trabajadoras, les regalaron un anillo de oro a cada una para que lo lucieran como una prenda. Un buen día, las tres hermanas se reunieron con sus amigas y, pensando qué hacer se dijeron unas a otras:
-Pues hoy vamos a ir a la fuente.
Y el adulto siguió caminando, mientras el joven lo seguía.
“Hay muchas historias sobre estas cosas, muchacho, quizá luego te cuente alguna otra.
“En la Tierra, todos los lugares donde ellos estuvieron son recordados por la presencia de alguna montaña, valle o río que fueron marcados por su paso.
“Pero, misteriosamente, un día, el Gran Sueño acabó. No conozco el motivo, pero ocurrió así. Los creadores habían terminado su trabajo y decidieron construir sus casas en el cielo.
“También hicieron las normas: las normas de conducta y de supervivencia. Como era durante el Gran Sueño, así es hoy.
El hombre interrumpió su relato por unos segundos y los ojos deslumbrados de su joven compañero le incitaron a reanudarlo:
-Mientras se movían por la Tierra, aquellos seres crearon todas las criaturas que hoy la pueblan. También crearon las montañas, los ríos y los mares. Ellos hicieron todas las cosas.
Tras pronunciar estas palabras, el adulto se sentó debajo de un gran alcornoque. Reflexionó durante algunos minutos, y de pronto empezó a hablar:
-El Gran Sueño –dijo. Dio un gran suspiro, y luego continuó-: Hace mucho de aquello, quizá más de cincuenta mil años. Pertenece al tiempo en que fue creado el mundo. Verás, mucho antes de aquello, la Tierra era plana y estaba muerta. No había montañas, ni luz, ni vida. No había nada. Todo estaba oscuro, silencioso e inmóvil. No había viento, nada se movía.
“Pero, ... (ver texto completo)
El hombre adulto no dejaba de mover las manos, enseñándole las diferentes cosas. Algunas veces se detenía y se agachaba para examinar la tierra junto a un nido de abejas, otras para excavar dentro de una cueva de iguanas. Y cada vez que hacía algo de esto, le indicaba al joven que debía recordarlo para hacerlo por sí mismo más adelante.
Para el muchacho se trataba de una aventura fascinante.
Mientras caminaban, el joven pensó en voz alta:
-Es como si estuviera viviendo un sueño.
- ¿Un sueño? ... (ver texto completo)
Eran momentos de gran felicidad para el joven. Le reconfortaba sentir el sol en la espalda y la brisa en el rostro. Le encantaba estar con aquel cazador experimentado de su tribu, que le enseñaba a seguir las huellas de los animales, distinguir entre las diferentes plantas, y, en general, a descubrir los secretos del bosque.
Cuento de Warlpiri
El gran sueño

Dos hombres, uno joven y otro adulto, habían estado caminando en silencio durante algún tiempo. El sol se elevaba lentamente por el este y la brisa acariciaba los árboles, mientras los pájaros cantaban en sus ramas.
Nada lograron y el flautista se los llevó lejos, muy lejos, tan lejos que nadie supo adónde, y los niños, al igual que los ratones, nunca jamás volvieron.
En la ciudad sólo quedaron sus opulentos habitantes y sus bien repletos graneros y bien provistas despensas, protegidas por sus sólidas murallas y un inmenso manto de silencio y tristeza.
Y esto fue lo que sucedió hace muchos, muchos años, en esta desierta y vacía ciudad de Hamelín, donde, por más que busquéis, nunca encontraréis ni un ratón ... (ver texto completo)
Furioso por la avaricia y la ingratitud de los hamelineses, el flautista, al igual que hiciera el día anterior, tocó una dulcísima melodía una y otra vez, insistentemente.
Pero esta vez no eran los ratones quienes le seguían, sino los niños de la ciudad quienes, arrebatados por aquel sonido maravilloso, iban tras los pasos del extraño músico.
Cogidos de la mano y sonrientes, formaban una gran hilera, sorda a los ruegos y gritos de sus padres que en vano, entre sollozos de desesperación, intentaban impedir que siguieran al flautista. ... (ver texto completo)
A la mañana siguiente, el flautista se presentó ante el Consejo y reclamó a los prohombres de la ciudad las cien monedas de oro prometidas como recompensa. Pero éstos, liberados ya de su problema y cegados por su avaricia, le contestaron: " ¡Vete de nuestra ciudad!, ¿o acaso crees que te pagaremos tanto oro por tan poca cosa como tocar la flauta?".
Y dicho esto, los orondos prohombres del Consejo de Hamelín le volvieron la espalda profiriendo grandes carcajadas.
Los hamelineses, al verse al fin libres de las voraces tropas de ratones, respiraron aliviados. Ya tranquilos y satisfechos, volvieron a sus prósperos negocios, y tan contentos estaban que organizaron una gran fiesta para celebrar el feliz desenlace, comiendo excelentes viandas y bailando hasta muy entrada la noche.
Y así, caminando y tocando, los llevó a un lugar muy lejano, tanto que desde allí ni siquiera se veían las murallas de la ciudad.
Por aquel lugar pasaba un caudaloso río donde, al intentar cruzarlo para seguir al flautista, todos los ratones perecieron ahogados.
Dicho esto, comenzó a pasear por las calles y, mientras paseaba, tocaba con su flauta una maravillosa melodía que encantaba a los ratones, quienes saliendo de sus escondrijos seguían embelesados los pasos del flautista que tocaba incansable su flauta.
Al poco se presentó ante ellos un flautista taciturno, alto y desgarbado, a quien nadie había visto antes, y les dijo: "La recompensa será mía. Esta noche no quedará ni un sólo ratón en Hamelín".
Ante la gravedad de la situación, los prohombres de la ciudad, que veían peligrar sus riquezas por la voracidad de los ratones, convocaron al Consejo y dijeron: "Daremos cien monedas de oro a quien nos libre de los ratones".
El flautista de Hamelín

