Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Pero, por tu honradez, yo te regalo las otras dos. Has preferido la pobreza a la mentira y te mereces el premio.
hierro.
- ¡Oh, gracias, gracias! ¡Esa es la mía!
-Si alguna vez te encuentras en peligro, piensa en nosotros y correremos en tu ayuda.
El príncipe prometió hacerlo así y, montando a caballo, llegó a una tercera selva. En ella encontró a cuatro faquires cuyo maestro había muerto, dejándoles en herencia cuatro cosas: una cama que trasladaba de un sitio a otro a quien se sentase en ella; una bolsa que proporcionaba a su poseedor todo cuanto le pidiera, joyas, comida o ropas; un vaso de piedra capaz de ofrecer siempre agua a su dueño, por muy lejos ... (ver texto completo)
-Te juro que no le haré ningún daño -aseguró la tigresa-. Sólo deseo conocerle.
El tigre llamó entonces al joven y cuando éste salió de su escondite, la pareja de tigres le saludaron con numerosas demostraciones de afecto. Después le sirvieron una excelente cena. Durante tres días el príncipe permaneció con ellos y cada mañana miraba la herida del tigre. Cuando estuvo completamente cerrada despidióse de sus amigos, quienes le dijeron:
El tigre la vio venir y ocultó al príncipe a fin de que ella no le encontrase.
- ¿Quién te ha herido? -preguntó la tigresa-. ¿Por qué has lanzado ese rugido tan fuerte?
-No me ha herido nadie -replicó el tigre-. El rugido ha sido de alegría porque el hijo de un Rajá me ha quitado la espina que me clavé hace doce años.
- ¿Dónde está ese príncipe? ¡Quiero verlo enseguida!
-Si me prometes no matarlo, le llamaré.
- ¡Oh, no! No te devoraré. Te suplico que me libres de este dolor tan terrible.
El hijo del Rajá sacó un afilado puñal, y con un rápido movimiento, arrancó la espina. Esta se hallaba tan hundida en la pata de la fiera que, al salir hízole lanzar un rugido tan fuerte, que su hembra lo oyó desde donde se encontraba, y temiendo que algo malo le hubiera ocurrido a su pareja corrió a ayudarle.
-Yo te quitaré ese estorbo -prometió el príncipe-. Pero has de prometerme que, cuando te haya curado, no me devorarás.
- ¿Por qué ruges de esa manera? -preguntó el joven príncipe-. ¿Qué te pasa?
-Hace doce años que me clavé una espina en esta pata -contestó el animal-. En todo ese tiempo no ha dejado de dolerme, y por ello me quejo desde que nace el sol hasta que muere.
El hijo del Rajá le dio amablemente las gracias, y montando a caballo, continuó el viaje.
Al cabo de varias horas, salió de la selva para entrar en otra más espesa, y después de cabalgar largo rato por ella, vio a un tigre que rugía de dolor.
-Has sido bueno con nosotras; si alguna vez te encuentras en peligro, piensa en mí y acudiré en tu ayuda.
-No importa -murmuró-. No comeré los dulces. Dejaré que los terminen las hormigas.
Al oír esto, la reina de las hormigas abandonó su pastel y dirigiéndose al príncipe, le dijo:
Al desatar el pañuelo y coger el primer dulce, vio que una hormiga había empezado a comérselo. En el segundo encontró otra hormiga. Dejó los dos pasteles en el suelo y cogió otro, y otro y otro. Fue inútil; todos estaban como los anteriores.
El joven guardó el obsequio de su madre, y conteniendo las lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos, alejóse hacia la ventura.
Al cabo de varias horas de cabalgar a través de una selva virgen, llegó a un estanque bordeado de frondosos árboles. Despojándose de sus vestiduras bañóse en él, y cuando hubo terminado, fue a tenderse a la sombra de uno de los árboles, con la intención de comer alguna de las golosinas que le diera su madre.
Cuando el príncipe había montado ya a caballo, acercóse la Raní, y después de abrazarle estrechamente, le tendió un pañuelo lleno de golosinas, diciéndole:
-Cuando sientas hambre, hijo mío, come dulces de estos.
El Rajá y la Raní, vertieron ardientes lágrimas al despedirse del joven. El padre le dio hermosos vestidos, un magnífico caballo, un arco que lanzaba las flechas más de trescientos metros, y un talego lleno de rupias.
-Es necesario que lo intente. Tal vez Dios se apiade de mí y acceda a mostrarme el camino. Si la encuentro volveré con ella a vosotros; pero si muero no volveré a veros. Adiós, padres queridos.
Al fin, comprendiendo que de aquella manera no podía vivir, salió de sus habitaciones y dirigiese a las de sus padres, a quienes anunció que quería ir a conocer a la princesa Labam.
