De tarde en tarde me pierdo por sus
calles. Me gusta recorrerlas, caminar sin prisas, mirar las
fachadas,
puertas y
ventanas de sus
casas; los enrejados, las balconadas o solanas de otros tiempos que, aunque ya no son tan numerosas, todavía hay; las
fuentes cantarinas, a las que siendo niño iba a buscar
agua fresca para
comer estos días de
verano. Los recuerdos de las personas que conocí y que ya no están con nosotros me llegan todavía nítidos. Cualquier detalle llama mi atención y en silencio me
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