Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

-Esta leña está húmeda -decía-, no quemará esta noche.
El «Noticiero» y el cementerio son y han sido siempre las formas de ejercicio que más han hablado a mi espíritu, mis balnearios preferidos para conservar el buen humor.
Pues bien, de él he heredado mi buen humor y la costumbre de visitar con frecuencia el cementerio. Esto resulta muy agradable, con tal de ir allí con un espíritu alegre, y otra cosa, todavía: me llevo siempre el periódico, como él hacía también
Bueno, pues ya lo saben. Y una cosa puedo decir en toda verdad: cuando veían a mi padre sentado allá arriba en el carruaje de la muerte, envuelto en su larga capa blanquinegra, cubierta la cabeza con el tricornio ribeteado de negro, por debajo del cual asomaba su cara rolliza, redonda y sonriente como aquella con la que representan al sol, no había manera de pensar en el luto ni en la tumba. Aquella cara decía: «No se preocupen. A lo mejor no es tan malo como lo pintan».
Buen Humor

Mi padre me dejó en herencia el mejor bien que se pueda imaginar: el buen humor. Y, ¿quién era mi padre? Claro que nada tiene esto que ver con el humor. Era vivaracho y corpulento, gordo y rechoncho, y tanto su exterior como su interior estaban en total contradicción con su oficio. Y, ¿cuál era su oficio, su posición en la sociedad? Si esto tuviera que escribirse e imprimirse al principio de un libro, es probable que muchos lectores lo dejaran de lado, diciendo: «Todo esto parece muy penoso; son temas de los que prefiero no oír hablar». Y, sin embargo, mi padre no fue verdugo ni ejecutor de la justicia, antes al contrario, su profesión lo situó a la cabeza de los personajes más conspicuos de la ciudad, y allí estaba en su pleno derecho, pues aquél era su verdadero puesto. Tenía que ir siempre delante: del obispo, de los príncipes de la sangre…; sí, señor, iba siempre delante, pues era cochero de las pompas fúnebres. ... (ver texto completo)
Y estrechando las manos de Dorotea entre las suyas, preguntó:

— ¿Quieres casarte conmigo?

Dorotea miró al príncipe. Tenía un rostro tierno y bondadoso, y ella le dijo que sí. Se despidió con un beso de su padre y de sus hermanas, y se alejó a caballo acompañada del príncipe.

- ¡Ha olvidado quitarse el delantal! -exclamaron riendo su padre y sus hermanas.

Nadie descubrió jamás lo que el príncipe le había susurrado a Dorotea al oído. Ella y el príncipe vivieron dichosos en el castillo sobre ... (ver texto completo)
- ¡Ojalá lo pudiera recordará Pero por más que se devanaba los sesos, lo cierto es que el secreto del príncipe le había entrado por un oído y salido por el otro.
Podrás guardar un secreto

Al séptimo día regresó el príncipe.

— ¿Has guardado mi secreto?

—No —contestó, pues era una muchacha muy sincera— Lo he perdido. Lo he olvidado por completo.

— ¿Que lo has olvidado? —exclamó el príncipe— ¡Qué curioso!

Entonces contempló el reluciente cabello y los ojos azules de Dorotea, y pensó: “Esta es la mujer que me conviene. ¡No me importa si es o no capaz de guardar un secreto!” ... (ver texto completo)
Lo ignoro, alteza.
—Veamos. —Y le murmuró un tercer secreto al oído.

— ¡Caramba! —exclamó Dorotea. Cuando el príncipe hubo partido a caballo hacia su castillo, Tania y Celia rogaron a su hermana:

— ¡Dinos lo que te ha contado!

Pero Dorotea sacudió la cabeza y se tapó las orejas con las manos, diciendo:

— ¡No puedo! ... (ver texto completo)
El príncipe preguntó a Tania y a Dorotea si su hermana les había revelado el secreto. “No, no”, fue la respuesta que obtuvo. Así que tendió sus manos a Celia y dijo:

—Entonces tú serás mi es...

Mas antes de poder decir “esposa”, se oyó un zumbido en la ventana y penetró una nube de abejas.

- ¡Ni una palabra más! -zumbaron las abejas—. ¡Nos lo ha contado a nosotras! Vino al huerto y lo susurró en voz alta. ¡Y nosotras que estábamos en los árboles pudimos oírlo!

Y las abejas murmuraron ... (ver texto completo)
Guardar un secreto
— ¡Llevas un agujero en el talón de tu media izquierda! El príncipe soltó la mano de Tania y se la quedó mirando con tristeza. —En ese caso, me temo que no puedes ser mi esposa —dijo.

