PEDRO MARTINEZ (Granada)


Barrio de Las Eras remoque
El higo más dulce

Monsieur Bibot, el dentista, era un hombre muy exigente. Tenía su pequeño apartamento muy bien ordenado y limpio, lo mismo que su consultorio.

Si su perro, Marcel, saltaba sobre los muebles, Bibot no dejaba de darle una lección. Excepto el día de la Revolución francesa, el pobre animal no podía ni ladrar.

Una mañana, Bibot encontró a una anciana que lo esperaba frente a la puerta de su consultorio. Tenía dolor de muelas y le rogó al dentista que la ayudara.

— ¡Pero si no tiene cita! —dijo él. La mujer dejó escapar un gemido. Bibot consultó su reloj. Tal vez tenía tiempo de ganarse unos cuantos francos más. La hizo pasar y le revisó la boca.

—Tendremos que sacarle la muela —dijo con una sonrisa y, una vez que hubo terminado, añadió—: Le daré unas píldoras para el dolor.

La anciana estaba muy agradecida:

—No puedo pagarle con dinero —dijo—, pero tengo algo mucho mejor. —Sacó un par de higos de su bolsillo y se los tendió a Bibot.

— ¿Higos? —dijo él, enfadado.

—Estos higos son muy especiales —susurró la mujer—. Pueden hacer que sus sueños se hagan realidad. —Le guiñó un ojo y se llevó un dedo a los labios.

Para Bibot estaba claro que se trataba de una loca. Puso los higos sobre la mesa y tomó del brazo a la mujer. Cuando ella le recordó las píldoras, Bibot respondió:

—Lo siento, ésas son sólo para los clientes que pagan —y la empujó hacia la puerta.

Esa tarde, Bibot sacó a su perro a pasear por el parque. Al pobre Marcel le encantaba olisquear los troncos de los árboles y entre los arbustos, pero cada vez que se detenía a hacerlo, Bibot le daba un fuerte tirón a su correa. Antes de irse a la cama, el dentista decidió tomar un bocadillo.

Se sentó en la mesa del comedor y se comió uno de los higos que le había dado la anciana. Estaba delicioso. Era tal vez el mejor higo, el más dulce, que se había comido jamás.

A la mañana siguiente, Bibot arrastró a Marcel escaleras abajo para el paseo matutino. Los escalones eran demasiado altos para las cortas patas del perro, pero a Bibot jamás se le hubiera ocurrido cargar a su mascota: odiaba que su hermoso traje azul se llenara de pelos blancos.

Mientras caminaba por la acera atestada, Bibot notó que la gente se le quedaba mirando. “Admiran mi traje”, pensó. Pero cuando se vio reflejado en el ventanal de un café, se detuvo horrorizado. Sólo tenía puesta la ropa interior. El dentista dio la vuelta y se metió corriendo a un callejón.

“Sacré bleu —pensó—, ¿qué ha pasado con mi ropa?”

Y entonces se acordó del sueño que había tenido la noche anterior: había soñado que estaba justo frente a ese mismo café, en ropa interior.

Pero algo más había pasado en su sueño, y Bibot se esforzaba por recordar qué. Marcel, acechando desde la sombra del callejón, comenzó a ladrar.

El dentista alzó la vista y vio cómo el resto de su sueño se hacía realidad. Nadie volteó a mirar a Bibot mientras éste corría de regreso a su casa en ropa interior.

Todos los ojos de París estaban fijos en la Torre Eiffel, que se iba inclinando hacia abajo lentamente, como si fuera de goma. Bibot comprendió que la anciana de los higos le había dicho la verdad, así que no iba a desperdiciar el segundo higo. Durante las siguientes semanas, mientras se iniciaban las obras de reconstrucción de la Torre Eiffel, el dentista leyó docenas de libros sobre hipnotismo.

Cada noche, antes de meterse a la cama, se miraba en el espejo y repetía, una y otra vez: —Bibot es el hombre más rico del mundo, Bibot es el hombre más rico del mundo.

Y al poco tiempo, en sus sueños, Bibot era exactamente eso. Cuando dormía, el dentista se veía conduciendo su lancha de carreras, pilotando su avión y viviendo a todo lujo en la Riviera francesa. Noche tras noche era la misma historia. Un día, al anochecer, Bibot tomó el segundo higo de la alacena. No podría durar para siempre.

“Esta noche, es la noche”, pensó el dentista. Puso el fruto maduro en un plato y se dirigió a la mesa. Al día siguiente, al despertar, sería el hombre más rico del mundo. Miró a Marcel y sonrió.

El perrito no lo acompañaría en aquella vida, pues en sus sueños Bibot era dueño de media docena de gran daneses. Mientras el dentista abría la alacena para sacar un poco de queso, escuchó un ruido como de porcelana que se rompe.

Se volvió, pero sólo para ver cómo Marcel, trepado en una silla y apoyando las patas delanteras sobre la mesa, se comía el último higo. ¡Bibot estaba furioso!

Persiguió al perro por todo departamento. Cuando Marcel se metió debajo de cama, Bibot le gritó: — ¡Mañana te enseñaré una lección que no olvidarás jamás! —y luego, enojado y con el corazón destrozado, el dentista se fue a dormir.

Cuando despertó, a la mañana siguiente, Bibot se sintió muy confundido. No estaba en su cama. Estaba debajo de su cama. De repente, una cara apareció frente a él: ¡era su propia cara!

—Es hora de tu paseo —dijo la boca de aquel rostro—. Ven con Marcel.

