Encontró una rosa sin espinas, y no se lo pasaba a creer.
–No puede ser. El dolor es el precio de la belleza. ¿Me dejas tenerte entre mis dedos, me ofreces tu mejor perfume sin buscar mi perjuicio?
Subió a la mansión de la
montaña, y colocó la rosa en el me-jor de sus floreros.
–Acudid todas, criaturas de las alturas. Mi corazón estaba seco, y una rosa le ha contagiado todo su encanto. Ahora soy dicho-so.
Vino el águila, y, envidiosa de su fortuna, se llevó la rosa más arriba de la montaña, al
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