Luego, volviéndose hacia Celia, preguntó con gran sencillez: — ¿Puedes tú guardar un secreto?

—Creo que sí, alteza. —Ya lo veremos.

Y le susurró un nuevo secreto al oído. — ¡Qué gracioso! —exclamó Celia. —Si guardas mi secreto durante una semana, serás mi esposa.
Tan pronto se hubo marchado, Tania y Dorotea le preguntaron qué le había murmurado el príncipe. Mas Celia se negaba a revelarlo.

— ¡Es un secreto!

Pero, ¡ay!, a medida que pasaban los días, cada vez le resultaba más difícil guardar el secreto.

¡Si pudiera compartirlo con alguien!

Al fin pensó: “Iré al huerto a murmurarlo. Será como contárselo a alguien, pero seguirá siendo un secreto.” Así pues, se dirigió al huerto, donde las copas de los árboles estaban rebosantes de flores rosas y blancas. Se detuvo debajo de un árbol frutal y susurró en voz alta el secreto del príncipe.
— ¡Qué bien me siento ahora!

Al día siguiente regresó el príncipe.

— ¿Has guardado mi secreto, Celia?

—Sí, alteza. ... (ver texto completo)
No —contestaron ambas.

El príncipe le tendió la mano a Tania y dijo:

—Entonces tú serás mi es...

Más antes de darle tiempo a decir “esposa”, entró brincando una ranita que exclamó:

— ¡No sigas! ¡Me lo ha contado a mí! Acudió al pozo a susurrar tu secreto, y como yo me hallaba en el fondo, ¡pude oírlo!
... (ver texto completo)
Guardar un secreto

Sin embargo, a medida que pasaban los días, Tania ardía en deseos de contarle a alguien el secreto. Al fin pensó: “Iré a susurrarlo al pozo. Será como contárselo a alguien, pero seguirá siendo un secreto.”

Con que se encaminó al pozo y, asomándose por el borde, susurró en voz alta el secreto del príncipe.

— ¡Ahora me siento mucho mejor!

Al séptimo día regresó el príncipe.
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—Me casaré con la que sea capaz de guardar un secreto —les dijo.
Las tres ocultaron la cara en sus delantales y exclamaron: “ ¡Oh!”

— ¿Puedes guardar un secreto, Tania? —preguntó el príncipe.

—Espero que sí —contestó Tania.

—Ya lo veremos. —Y el príncipe le cuchicheó al oído.

— ¡Vaya, qué curioso! —exclamó Tania.

—Volveré dentro de siete días —dijo el príncipe—. Si has sabido guardar el secreto, serás mi esposa.

No bien se hubo alejado, Celia y Dorotea empezaron a preguntarle qué era lo que el príncipe le había susurrado al oído. Pero Tania se negó a revelarlo.

— ¡Es un secreto! ... (ver texto completo)
Cuando su familia regresó a casa, había hilado hasta diez madejas de lana, ¡pero el guisado se había quemado!

— ¡Mira que eres olvidadiza!

—la reprendieron.

Un hermoso día de verano, un príncipe a caballo cruzó el bosque.

Al ver la casita, se apeó y llamó a la puerta.
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Vigila el puchero —le dijo su padre, y el y sus dos hermanas se disponían a ir al mercado. Y a los cinco minutos Dorotea no recordaba lo que le había dicho. Al fin decidió que su padre le había mandado ponerse a hilar.
Puedes guardar un secreto