-Tengo que ir -dijo-. Es necesario que la vea. Decidme dónde se encuentra.
-No lo sabemos, hijo -contestaron a la vez el Rajá y la Raní.
-Entonces iré yo mismo a buscarla, -dijo el príncipe.
-No, no -protestó el padre-. No debes dejarnos. Eres nuestro único hijo. Será mejor para ti que no salgas de nuestros dominios, pues nunca lograrás encontrar a la princesa Labam. ... (ver texto completo)
El hijo del Rajá trató de obtener más información, pero fue completamente inútil. Al fin, cansado de preguntar, tiró el arco y las flechas y regresó a su palacio, donde estuvo cinco o seis días encerrado sin comer ni beber.
Decidido a enterarse de quién era la princesa Labam, que tanta importancia parecía tener entre ellos, preguntó a Hiraman:
- ¿Quién es la princesa Labam? ¿Dónde vive?
El rey de los loros no quiso contestar a la pregunta del príncipe, limitándose a decir:
-No te molestes preguntando por la princesa, pues nunca podrás llegar hasta su morada.
Al oír estas palabras todos los pájaros regresaron junto a su soberano, balbuciendo humildes excusas.
El hijo del Rajá quedóse grandemente sorprendido al oír hablar tan bien a unos animalitos tan pequeños.
En realidad no huyeron todos, pues el viejo Hiraman, que era su rey y a quien los achaques no permitían volar con la misma rapidez de sus súbditos, quedóse en la rama que le servía de trono, y con voz cascada gritó a los fugitivos loros:
- ¡No me dejéis solo, para que sirva de blanco a las flechas del príncipe! ¡Volved enseguida o le contaré a la princesa Labam lo que habéis hecho!
De momento sólo vio una selva muy densa, sin encontrar en ella nada anormal, a no ser una cantidad enorme de loros. A falta de mejor caza, el hijo del Rajá disparó varios dardos contra los hermosos pájaros, que enseguida huyeron a esconderse en los árboles más altos.
El joven Príncipe obedeció por algún tiempo el consejo materno, pero una vez, después de recorrer el Norte, Este y Oeste sin haber encontrado un solo animal sobre el cual disparar sus flechas, recordó la advertencia de la Raní acerca del Sur, y decidió investigar el motivo de la prohibición. Sin la más pequeña duda, preparó el arco y penetró en el bosque que se extendía hacia el Sur.
Dijo esto porque estaba segura de que si su hijo iba en aquella dirección, oiría hablar de la hermosísima princesa Labam y entonces despediríase de sus padres para ir en busca de la bella muchacha.
EL HIJO DEL RAJÁ Y LA PRINCESA LABAM

Un Rajá, que gobernaba una importante provincia de la India, tenía un solo hijo, a quien le gustaba ir de caza diariamente. En una ocasión la Raní, su madre, le dijo:
-Puedes cazar hacia el Norte, hacia el Este y hacia el Oeste, pero nunca se te ocurra ir hacia el Sur.
El mago pronuncio unas extrañas palabras y el maleficio quedó roto. El caballero apareció junto a su dama y juntos partieron a su hogar donde fueron felices para siempre.
El caballero le dijo que aquella melodía era la que su dama le cantaba, y le contó su historia. En ese momento el mendigo se transformo en un mago alto y apuesto y le dijo:
-Habéis demostrado tener un corazón noble y la pureza de vuestro amor; haré algo por vos.
-Noble caballero decidme ¿qué melodía era la que antes entonabais pues es de gran belleza?
Una mañana cabalgando junto a un río mientras, cantaba la canción que tantas veces su dama le había cantado se encontró con un mendigo que le solicitó algo de comer pues aquel día aún no había comido nada. El caballero descabalgó y compartió su comida con él y le dio algo de dinero para que pasara un par de días. El mendigo quedó muy agradecido, pero antes de que el caballero partiese le preguntó:
El caballero desesperado comenzó a buscar a la bella dama y a todo aquel que encontraba le preguntaba por ella.
Los dos jóvenes agradecieron su hospitalidad a la anciana y entraron en la pequeña casa. La anciana les dio algo de comer y más tarde les enseñó el lugar donde dormirían.
Durante la noche la bruja se transformó en una bella dama he intentó yacer con el caballero, más el amor que el caballero sentía por su dama era tan grande que éste rechazó a la malvada bruja. Ésta, terriblemente enojada lanzó una maldición, la maldición consistía en que ambos enamorados nunca más estarían juntos y cada uno apareció ... (ver texto completo)
Pasad y descansad esta noche, parecéis perdidos y cansados, os preparare algo para reponer fuerzas y luego podréis dormir
Después de mucho vagar por él y casi cuando la noche había llegado, divisaron a lo lejos una pequeña y destartalada casa que parecía habitada, así que decidieron acercarse en busca de cobijo. Cuando llegaron una anciana les abrió la puerta invitándoles a entrar.