Hace mucho, muchísimo tiempo, en la próspera ciudad de Hamelín, sucedió algo muy extraño: una mañana, cuando sus gordos y satisfechos habitantes salieron de sus casas, encontraron las calles invadidas por miles de ratones que merodeaban por todas partes, devorando, insaciables, el grano de sus repletos graneros y la comida de sus bien provistas despensas.
Nadie acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era aún peor, nadie sabía qué hacer para acabar ... (ver texto completo)
El espejo de Casiopea

Hace muchos años, cuando vivía la madrastra de Blanca Nieves, había otra reina de un país lejanísimo, que se llamaba Casiopea.
Era muy guapa esta reina, tan guapa, que no hacía más que mirarse al espejo, como la madrastra de Blancanieves, y preguntarle:
-Espejito mágico, ¿hay otra reina tan guapa como yo, sí o no?
En esta ciudad, me recibió una multitud inmensa: todos querían ver cómo hacía correr al lobo enganchado a mi trineo. Me recibieron con tales manifestaciones de júbilo que el zar en persona sintió una gran envidia ante mi destreza.
“ ¿Qué hacer? Podría haber matado al lobo, pero tampoco habría podido salvar al caballo, me habría quedado solo en el bosque, en mi trineo, entre un caballo muerto y un lobo famélico. Por suerte, se me ocurrió una idea. Agarré la fusta y comencé a fustigar al lobo, hasta tal punto que llegué a arrancarle jirones de piel. Tal como había supuesto, el lobo acabó de comerse al caballo con la mayor prisa posible y se echó a correr para escapar a los golpes de mi fusta. Pero yo no le daba tregua. El lobo ... (ver texto completo)
“El pobre animal relinchaba de dolor y espanto, y corría con todas sus fuerzas, pero no lograba sacarse al lobo de encima. Muy pronto, el lobo acabó de comerle el lomo y siguió después con su barriga en su afán de devorarlo.
“De pronto, apareció un lobo que salió del bosque y se me tiró encima. No tuve tiempo siquiera de echar mano a la pistola. El lobo se lanzó sobre la grupa del caballo y comenzó a comérselo, bocado a bocado.
“Sin embargo, el tiempo se descompuso de nuevo. La nieve volvió a caer y cubrió todas las cosas. Decidí seguir la costumbre rusa, así que me compré un trineo, enganché el caballo a ese vehículo y emprendí camino hacia San Petersburgo. Sólo me daba miedo pensar en que, durante el trayecto, pudiesen atacarme los lobos. En Rusia, en efecto, los lobos son tan numerosos como los pájaros entre nosotros.
“A la mañana siguiente, desperté y miré a mi alrededor. No podía creer que estuviese realmente despierto. En efecto, me encontraba tendido en un charco, en medio de la plaza principal de la ciudad, rodeado por una multitud de personas que miraban hacia arriba. Miré yo también hacia lo alto ¿y qué creéis que vi? A mi caballo, sobre el campanario, amarrado con las riendas a la cruz. El pobre coceaba en el vacío y estaba a punto de morir estrangulado. Desenfundé rápidamente mi pistola, la cargué, afiné ... (ver texto completo)