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No hay lugar ni momento de la historia que no haya contado con un nutrido escuadrón, con una abigarrada tropa de memos, imbéciles, alelados, bobos, estúpidos y gilipollas, todos los cuales han hecho alarde a lo largo de sus vidas más que de su malicia, de su innata torpeza y limitación intelectual. A esa limitación de la razón alude la lengua alemana cuando habla del tunte; o el húngaro, cuando describe al bobalicón y palurdo, a quien denomina tandi. Los clásicos griegos se referían a los tontos
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Pero no es en esta limitación de las facultades del espíritu donde únicamente se ceba con su dura carga semántica la voz ofensiva, el término insultante, la palabra injuriosa. No es el mentecato, el bobo o el imbécil lo único que reluce. Es más: los insultos que apelan a la cortedad del ingenio, o carencia
absoluta de luces son los menos graves, por ser a menudo los más obvios; como también lo son seguramente los nacidos de la mitomanía o la necesidad de mentir. El animus insultandi hispánico se explaya o acomoda mejor cuando se trata de ofensas o achaques, de improperios y agravios de otra naturaleza. El ingenio ibérico brilla y se luce cuando arremete contra el marido engañado, o se mete con el desviado sexual. Peor cariz toma el insulto que nace de creerse uno mejor que otro, o de creer a otro peor que uno; la peligrosa ofensa de connotaciones racistas o xenófobas, en que se tiene en cuenta el color
de la piel, los factores sanguíneos, la religión o la cultura. Siempre me ha sorprendido la forma de insultarse gravemente que tienen ciertas tribus bereberes, entre cuyos aborígenes cuando alguien quiere agraviar a otro le llama con asco haddad ben haddad, sintagma que en árabe no significa nada
particularmente grosero: "herrero, hijo de herrero"; sin embargo, la ofensa estriba en que el oficio descrito era sólo desempeñado en el sur de Marruecos, y el sahel u orilla del desierto por los indígenas del Sahara, despreciados como parias, a pesar de que también ellos eran seguidores del Profeta y observaban su ley, y la del libro sagrado del Corán. Tremendo cariz toma el alma de quien se complace en contemplar el escarnio ajeno, como apunta Juan de Zabaleta en su curioso librito El día de fiesta por la tarde, publicado a mediados de 1664, donde se lee: " ¡Oh dulcísimo sabor el del escarnio ajeno...! Gustamos de los defectos de los otros, porque parece que quedamos superiores a ellos...".
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