Le presté la vieja cámara de mi mujer a un niño que nunca hablaba. Años después, su última
foto me partió en dos.
Me llamo Anselmo, y durante muchos años conduje la ruta escolar de un
pueblo pequeño.
No era un trabajo importante para nadie. Yo abría la
puerta, saludaba, miraba por el
espejo y repetía siempre lo mismo:
—Sentados, por favor. Las mochilas fuera del pasillo.
Los niños subían hablando todos a la vez. Unos reían, otros discutían por el asiento de la
ventana, otros venían medio dormidos
... (ver texto completo)