Un día durante un viaje de vuelta a la ciudad donde habitaban una fuerte tormenta provocó que se extraviaran dentro de un frondoso y oscuro bosque.
EL CABALLERO Y LA BRUJA

Cuenta la leyenda que en este mismo reino, no hace demasiado tiempo, vivían un apuesto caballero y una bella dama. Ambos se amaban y eran felices.
El hombre se tiró de los pelos al ver que por su avaricia había perdido a un compañero fiel y útil, y mientras el pollino moría, el viejo iba diciendo:
-No es la piel lo que hace temible al león.
Este, al ver acercarse a tanta gente lanzó un sonoro rebuzno que descubrió a los campesinos su disfraz, y que tuvo además por consecuencia irritarlos mucho más. En un momento cayeron todos sobre él y lo molieron a palos de tal manera, que cuando al fin el mercader logró rescatarlo, estaba moribundo
Un día el mercader llegó a un pueblo, y como había hecho en los otros, soltó al asno en un campo de verde alfalfa. El dueño, al ver lo que él suponía un león huyó, aterrorizado, al pueblo, y contó a sus convecinos lo que estaba ocurriendo. Sin vacilar un momento, todos se armaron hasta los dientes y corrieron al encuentro del falso león.
EL ASNO CON LA PIEL DE LEÓN

Cuando Bramadatta reinaba en Benarés, había un viejo mercader que viajaba de pueblo en pueblo, llevando sus mercancías a lomos de un asno. Este mercader se valía de un ingenioso ardid para alimentar a su burro. Tan pronto como llegaba a un pueblo, lo descargaba y lo cubría enseguida con una piel de león; luego lo soltaba en un campo de arroz o alfalfa. El asno comía hasta hincharse y los dueños de los campos no se atrevían a echarle, ya que creían que se trataba de ... (ver texto completo)
El encabezado pone 8 de abril?!
Pero cuando se envia es 8 de mayo, jejejje, los dedos....
Pidió perdón al pajarillo y a los demás animales y desde aquel día se volvió más humilde.
Todo se iluminó de color naranja.
Aparecieron árboles frutales y una gran alfombra de flores.
Cuando estaban más relajados, apareció el color añil, y de los ojos del camaleón cayeron unas lagrimitas. Estaba arrepentido de haber sido tan orgulloso y de no valorar aquello que era realmente hermoso.
Una nube dejó caer sus gotas de lluvia y se mojaron, pero estaban contentos de sentir el frescor del agua.
Se miraron a los ojos y sonrieron.
El color naranja se había colocado justo delante de ellos.
Por primera vez, el camaleón sentía que compartía algo y comprendió la amistad que le ofrecía el pajarillo.
El camaleón estaba entusiasmado.
La fiesta terminó y apareció el color azul claro. Comenzaron a sentir una agradable sensación de paz y bienestar.
Flotaban entre nubes y miraban el cielo.
Al verde siguió el azul oscuro, el camaleón sintió dentro la profundidad del mar, peces, delfines y corales le rodeaban.
Daban vueltas y vueltas y los pececillos jugaban con ellos.
Salieron a la superficie y contemplaron las estrellas. Había un baile en el cielo y las estrellas se habían puesto sus mejores galas.
Estaban sonrientes, alegres, bailaban y olían el aroma de los claveles y las orquideas.
El amarillo dio paso al verde que se metió dentro de sus pensamientos.
El camaleón empezó a pensar en su futuro, sus ilusiones, sus sueños y recordaba los amigos perdidos.
El primero en acercarse fue el color rojo, subió por sus pies y de repente estaban rodeados de manzanos, de rosas rojas y anocheceres.
El color rojo desapareció y en su lugar llegó el amarillo revoloteando por encima de sus cabezas.
- ¡Si no tratas de descubrirlos, nunca sabrás lo que puedes sentir a través de ellos!.
Además puedes compartirlos con los demás como hace el arco iris con su belleza.
El pajarillo y el camaleón se tumbaron en el prado.
Los colores del arco iris se posaron sobre los dos, haciéndoles cosquillas en sus cuerpecitos.
- ¡Si quieres, yo puedo ayudarte a conocer algunas! ¡Está bien!: dijo el camaleón.
Los colores del arco iris te enseñan a vivir, te muestran los sentimientos.
El camaleón le contestó: ¡Mis colores sirven para camuflarme del peligro, no necesito sentimientos para sobrevivir!.
El pajarillo le dijo:
¿No sabes admirar la belleza del arco iris?: Dijo un pequeño pajarillo que estaba en la rama de un árbol cercano.
Si no sabes valorarlo, continuó, es difícil que conozcas las verdades que te enseña la naturaleza.