Apaga la lámpara, María del
Cielo, y que tus sueños se pueblen del fulgor del mismo sol.
El
pueblo se deshace en
lluvia, y tú alzas tu rostro al
altar. Es tu vida verdadera. Tus faldas esconden ceñudas la esbeltez de tus piernas pudorosas.
María del Cielo, desde que supe que estabas aquí no dejé de ir un solo día al templo. Tus bellos labios entonan canciones de alabanza. La lluvia desciende sobre la dormida tierra gris del
otoño. Y mi corazón suspira por el sol que se escapa a través de tus ojos.
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