Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

He salido a buscar trabajo porque ya no nos queda nada de comer en casa.
-Si buscas trabajo, ven conmigo. Trabajarás para mí durante un año y te compensaré con creces.
El joven estuvo de acuerdo, trabajó durante un año y, transcurrido este tiempo, el viejo le entregó un mantel diciéndole:
EL MANTEL MÁGICO, EL GALLO Y EL BASTÓN. Cuento de Polonia

Un campesino tenía tres hijos. Dos eran muy listos y el tercero, un despistado. Como el dinero escaseaba y se les había muerto la única vaca que tenían, el mayor decidió salir a buscar trabajo. Después de mucho caminar, se encontró con un viejo de barbas blancas:
- ¿Adónde vas, jovencito?
Donde has encontrado esta canción con una falta de ortografía muyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy gorda.
Podéis imaginaros cómo se enfadó la vieja madre del zorro. Salió al patio, cogió los zuecos de madera, se los arrojó a su hijo y lo hizo caer del tejado.
Así el zorro, en lugar de una buena cena, consiguió dos chichones: uno se lo hizo su madre con el zueco; el otro se lo hizo al caer del tejado.
Vaya, vaya, he dormido bien, pero parece que esta bolsa se vuelve cada vez más pesada.
Cuando avistó su casa, gritó desde lejos:
-Mamá, mamá, pon la olla de cristal en la chimenea que llego con la cena.
La vieja madre del zorro puso la olla de cristal en la chimenea, la llenó de agua y encendió el fuego.
Mientras el agua hervía, el zorro subió al tejado y desató la bolsa encima de la chimenea.
- ¡Señor gato, señor ratón, señor gallito rojo, acomodaos en la olla! –exclamó y echó campana ... (ver texto completo)
Uniendo sus fuerzas, remendaron muy bien la bolsa y se fueron corriendo a casa. Y, desde aquel día, el gato y el ratón ayudaron siempre al buen gallito rojo.
En cuanto al zorro, poco después se despertó, cargó con la bolsa al hombro y retomó su camino. Y, mientras tanto, pensaba:
Uniendo sus fuerzas, consiguieron tres piedras y las pusieron en la bolsa. Entonces el gallito preguntó:
- ¿Quién quiere ahora remendar la bolsa?
-Yo –dijo el gato.
-Yo, yo –dijo el ratón.
-Yo –dijo el gato.
Yo, yo –dijo el ratón.
Uniendo sus fuerzas, cortaron la bolsa y salieron al exterior. Entonces el gallito rojo preguntó:
- ¿Quién trae unas piedras?
Yo –dijo el gato.
-Yo, yo –dijo el ratón.
Era un día espléndido pero bastante caluroso y, al poco rato, la bolsa empezó a pesar. El zorro la dejó en el suelo, al pie de un cerezo, se tumbó a la sombra y se durmió.
En cuanto se durmió el zorro, el gallito rojo sacó unas tijeras que llevaba bajo el ala, una aguja y un hilo y preguntó:
- ¿Quién corta la bolsa con las tijeras?
-Socorro, socorro, ¿quién me ayuda? –gritaba el gallito rojo en la bolsa.
-Yo no –dijo el gato y se ovilló más aún en su cesta.
-Yo tampoco –dijo el ratón y se ocultó aún más en su cueva.
Pero si creían estar a salvo, se equivocaban. El zorro dio un salto, sacó al gato de la cesta y al ratón de la cueva y los metió en la bolsa, para que hiciesen compañía al gallito rojo. Después se echó la bolsa al hombro y retomó a la carrera el camino hacia su casa.
-Yo no –dijo el gato.
-Yo no –dijo el ratón.
-Vale –dijo el gallito rojo-, te la rascaré yo.
Y comenzó a rascar al zorro. Le rascó la espalda de la cola a las orejas pero, cuando llegó a las orejas, el zorro extendió una pata, atrapó al gallito y lo metió en su bolsa.
Llega el zorro! –gritó el gallito y saltó al aseladero.
