El recordaba con especial nostalgia los baños lentos al atardecer, al volver con doce años del lavadero de mina Clavelina, en el abrevadero del patio. Su madre, una mujer flaca e infatigable que nunca se sentaba, ni siquiera para coser, ponia piedras calientes en las aguas gelidas del manantial para que a su hijo no se le cortara el respirar y le enjabonaba el cuello y las orejas y le frotaba los brazos y la espalda y a veces le decia, aun te quedan dos palmos por crecer, o tambien le aseguraba,
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Ella la recogio, le sacudio el polvo con suavidad, se la coloco y mirandole a los ojos le dijo, llevo sirviendo desde los diez años a señores importantes y nunca debo mirarlos de frente, siempre temgo que hacerlo echando la mirada al suelo, asi esta convenido, y el le dijo, si tu quieres ya no tendras que afanarte en otra
casa que no sea la nuestra, y ella, con un temblor en los labios que delataba su emocion, confeso, quiero, pero no se leer ni escribir y tu, por lo que dicen, eres un hombre estudiado,
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