ORIGEN Y EVOLUCIÓN
De los dinosaurios a las aves
Aunque a mediados del siglo XXX el biólogo británico y ferviente evolucionista Thomas Henry Huxley sugirió el estrecho parentesco entre aves y dinosaurios, pocos se tomaron la molestia de contrastar seriamente esta revolucionaria idea hasta que en 1926 Gerhard Heilmann publicó la obra El origen de las aves.
Amparándose en el hecho de que los dinosaurios descubiertos hasta entonces carecían de espoleta, Heilmann afirmó que los dinosaurios y las aves, pese a su probable parentesco, sólo podían estar emparentados por un antepasado común mucho más antiguo. La afirmación de Heilmann no fue puesta en duda hasta mediados de los años setenta, cuando el paleontólogo John Ostrom, de la Universidad de Yale, empezó a comparar los detalles anatómicos de los dinosaurios terópodos con Arcbaeopteryx, la primera ave conocida.
John Ostrom, que ya había revolucionado la comunidad científica en 1964 al descubrir el ágil Deinonicbus –un terópodo bípedo corredor y capaz de saltar, que desmentía la idea de que los dinosaurios eran pesados y lentos-, afirmó que existían demasiadas similitudes entre este dinosaurio de 3 m y Arcbaeopteryx como para que se tratara de una simple convergencia evolutiva. Basándose en rasgos comunes a aves y terópodos, tales como una muñeca giratoria y una mano de tres dedos, el paleontólogo proclamó incluso que “ahora viven en forma de animales con plumas”.
Más aún que el descubrimiento de los terópodos ágiles, esta afirmación generó un acalorado debate que todavía tiene plena vigencia hoy en día; sin embargo, el descubrimiento subsiguiente de un terópodo recubierto con filamentos que recuerdan a las plumas y con una cintura escapular de ave (Sinosauropteryx), de otro capaz de aletear con sus pequeños brazos para mantener el equilibrio (Unenlagia) y de otros dos recubiertos con unas estructuras fibrosas químicas y/o estructuralmente similares a las plumas de las aves (Beipiaosaurus, Sbuvuia), así como la constatación de que muchos terópodos tenían sus dos clavículas unidas en espoleta, inclinaron definitivamente la balanza hacia los defensores de la idea de que las aves descienden de los dinosaurios.
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