Guardar un secreto
En medio de un amplio y verde bosque había una casita. En ella vivían un herrero y sus tres hermosas hijas. Tania, la mayor, era morena. Celia, la segunda, era rubia. Dorotea, la menor, tenía el cabello castaño y brillante y los ojos azules como el cielo. Pero Tania y Celia se burlaban siempre de que ella era muy despistada.
En esta también hay chicas con gafas.
Es esta otra?
Es esta la foto?
Hízolo así la niña.
Ya anochecido, regresaron de la caza los demás y se sentaron a la mesa. Mientras comían preguntaron a Benjamín:
— ¿Qué novedades hay?
A lo que respondió su hermanito:
— ¿No sabéis nada?
— No -dijeron ellos.
— ¿Conque habéis estado en el bosque y no sabéis nada, y yo, en cambio, que me he quedado en casa, sé más que vosotros? -replicó el chiquillo.
— Pues cuéntanoslo -le pidieron.
— ¿Me prometéis no matar a la primera niña que encontremos?
— Sí -exclamaron todos-, la ... (ver texto completo)
Mostróle al mismo tiempo las doce camisas, con lo cual Benjamín conoció que era su hermana.
— Yo soy Benjamín, tu hermano menor- le dijo. La niña se echó a llorar de alegría, igual que Benjamín, y se abrazaron y besaron con gran cariño. Después dijo el muchacho:
— Hermanita mía, queda aún un obstáculo. Nos hemos juramentado en que toda niña que encontremos morirá a nuestras manos, ya que por culpa de una niña hemos tenido que abandonar nuestro reino.
A lo que respondió ella:
— Moriré gustosa, si de este modo puedo salvar a mis hermanos.
— No, no -replicó Benjamín-, no morirás; ocúltate debajo de este barreño hasta que lleguen los once restantes; yo hablaré con ellos y los convenceré. ... (ver texto completo)
La Reina le dijo entonces:
— Dónde están, sólo Dios lo sabe. Andarán errantes por el vasto mundo. Y, llevando a su hija al cuarto cerrado, abrió la puerta y le mostró los doce ataúdes, llenos de virutas y con sus correspondientes almohadillas:
— Estos ataúdes -díjole- estaban destinados a tus hermanos, pero ellos huyeron al bosque antes de nacer tú -y le contó todo lo ocurrido. Dijo entonces la niña:
— No llores, madrecita mía, yo iré en busca de mis hermanos.
Y cogiendo las doce camisas se ... (ver texto completo)
Entretanto había crecido la niña que diera a luz la Reina; era hermosa, de muy buen corazón, y tenía una estrella de oro en medio de la frente. Un día que en palacio hacían colada, vio entre la ropa doce camisas de hombre y preguntó a su madre:
— ¿De quién son estas doce camisas? Pues a mi padre le vendrían pequeñas.
Le respondió la Reina con el corazón oprimido:
— Hijita mía, son de tus doce hermanos.
— ¿Y dónde están mis doce hermanos -dijo la niña-. Jamás nadie me habló de ellos:
Los 12 hermanos

Éranse una vez un rey y una reina que vivían en buena paz y contentamiento con sus doce hijos, todos varones. Un día, el Rey dijo a su esposa:
— Si el hijo que has de tener ahora es una niña, deberán morir los doce mayores, para que la herencia sea mayor y quede el reino entero para ella.

Y, así, hizo construir doce ataúdes y llenarlos de virutas de madera, colocando además, en cada uno, una almohadilla. Luego dispuso que se guardasen en una habitación cerrada, y dio la llave a la Reina, con orden de no decir a nadie una palabra de todo ello.
Pero la madre se pasaba los días triste y llorosa, hasta que su hijo menor, que nunca se separaba de su lado y al que había puesto el nombre de Benjamín, como en la Biblia, le dijo, al fin:
— Madrecita, ¿por qué estás tan triste?
— ¡Ay, hijito mío! -respondióle ella-, no puedo decírtelo. ... (ver texto completo)
- ¡Cargad el cañón grande!

Poco después hicieron fuego.

- ¡Bruum!

El dragón oyó el estampido del disparo; vio una nube de humo y una bala de cañón que iba hacia él. La bala redonda brillaba con las primeras luces de la mañana y el dragón pensó que le devolvían su perla. Por eso, abrió la boca y se tragó la bala.

Entonces, el dragón se hundió en el mar y nunca más volvió a aparecer. Desde aquel día, la perla del dragón fue la joya más preciada del tesoro imperial de la China.
El barco, aprovechando un viento suave, se hizo a la mar.

En cuanto salió el sol, el dragón fue a recoger la perla para jugar, como hacía todas las mañanas. Entonces, descubrió que le habían robado su perla. Comenzó a echar humo y fuego por la boca y se lanzó, monte abajo, en persecución de los ladrones.

Recorrió todo el monte, buscó la perla por todas partes, pero no pudo hallarla. Entonces, divisó un junco chino que navegaba rumbo a alta mar. El dragón saltó al agua y nadó velozmente hacia ... (ver texto completo)
Los hombres comenzaron a trabajar y pronto hicieron una linterna de papel. Después de siete días de trabajo, hicieron una cometa muy hermosa, que podía resistir el peso de un hombre. Al anochecer, comenzó a soplar el viento. El Príncipe montó en la cometa y se elevó por los aires.

La noche era muy oscura cuando el Príncipe bajó de la cometa en lo alto del monte y se deslizó dentro de la cueva.

El dragón dormía profundamente. Con todo cuidado, el Príncipe se apoderó de la perla, puso en su lugar ... (ver texto completo)
Hijo mío, la perla del dragón debe formar parte del tesoro imperial. Estoy seguro de que encontrarás la forma de traérmela.

