Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Caperucita Roja levantó sus ojos, y cuando vio los rayos del sol danzando aquí y allá entre los árboles, y vio las bellas flores y el canto de los pájaros, pensó: “Supongo que podría llevarle unas de estas flores frescas a mi abuelita y que le encantarán. Además, aún es muy temprano y no habrá problema si me atraso un poquito, siempre llegaré a buena hora.” Y así, ella se salió del camino y se fue a cortar flores. Y cuando cortaba una, veía otra más bonita, y otra y otra, y sin darse cuenta se fue ... (ver texto completo)
– “ ¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?”

– “Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, al lado de unos avellanos. Seguramente ya los habrás visto,” contestó inocentemente Caperucita Roja. El lobo se dijo en silencio a sí mismo: “ ¡Qué criatura tan tierna! qué buen bocadito – y será más sabroso que esa viejita. Así que debo actuar con delicadeza para obtener a ambas fácilmente.” Entonces acompañó a Caperucita Roja un pequeño tramo del camino ... (ver texto completo)
– “ ¿Adonde vas tan temprano, Caperucita Roja?”

– “A casa de mi abuelita.”

– “ ¿Y qué llevas en esa canasta?”

– “Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita enferma va a tener algo bueno para fortalecerse.”
“Buenos días, Caperucita Roja,” dijo el lobo. “Buenos días, amable lobo.”
La abuelita vivía en el bosque, como a un kilómetro de su casa. Y no más había entrado Caperucita Roja en el bosque, siempre dentro del sendero, cuando se encontró con un lobo. Caperucita Roja no sabía que esa criatura pudiera hacer algún daño, y no tuvo ningún temor hacia él.
“No te preocupes, haré bien todo”, dijo Caperucita Roja, y tomó las cosas y se despidió cariñosamente.
Caperucita Roja

Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquél que la conociera, pero sobre todo por su abuelita, y no quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña caperuza o gorrito de un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quería usar otra cosa, así que la empezaron a llamar Caperucita Roja. Un día su madre le dijo:“Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una botella de vino, llévaselas en esta canasta a tu abuelita que esta ... (ver texto completo)
¿Qué le dijo una uva verde a una uva morada?

Respira, respira...
Qué se dijo una cereza al verse en un espejo?

¿Sere eza yo?
Una manzana está esperando en una parada de autobús y se acerca un melocotón y le pregunta:

- ¿Hace cuánto que espera?

Y la manzana le contesta:

- No soy pera. Soy manzana
Y se pusieron muy malitos,
y se pusieron muy malitos,
y se tuvie-vie-vieron que volver,
y se tuvie-vie-vieron que volver,
¡oe! ¡oe! ¡oe! ¡oe! ¡oe! ¡oe!
Y prepararon calcetines,
y prepararon calcetines,
con salsa blan-blan-blanca y al jerez,
con salsa blan-blan-blanca y al jerez,
¡oe! ¡oe! ¡oe! ¡oe! ¡oe! ¡oe!
Por fin la vieja corneja y el matorral se sentían satisfechos. Ahora, y para siempre, el árbol tendría un motivo para sentirse útil, razón por la cual nunca más volvería a quejarse. Y así fue.
—Puede que esté así ahora —replicó el árbol—, pero la madreselva confía en que yo la protegeré hasta la primavera. Entonces crecerá todavía más grande y fuerte que el año pasado. Se hará tan grande que me cubrirá por completo. ¿Y qué decir del aroma, corneja? ¿Te imaginas lo hermosa que será?
La vieja corneja se acercó volando al árbol y le preguntó qué aliciente tenía para vivir.

—No puedo entretenerme hablando, corneja. Estoy protegiendo del viento a la madreselva.

—Pero si estamos en invierno y está toda marrón y marchita.
A partir de aquel día el árbol no volvió a quejarse jamás. Ni una sola vez.

Ya en invierno, se presentó la vieja corneja y le dijo al matorral:

—Hace días que no oigo quejarse al árbol. Debe haberse hecho un propósito en la vida. ¿Cúal es?

—Eso pregúntaselo a él —contestó el matorral.

El arbol del matorral
Le costó, pero el árbol estuvo todo un año sin quejarse una sola vez.

Ni siquiera cuando apareció la sequía en verano. Ni cuando estuvo lloviendo durante todo el mes de octubre. Ni cuando soplaron los fuertes vientos invernales.

Un día, a la primavera siguiente, la madreselva echó un pequeño retoño.

