GIRALUNA.
Había una vez un inmenso, inmensísimamente inmenso
campo de
girasoles. Era como una luminosa alfombra amarilla, tendida desde la orilla del
camino hasta más allá del horizonte. Era un campo de girasoles orgullosos. Cada uno quería ser el primero y se empujaba para ser más alto que el otro. Ni siquiera se hablaban.
Sólo les importaba crecer y crecer, amarillear cada vez más radiantes y siempre girando para no perder de vista al Sol. El Sol no les llevaba el apunte, seguía su camino tan
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