Después de varias semanas de travesía, el Príncipe llegó a las costas de Borneo.

A lo lejos se recortaba el monte Kinabalu, y en lo alto del monte el dragón jugaba con la perla.

De pronto, el Príncipe comenzó a sonreír porque había trazado un plan. Llamó a sus hombres y les dijo:

-Necesito una linterna redonda de papel y una cometa que pueda sostenerme en el aire.
La perla del dragón

Hace muchísimos años, vivía un dragón en la isla de Borneo; tenía su cueva en lo alto del monte Kinabalu.

Aquél era un dragón pacífico y no molestaba a los habitantes de la isla. Tenía una perla de enorme tamaño y todos los días jugaba con ella: lanzaba la perla al aire y luego la recogía con la boca.

Aquella perla era tan hermosa, que muchos habían intentado robarla. Pero el dragón la guardaba con mucho cuidado; por eso, nadie había podido conseguirlo.

El Emperador ... (ver texto completo)
¡Qué bien que la hormiguita estuviese ahí para ayudarla!

Cuando pasó el peligro, la paloma fue en busca de la hormiga para agradecerle lo que había hecho por ella.

Ambas se sentían muy contentas de haberse ayudado, pues eso las uniría para siempre. La paloma y la hormiga supieron entonces que su amistad duraría ya toda la vida.
- No te preocupes- dijo la paloma-, ahora te ayudaré a salir del agua.

La paloma cogío rápidamente una ramita y se la acercó a la hormiga para que pudiera salir del agua. La pobre estaba agotada, un poco más y no lo cuenta. Quedó muy agradecida.

Poco después, mientras la hormiguita se secaba las ropas al sol, vio a un cazador que se disponía a disparar su escopeta contra la paloma. La hormiga reaccionó con rapidez, ¡tenía que impedir como fuese que el cazador disparase a su salvadora!

Y ... (ver texto completo)
Socorro! -decía la débil voz-. Por favor, ayúdeme a salir o moriré.

La paloma miró por todaspartes, pero no vio a nadie.

- Rápido, señora paloma, o me ahogaré.

- ¡Estoy aquí, en el agua!

- se oyó.
... (ver texto completo)
La paloma y la hormiga

Un bonito día de primavera, cuando ya el sol iba cayendo en un caluroso atardecer, una blanca paloma se acercó a la fuente del río para beber de su cristalina y fresca agua. Necesitaba calmar la sed desúes de estar todo el día volando de acá para allá. Mientras bebía en la fuente, la paloma oyó unos lamentos.
Buenos días Alconchel y alconcheleros. ¿Cómo va la resaca? ¡Venga levantaos que ya tocaron Diana hace rato y tenéis que asistir a Misa de Difuntos. Yo me voy a recoger las cerezas, que aunque la Primavera llegó, y yo no me dí ni cuenta, el momento de la maduración ha llegado y antes de que se las coman los pajaritos pues... no nos queda más remedio que "engarabitarse" en lo alto del cerezo procurando no pegarnos una costalá. Un beso y hasta luego
Buenos días Milagros, cuidadin con las cerezas, jejejje
¡Que poco cuesta Tenerte en el pensamiento y rezar una Salve por todos los que pensamos en ti!

... Adiós alhelí, adiós azucena, adiós clavellina, adiós ROSA BELLA!
Espero que pongan pronto las fotos que he mandado.

Buenos días Milagros, este año te conformarás con las fotos.. Un besazooooooooooooooo mozona.
Nos vemos......?
nerviosamente con periódicos. — ¡Uf! —exclamó el hombre, ¡y se quitó el chaleco!