Una mano se deslizó debajo de la cama y lo atrapó. Bibot quiso gritar, pero todo lo que pudo hacer fue ladrar.
Los pensamientos son semillas y las acciones sus brotes. Si siembras malas hierbas, no recogerás rosas.
La música es a menudo la llave que abre los cajones de la memoria y nos hace revivir las emociones más fuertes...
Abraza la vida, cada nuevo día ve a recoger todo lo bueno que hay ahí fuera para ti, y el resto olvídalo o déjalo a quien sólo siente rencor..
Hay que estar con la gente que nos hace sentir bien y que nos aprecia por lo que somos, personas que no ven si eres rico, ni si eres guapo, pero ven la riqueza y la belleza que tenemos dentro..
La casa es un lugar que cuando creces quieres dejar, y cuando envejeces, quieres volver.
Hay un tiempo para trazar un camino, y luego hay un tiempo para pararse a admirar lo que la vida te regala.
Buenos días foreros-as... ¡Feliz Viernes!
Buenas tardes Antonia, como lleváis el tiempo por ahí, aquí llevamos unos días de aire solano que nos tiene la cabeza loca hoy sopla flojito a ver si se va ya... un abrazo.
Buenas noches Sensi, aqui hace un poco de viento, pero flojillo, pero el sol brilla poco, nos han anunciado un buen fin de semana, ya veremos lo que hara, besillos!
Buenas tardes Antonia, como lleváis el tiempo por ahí, aquí llevamos unos días de aire solano que nos tiene la cabeza loca hoy sopla flojito a ver si se va ya... un abrazo.
El ladrón de Orquídeas

Esa noche el inspector Muriel estaba convencido de que el misterioso encapuchado del sobre todo gris volvería al lugar del hecho para robar una nueva orquídea del invernadero de la doctora Sofía.

Hacía ya varios años que esta respetable señora, había dejado la medicina para abocarse al cultivo y cuidado de sus plantas y particularmente se sentía atraída por las orquídeas. Sus formas y colores no dejaban de sorprenderla y cautivarla al mismo tiempo. Si bien éste no era un caso demasiado importante, en la comisaría estaban cansados de ver llegar a la doctora denunciando que sus extrañas flores les eran hurtadas tan sigilosamente, que nunca llegaba a descubrir al ladrón.

Por otra parte Muriel sabía que su dedicación y empeño por cumplir con sus deberes de policía le iban a reportar, en cualquier momento, un ascenso y, de ese modo, tal vez la bella Lucía aceptaría ser su novia. De manera que a pesar del frío, se escondió tras unos matorrales y esperó pacientemente la posible llegada del sospechoso.

A medida que pasaban las horas, sentía que sus pies se humedecían por la escarcha, pero como no podía moverlos para no hacer ruido, decidió que lo mejor sería pensar en alguien que lo reconfortara. Y esa persona no podía ser otra más que la dulce y callada Lucía.

Recordó que un día, en el parque, mientras caminaban por el rosedal, le había comentado que tenía un hobby. Un pasatiempo tan especial que sólo se lo confesaría a su futuro esposo cuando éste apareciera en su vida. ¿Cuál sería ese hobby? ¿Y si fuese él el elegido para conocerlo?

De pronto, mientras su mente discurría entre esos interrogantes, sintió un ruido, cuidadosamente apartó las ramas que ocultaban su rostro y pudo ver cómo el misterioso encapuchado recogía una nueva orquídea del invernadero y se escabullía entre el follaje de los arbustos.

En un primer momento sintió el impulso de sorprenderlo, pero luego prefirió seguirlo. Esperó que se alejara unos metros para luego encaminar sus pasos detrás de él. Al llegar a una esquina, el encapuchado dobló hacia la derecha y para sorpresa del inspector se introdujo, sin tomar el menor recaudo, en la casa de Lucía.

Desconcertado, Muriel corrió hacia allí, saltó la verja y al ver que el ladrón se estaba escurriendo por la ventana del dormitorio de la joven, se abalanzó sin pensarlo sobre él y ambos cayeron dentro de la habitación.

Después de un breve forcejeo, sostuvo las muñecas de éste con su mano derecha y con la izquierda le sacó la capucha. Al ver aquel rostro, los ojos de Muriel se abrieron de tal modo, que parecían salirse de sus órbitas.

¡No podía ser verdad! ¡Lucía! ¡Su dulce Lucia era el misterioso ladrón del sobretodo gris! La joven avergonzada levantó la vista y, luego de mirarlo por un instante, le señaló con los ojos una vitrina que estaba en uno de los ángulos del cuarto.

Muriel se incorporó lentamente y se acercó para contemplar lo que había en el mueble. Tras los cristales, observó que una veintena de orquídeas disecadas estaban expuestas cuidadosamente sobre los escaparates. Cada una de ellas se identificaba con un nombre de fantasía y una breve leyenda acerca de su origen.

Después de mirarlas con atención y leer aquellos relatos que daban cuenta de cómo habían llegado un día a la tierra para engalanarla con sus exóticas bellezas, el inspector Muriel se dio vuelta y contempló, por unos instantes, el rostro de aquella muchacha que con su timidez lo había enamorado.

Sin decirle una palabra, salió a través de la ventana por la que había ingresado y se marchó por las calles solitarias y oscuras envuelto en una duda: ¿Esa noche se habría convertido en el novio de Lucía o estaría a un paso de lograr su ascenso?
Es cierto que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, pero también es cierto que no sabes lo que has echado de menos hasta que llega.
Puedes tenerlo todo pero si no tienes paz interior, no tienes nada.
La vida nunca nos da lo que queremos en el momento que parece apropiado. Las aventuras llegan, pero no son puntuales.
Nunca te canses de esperar, porque el mejor día de tu vida puede llegar mañana.