La imagen y la memoria de Fernando e Isabel domina los siglos XVI y XVII hasta convertirse en verdadero mito. Los mismos reyes se cuidaron de crear en torno a su figura un nimbo de gloria que la posteridad recogió y amplió. Los cronistas y cortesanos de Fernando e Isabel, siempre dispuestos a censurar «los tiempos pasados», «el tiempo de las turbaciones», pintan todo el período anterior con tintas negras: guerra civil, bandolerismo, en una palabra: anarquía. Los Reyes Católicos restablecen el orden y la autoridad monárquica; España se convierte en una nación fuerte, dinámica y expansiva. Su llegada al trono significa un cambio de rumbo decisivo: «algo nuevo empieza en España», escribe Diego de Valera a principios de 1476 (Doctrinal de príncipes). Para el profesor Pedro Ciruelo, en 1498, se trata nada menos que de una edad de oro («Nunc igitur rediit aurea aetas»). En 1539, en las honras fúnebres para la emperatriz Isabel, nieta de la reina Isabel, el sermón del obispo de Nicaragua suena a blasfemia: «predicó en el propósito muy ruinmente, porque se metió en comparar abuela y nieta y dio muchas ventajas a la nieta en menoscabo de la abuela, insufrible comparación a los oídos deste reino». Y en el siglo siguiente, el cronista Diego de Colmenares no duda en exaltar a la reina como soberana fuera del común: «Sin competencia puede gloriarse [Segovia] de que con ella [la proclamación de Isabel] dio principio a la mayor monarquía que el mundo ha visto después de Adán, su universal señor». ... (ver texto completo)