- ¡Llega el zorro! –gritó el gato y se acomodó en su cesta.
- ¡Llega el zorro! –gritó el ratón y se escondió en su cueva.
El zorro entró en la habitación.
-Buenos días, ratoncito. Buenos días, gatito. Buenos días, gallito rojo. ¿Cuál de vosotros podría rascarme la espalda?
-Yo te ayudaré –prometió el gato.
-Te ayudaremos –prometió el ratón.
El gallito se enterneció y compartió el desayuno con sus dos amigos.
Cuando no quedaba ya siquiera una migaja, el gallito rojo miró por la ventana y vio que venía por el camino el zorro en persona.
Y quién se come ahora este magnífico desayuno?
-Yo –dijo el gato.
-Yo, yo –dijo el ratón.
-De ninguna manera –dijo entonces el gallo rojo-. Me lo comeré yo, solo, salvo que me prometáis que me ayudaréis siempre.
- ¿Quién prepara el desayuno?
-Yo no –dijo el gato.
-Yo tampoco –dijo el ratón.
-Vale, lo prepararé yo –dijo el gallito rojo e hizo de comer.
Cuando el desayuno estuvo listo, el gallito rojo preguntó:
-Yo no, dijo el gato.
-Yo tampoco –dijo el ratón.
-Vale, barreré yo –dijo entonces el gallito y barrió todos los rincones.
Acabada la limpieza, preguntó.
Yo no –dijo el gato.
-Yo no –dijo el ratón.
-Vale, me levantaré yo –dijo el gallito rojo, se levantó y encendió el fuego.
Cuando el fuego se avivó, el gallito rojo hizo una nueva pregunta:
- ¿Quién barre la habitación?
EL GALLITO ROJO. Cuento de Irlanda

Un gato, un ratón y un gallito rojo vivían juntos en una hermosa casa, situada en medio del bosque. El gato tenía su cama en una cesta mullida, el ratón en una cueva profunda y el gallito en un robusto aseladero. Al despertar una mañana, el gallito preguntó:
- ¿Quién se levanta primero a encender la chimenea?
Y cuando por fin, llegó el invierno, el Burrito fue muy feliz. Vivía descansado en su cómodo establo, y, acordándose de las anteriores penalidades, comía con buena gana la paja que le ponían en el pesebre. Ya no tenía las ambiciones que entristecieron su vida anterior. Ahora contemplaba desde su caliente establo el caer de los copos de nieve, y al Burrito descontento (que ya no lo era) se le ocurrió este pensamiento, que todos nosotros debemos recordar siempre, y así iremos caminando satisfechos ... (ver texto completo)
Si nada me gustó la primavera, menos aún me agrado el verano, y el otoño tampoco me parece cosa buena, ¡Oh, que ganas tengo de que llegue el invierno! Ya sé que entonces no tendré la jugosa hierba que con tanto afán deseaba. Pero, al menos, podré descasar cuanto me apetezca. ¡Bienvenido sea el invierno! Tendré en el pesebre solamente paja seca, pero la comeré con el mayor contento.
- ¡Arre, arre! En la huerta nos están esperando muchos cestos de fruta para llevar a la bodega.
El Burrito iba y venía de casa a la huerta y de la huerta a la casa, y en tanto que caminaba en silencio, reflexionaba que no había mejorado su condición con el cambio de estaciones.
El Burrito se veía cargado con manzanas, con patatas, con mil suministros para la casa. Aquella tarde le habían cargado con un gran acopio de leña, y el animal, caminando hacia la casa, iba razonando a su manera:
Pasó el tiempo... Llegó el otoño. ¿Pero, qué ocurrió? El criado sacaba del establo al Burrito cada día y le ponía la albarda.
- ¡Ay!, ¡cuándo llegará el verano, para no tener que cargar tanta hierba del prado! Vino el verano; mas no por hacer mucho calor mejoró la suerte del animal. Porque su amo le sacaba al campo y le cargaba con mieses y con todos los productos cosechados en sus huertos. El Burrito descontento sudaba la gota gorda, porque tenía que trabajar bajo los ardores del Sol.
