Pamplona estaba de fiesta y durante una semana larga la ciudad entera no descansaba ni permitía el descanso. Muy temprano, de noche todavía, mi tío nos hacía despertar a un primo de mi misma edad y a mí, para ver la llegada del encierro. Con el sueño pegado aún a los párpados, bajábamos por la calle Amaya rumbo a la Plaza de Toros. Estos madrugones me recordaban los del Viernes de Toros en San Juan, cuando nos juntábamos algunos vecinos del barrio para coger los mejores sitios de sombra en nuestra ... (ver texto completo)