En los albores de la colonización del Oriente ecuatoriano,
aguas arriba de la bocana del
río Misahuallí y en un fresco claro de la selva, se asentó con su campamento un hombre de tez blanca, el cual que se dedicaba a la explotación del
árbol de caucho en la
cuenca del río Aguarico. Así pasaron los meses y un nuevo colono llegó al lugar acompañado de su hermosísima hija, la que inmediatamente causó estragos en el corazón del cauchero. La ribera del río, las aves y las
flores, propiciaron el florecimiento
... (ver texto completo)