- ¡Ay!, ¡qué ganas tengo de que llegue el otoño! Así dejaré de cargar haces de paja, y tampoco tendré que llevar sacos de trigo al molino ... (ver texto completo)
Así suspirando el Burrito de nuestro cuento, fue llegando la primavera, y con la ansiada estación creció hermosa hierba verde en gran abundancia. El Burrito se puso muy contento; pero, sin embargo, le duró muy poco tiempo esta alegría. El campesino segó la hierba y luego la cargó a lomos del Burrito y la llevó a casa. Y luego volvió y la cargó nuevamente. Y otra vez. Y otra. De manera que al Burrito ya no le agradaba la primavera, a pesar de lo alegre que era y de su hierba verde.
Érase que se era un día de invierno muy crudo. En el campo nevaba copiosamente, y dentro de una casa de labor, en su establo, había un Burrito que miraba a través del cristal de la ventana. Junto a él tenía el pesebre cubierto de paja seca.
- ¡Paja seca! -se decía el Burrito, despreciándola-. ¡Vaya una cosa que me pone mi amo! ¡Ay!, ¡cuándo se acabará el invierno y llegará la primavera, para poder comer hierba fresca y jugosa de la que crece por todas partes, en prado y junto al camino!
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Y el que piense que miento, que se caiga de su asiento.
Angelito y Lindaflor juntaron sus labios y se besaron hasta notar que les faltaba aire.
Al día siguiente, se casaron en la capilla del palacio, y desde entonces vivieron la mar de felices.
Lindaflor, pues, mordió la ciruela. Y ¿sabéis qué sucedió? Pues que en cuanto le hincó el diente, la princesa disminuyó un palmo, lo mismo que si le hubieran quitado de golpe unos zapatos de tacón.
- ¡Oh, Angelito! –exclamó Lindaflor-. Ahora tenéis la estatura perfecta. ¡Mañana mismo le diremos al cura de palacio que nos case en la capilla! ¡Será una boda preciosa, no tengáis duda! ¡Y ahora venid aquí, que me muero de ganas de besaros…!
-Hummm, ¡qué ciruela más apetitosa! –dijo- ¡En nuestro reino no se crían frutas así…! ¿Verdad que me dejaréis darle un mordisquito?
-Por supuesto, princesa.
Lindaflor, ¿me querrías por esposo?
Lindaflor respondió con decisión:
- Sois demasiado bajo, caballero Angelito. A mí siempre me han gustado los muchachotes altos…
Angelito no se inmutó. ¡Con deciros que no movió ni una pestaña…! Por tercera vez aquel día, se dijo: “A veces lo más sencillo es buscar en el bolsillo”, y lo que encontró fue esta vez en su capa fue una ciruela madura. Lindaflor, que no había cenado, la miró con ojos golosos.
Aquella misma noche, el caballero llegó a un gran palacio donde vivía una princesa. Se llamaba Lindaflor, y llevaba tiempo buscando marido. Era tan bonita, que Angelito se enamoró de ella nada más echarle el ojo. A la luz de la luna, le preguntó:
Luego, se puso de nuevo en marcha, y al poco llegó a la orilla de un río. Las aguas eran muy profundas y caudalosas, así que Angelito pensó: “No tengo más remedio que volver atrás”. Pero de pronto se acordó de la anciana del haz de leña y entonces se dijo: “A veces lo más sencillo es buscar en el bolsillo”
Esta vez, lo que encontró en el bolsillo fue un ovillo de cuerda. En cuanto lo sacó, el ovillo saltó de su mano y empezó a volar de un lado a otro del río: ahora estaba en esta orilla, ahora estaba ... (ver texto completo)
Angelito, la mar de divertido, exclamó:
- ¡Qué cosa más curiosa!
