Erase una vez una rana, gorda, hermosa y orgullosa, dueña por entero del estanque, no dejaba acercarse a nadie sin su exclusivo permiso, no dejaba respirar, saludar, beber, ni mirar, solo cuando ella lo permitía, hasta que un buen día apareció la
cigüeña del
pueblo y ¡zas! se la zampó, y no solo a ella sino a todos los demás habitantes de la
charca, estaba realmente cansada de oír quejas y tonterías, ¡bendito silencio se dijo la cigüeña! y lo que me ha costado comerme a tanto bicho charlatán, y es
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