En un
barrio antiguo de São Paulo, escondida entre
edificios altos y ruido constante, vivía una abuela llamada Benedicta Rocha. No salía en
fotos, no aparecía en actos vecinales, pero durante años hizo algo que casi nadie notó hasta que dejó de hacerlo: borraba
mensajes de odio antes de que los niños los leyeran.
Benedicta había trabajado como limpiadora municipal. Conocía cada pared, cada
esquina, cada persiana metálica del barrio. Sabía qué grafitis eran rabia, cuáles eran protesta y cuáles eran
... (ver texto completo)