Uno de los bandidos alargó la mano, y entonces ocurrió una cosa sorprendente: el cofre empezó a moverse como si fuera un ser vivo, saltó a la garganta del bandido y le dio un mordiscazo tremendo que le hizo aullar de dolor. Luego, se fue a por el segundo bandido, al que le soltó un soplamocos colosal, y más tarde saltó sobre el tercero, al que le aporreó la cabeza diez o doce veces. Los bandidos aterrados, pusieron pies en polvorosa, pero el cofre se fue tras ellos, abriendo y cerrando la tapa, que parecía la boca de un perro rabioso. ... (ver texto completo)
- ¡Menudo tapón de caballero! –le dijeron-. ¡Danos ahora mismo todo lo que lleves encima, pedazo de renacuajo, o te enviaremos al otro mundo de un tajo en la garganta!
Angelito se dio cuenta de que estaba en un apuro, y entonces se acordó de lo que le había dicho la anciana, y se dijo a sí mismo: “A veces lo más sencillo es buscar en el bolsillo”.
Se metió, pues, la mano en el bolsillo, y allí encontró un cofre de plata.
- ¡Tened este cofre! –les dijo a los bandidos-. ¡Vale muchísimo dinero!
Recuerda, caballero –dijo-: ¡A veces lo más sencillo es buscar en el bolsillo!
Angelito no entendió nada. “ ¡Qué mujer más rara!”, pensó. “Debe estar majareta…”
El caso es que el caballero siguió su camino, y al poco rato, en la oscuridad del bosque, unos bandidos le tendieron una emboscada. Eran tres: uno se apoderó de su caballo, el otro se lanzó sobre el propio Angelito y el tercero le puso una espada en la garganta.
- Yo os ayudaré, buena señora.
Y así lo hizo: ató el haz de leña a su caballo y ayudó a montar a la anciana a sus espaldas. Luego, los dos siguieron el camino hacia la cabaña donde vivía la anciana.
A todo esto, la mujer no había abierto la boca ni para decir gracias. Pero, sin que Angelito se diera cuenta, le metió algo en el bolsillo de la capa.
Al poco, llegaron a la cabaña. Angelito ayudó a la anciana a descabalgar, le entregó el haz de leña y se despidió. Y fue entonces cuando la anciana ... (ver texto completo)
Un día, cuando cabalgaba por el bosque, Angelito se cruzó con una anciana. La buena mujer las estaba pasando canutas, porque tenía que llevar hasta su cabaña un haz de leña la mar de grande, pero, por más esfuerzos que hacía, no lograba arrastrarlo. Angelito, que la vio tan apurada, se bajó el caballo y le dijo:
EL BOLSILLO MÁGICO. Roberto Piumini

El caballero Angelito tenía todo lo que debe tener un caballero: fuerza y valentía para luchar contra los malvados, un buen caballo que lo llevaba a todas partes y una larga capa que lo resguardaba del frío. Sin embargo, le faltaban un palmo o dos de estatura, pues era un caballero bastante bajito. Por eso precisamente lo llamaban Angelito: si hubiera sido alto como un gigante, le habrían llamado Angelote o Angelón, o por lo menos Ángel, sin una letra de más ... (ver texto completo)
-Aquí estará seguro esta noche y mañana nos repartiremos el dinero.
Así que desaparecieron, Periquillo sacó la cabeza del tambor y luego el cuerpo haciendo fuerza y, en cuanto estuvo fuera, echó a correr para su casa. Y allí estaban sus padres, tristes y desconsolados, que se pusieron muy contentos cuando vieron llegar a Periquillo sano y salvo. Entonces Periquillo les contó todo lo que le había pasado desde que se lo comiera el buey y también lo que había visto de los ladrones. Con que su padre ... (ver texto completo)
Al día siguiente iba el lobo buscando ganado para comer y Periquillo, que, lo sintió, empezó a gritar:
- ¡Pastores, que viene el lobo!
