Recuerdo que bajábamos por el callejón que sigue a esa Punta Brava, toda una pendiente estrecha y lúgubre adherida al palacio y el convento, tan apretada entre casas. Cántaros y botijos subían y bajaban, era un caño muy concurrido, de muy fresquita su agua; recuerdo varias mujeres que hablan y hablan, olores de jabones que embarraban gris la poza; aquella "alegre charca", donde las ropas torcían, se frotaban y, vuelta al agua con ella; la agitaban para aclararla. Unas cestas de ebanistería redondas ... (ver texto completo)