El Viento estaba indignado. —Tramposo —le murmuró al Sol, alejándose muy enfadado— ¡El hombre siempre te ha preferido a ti!
— ¡Uf! ¡Qué calor! —dijo, desabrochándose el chaleco. El Sol brillaba con tanta fuerza, que hasta el alquitrán de las carreteras se volvió pegajoso. — ¡Uf! ¡Esto es demasiado! —dijo el hombre, mirando a las personas que veía sentadas en los bancos, abanicándose
El Sol continuó brillando y el hombre tuvo que desabrocharse el abrigo y secarse el sudor de la frente. " ¡Qué tiempo tan raro!", pensó. El Sol brilló y brilló hasta que el hombre se quitó la chaqueta y se aflojó el nudo de la corbata.
El Viento rugió y rugió y provocó que el autobús se balanceara de una manera peligrosa sobre sus ruedas. — ¡Brrr! ¡Vaya tiempo! —dijo el conductor— Llevaré el autobús a la terminal. ¡Este viento es capaz de hacernos volcar estrepitosamente! El Viento sopló y silbó y aulló y rugió contra el edificio de la terminal hasta erosionar su fachada. —Está bien, sabelotodo, me rindo —dijo al Sol entre despectivo y defraudado— ¡Pero apuesto a que tú no lo haces mejor! Entonces el Sol comenzó a brillar. Una ... (ver texto completo)
El Viento se puso a silbar y aullar. El hombre no sabía cómo protegerse de la ventolera. Total que decidió ir al trabajo en autobús. — ¡Brrr! ¡Brrr! ¡Qué asco de tiempo!
— ¡Brrr! ¡Vaya tiempecito! —dijo éste, abrochándose los botones y alzándose el cuello del abrigo.
— ¿Quién? ¿Yo? —sonrió el Sol— No, no, temo que te equivocas, don Viento. — ¿Y qué sabes hacer tú, que pareces una enorme naranja? ¡Te desafio a que midamos nuestras fuerzas! —Está bien —dijo el Sol— ¿Ves a ese hombre caminando por la calle del Sauce? Se dirige a su trabajo. Apuesto a que no puedes despojarle del chaleco antes de que tome el tren de la mañana. El Viento soltó una carcajada y se revolcó de risa. — ¿Ese tipo tan enclenque? ¡Le dejaré en cueros! Entonces sopló y sopló con tal fuerza ... (ver texto completo)
quién es más fuerte?

El Viento siempre andaba jactándose: —Soy más fuerte que nadie. Puedo derribar árboles y sepultar montañas en la nieve. Puedo destrozar embarcaciones lanzándolas contra las rocas y llevarme los tejados de las casas. ¡Soy el más fuerte! El Sol pasó junto a él sonriendo para sí y meditando. — ¡Soy más fuerte que tú, estúpido! —se mofó el Viento.
Tina vio alejarse la bici espacial con la que Miguel se perdía en la noche.

En un segundo, estuvo a cien metros. En dos segundos, había subido un kilómetro. Y un minuto más tarde seguía subiendo...

Al fin, Miguel encontró el interruptor y la bicicleta se detuvo. Miró hacia abajo por primera vez.

Colgada en la oscuridad divisó una pequeña bola verde y azul. "Qué color más raro para una pelota de tenis", pensó.

Pero no era una pelota. ¡Era la Tierra! Se veían claramente Africa y la India. ... (ver texto completo)
Era demasiado tarde...

Al apretar Miguel el botón, se oyó un ruido sordo debajo del sillín y los cohetes se pusieron en marcha.

- ¡Has de apretar el interruptor para desconectarlos!

— ¿Dónde está?

Pero antes de que Tina pudiera responder, sonó una explosión y de la parte trasera de la bici se escapó una llamarada de color púrpura.
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— ¡Pero si lo llevas puesto!

De vez en cuando el casco soltaba como un leve silbido.

—Es el oxígeno -dijo Tina.

Miguel llevaba también un reluciente traje espacial, con grandes bolsillos para las provisiones. Montó de un salto en la bici, listo para lanzarse a pedalear.

Primero avanzó vacilante en una dirección... luego en la otra. ¡Al fin lo consiguió!
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la bici de miguel

Muy sigilosamente, Miguel ayudó a Tina a transportar la bici escaleras abajo hasta el jardín. ' ¡Menuda sorpresa tendrían mamá y papá si me vieran ahora!", pensó él.

Cuando salieron al jardín, iluminado por la Luna, Tina saltó sobre el rayo del espacio y salió disparada.

— ¡Mírame, Miguel! ¡Qué divertido es pedalear en esta bicicleta espacial!

Miguel estaba impaciente por montar en ella y cuando Tina se bajó, saltó sobre el rayo del espacio y exclamó:
... (ver texto completo)
Asombrado, Miguel la miró, boquiabierto, y se cayó de la cama. Allí mismo, en su cuarto, estaba la bici en tamaño natural... y la chica del póster en carne y hueso.

— ¿Quién eres tú? —preguntó Miguel, hecho un lío.

—Me llamo Tina y soy una ciclista del espacio.

¡Vamos a dar una vuelta!
Cada noche, antes de dormirse, se quedaba largo rato mirándolo. Luego, soñaba con ella.

Una noche de verano, acababa de cerrar los ojos cuando de repente oyó un ruido extraño.

Se incorporó rápidamente y vio que el póster se agitaba violentamente. De pronto sonó como un silbido y la bici se desprendió de la pared y fue a caer al suelo.