Los pastores, que oyeron sus voces, rodearon al lobo y lo mataron a bastonazos. Cuando lo hubieron matado, empezaron a abrirlo con sus cuchillos y Periquillo, desde dentro, les decía que anduvieran con cuidado, no fueran a herirle a él, pero por más que miraron los pastores, no vieron a Periquillo. Entonces uno de los pastores decidió hacerse un tambor con la ... (ver texto completo)
Padre, mata al buey Colorao, que se me ha comido entero.
Con que el padre sacó el buey al campo, lo mató y lo abrió con un cuchillo, pero por más que miró en las tripas y en todas partes, no encontró a Periquillo; y allí se quedó el buey muerto hasta que acertó a pasar un lobo que merodeaba por el pueblo y que se zampó las tripas del buey y a Periquillo con ellas.
- ¿Y cómo los vas a hacer? Con lo pequeño que eres tú, no puedes con los bueyes.
-Que sí que puedo –contestó el niño. Y mientras su padre comía, se subió al yugo que uncía a los bueyes y empezó a darles voces a los animales. Al oírlo, lo bueyes echaron a andar e hicieron un surco, y volvieron e hicieron otro, y así sucesivamente, yendo y viniendo y haciendo surcos hasta que su padre terminó de comer. Y ya, luego, siguieron toda la tarde juntos hasta la hora de ponerse el sol, en que se volvieron ... (ver texto completo)
Con que llegó Periquillo a donde estaba su padre trabajando y le dijo:
-Ea, padre, que aquí le traigo su comida.
Y el padre, que sólo veía a la burra albardada, dijo:
- ¿Dónde estás, hijo, que no te veo? –pues había reconocido su voz
Y Periquillo le contestó:
-Estoy aquí, en la oreja de la burra –y salió y se apeó de un salto.
Entonces le dijo Periquillo a su padre:
-Padre, ¿le hago unos surcos mientras usted come?
Y el padre le dijo:
La burra echó a andar. Iban los dos por el camino cuando aparecieron tres ladrones detrás de una peña y se dijeron:
-Vamos por esa burra que va sola.
Periquillo, que les oyó porque tenía un oído muy fino, dijo con voz muy fuerte para que le oyeran:
- ¡Al que se acerque a la burra, lo mato y lo descuartizo!
Y la burra aceleró el paso, pero los ladrones se quedaron quietos tratando de adivinar dónde se escondía el que les había hablado.
Madre, déjeme a mí la burra, que yo le llevo la comida a padre.
Y la madre le contestó:
- ¿Cómo se las vas a llevar tú, con lo pequeño que eres?
Y Perquillo respondió:
-Usted termine de prepararla, que yo la llevo.
La madre puso la albarda a la burra y metió la comida en ella junto con otras cosas que el padre necesitaba. Y en cuanto hubo acabado de hacer esto, Periquillo saltó a la albarda, trepó por ella, corrió por el cuello de la burra, se instaló en una de sus orejas y le dijo tranquilamente:
- ... (ver texto completo)
-Bueno y qué; pues, cañamón y todo, queremos tener un hijo.
Y así fue que Dios les concedió un hijo y nació tan pequeño como un cañamón; lo llamaron Periquillo y, como no creció ni una cuarta más, con Periquillo se quedó.
Con que pasó el tiempo y Periquillo fue cumpliendo años tan diminuto como siempre, pero era un muchaco voluntarioso que no se arredraba por ser tan pequeño. Un día que su padre se había se había ido a trabajar al campo desde por la mañana temprano, le dijo a su madre, que estaba ... (ver texto completo)
PERIQUILLO. Cuento tradicional español

Había un matrimonio de labradores que eran ambos tan pequeños que la gente los conocía por el apodo de “los cañamones”. Eso a ellos no les inocmoda, pero, en cambio, se lamentaban de no tene rhijos. Cuando los oían lamentarse, la gente les decía:
-Y para qué queréis un hijo, si va a ser un cañamón.
Y los dos respondían:
Agustín también le contó lo que quería hacer con muchas ganas y fue así como el árbol abuelito se convirtió en el ÁRBOL MÁGICO, el que concedía los sueños.
- ¡La magia funcionó! -se dijo el árbol.