Un día entré en un bar en Toledo y, como debe ser, sonaba la radio, estaba encendida la tele, una atractiva máquina tragaperras te llamaba la atención de vez en cuando con un entre musiquilla y lamento, y, por si faltaba algo, el de la barra aprovechaba la ocasión para tener encendido el molinillo del café. Mi intención era echar una ojeada al periódico que había comprado mientras me tomaba un café (descafeinado), y había elegido este bar precisamente porque vi desde la calle que no había nadie: ... (ver texto completo)