Hay días que no se ve a nadie deambulando por las calles y, nuestro pueblo, cobra un espíritu desolador; son las trémulas y vetustas paredes de las casas centenarias las que intimidan. Almas invisibles con poderes mentales que alienan los pensamientos y amedrentan las decisiones, cobardes desalientos. Un angosto callejón oscuro que busca vanamente la luz, un caño solitario que apenas se deja advertir de no ser por el gorgoteo de sus aguas; calles y casa vacías, de una soledad marmolea.
Aquel día ... (ver texto completo)
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