A medida que crecía iba rodeando el tronco del árbol y extendiéndose sobre sus ramas. Sus verdes hojas dieron relevancia, en mayo, a las flores blancas del manzano. Cuando el viento de junio ... (ver texto completo)
—Bueno, que la madreselva no está interesada. Dice que te quejas demasiado.

El árbol guardó silencio de nuevo. Luego dijo:

—Si prometo quejarme menos,

¿no podrías convencerla para que creciera sobre mí?

—Si estuvieras todo un año sin quejarte, a lo mejor aceptaría —contestó el matorral.
no gusto porque soy feo. Mis flores sólo duran unos pocos días antes de que las arranque el viento. Mis hojas no son hermosas y mis manzanas silvestres saben a rayos.

— ¡Pues eso tiene fácil solución! —exclamó el matorral—. Le pediré a la madreselva que crezca alrededor de tu tronco y sobre tus ramas. De este modo, la mayor parte del año estarás cubierto de flores fragantes y grandes hojas.

El árbol del matorral
El árbol del matorral

Lo malo es que…

—Sigue, sigue —le apremió el árbol.
El árbol, sorprendido, no sabía qué contestar. Había tantas cosas…, total que empezó a recitar una lista detallada de las mismas.

—No, no, no me digas tantas cosas, dime lo peor.

El árbol guardó silencio durante varios días. Al fin, murmuró tristemente:

—Lo peor es que no gusto a nadie.
Dime, árbol —le dijo un día de sopetón el matorral—, ¿qué es lo más terrible de tu existencia?
La primavera dio paso al verano y el matorral se puso verde y florido. Como de costumbre, entre sus hojas creció una madreselva silvestre, entrelazando sus tallos y fragantes flores. Los abejorros zumbaban en el cálido aire de la tarde.
– ¿Qué puedo hacer para que deje de quejarse el árbol?

La corneja se puso a reflexionar y al fin dijo:

—Se queja porque no tiene ningún propósito en la vida.

— ¿Pero dónde hallar un aliciente o un sentido para su vida? —preguntó el matorral.

— ¡Amigo matorral! Lo tienes muy cerca.
El matorral decidió que era preciso hacer algo para acabar con las quejas del árbol. Pero ¿qué?

el-arbol-del-matorral2La mejor amiga del matorral era la corneja, a quien le gustaba saltar por entre los arbustos y las plantas en busca de gusanos y ahuyentar a los mirlos y a los herrerillos. Cuando se cansaba de ese pasatiempo, se posaba sobre el matorral para parlotear con él y disfrutar del paisaje.

Un día, al aparecer la vieja corneja, el matorral le explicó su problema:
Ya me estoy hartando de tus quejas, árbol. Si no tienes nada agradable que decir, será mejor que te calles de una vez.

El árbol se puso a refunfuñar para sus adentros, mirando a su alrededor en busca de más motivos para quejarse. Se hacía la vida imposible. El campo no tardaría en anegarse, las vacas destrozarían el matorral y las cornejas invadirían el campo. Se dejarían la verja abierta y entrarían las ovejas. Pensaba y hablaba continuamente.
—Más tarde se pondrá a llover y seguramente seguirá lloviendo todo el día de mañana. Además, soplará el viento.

El árbol del matorral
El árbol del matorral

Quizá se rompan algunas de mis ramas…

—Pero el viento trae consigo un tiempo más templado —dijo el matorral.

—Además —prosiguió el árbol, sin prestar atención al matorral—, esos horribles pájaros pronto harán sus nidos y se comerán nuestros retoños…
El árbol del matorral

El árbol no paraba de quejarse, y el matorral estaba empezando a cansarse de él. En comparación con otros árboles, éste era más bien pequeño, pues no era sino un manzano silvestre, no mucho mayor que el matorral. Sus ramas eran oscuras y retorcidas, y sus frutos no pasaban de ser manzanitas amargas que nadie quería.

Era primavera, y el árbol seguía quejándose sin parar. Decía:
El pequeño abrió de par en par los ojos y clavó la mirada en el rostro esplendoroso del ángel; y en el mismo momento se encontraron en el Cielo de Nuestro Señor, donde reina la alegría y la bienaventuranza. Dios apretó al niño muerto contra su corazón, y al instante le salieron a éste alas como a los demás ángeles, y con ellos se echó a volar, cogido de las manos. Nuestro Señor apretó también contra su pecho todas las flores, pero a la marchita silvestre la besó, infundiéndole voz, y ella rompió ... (ver texto completo)
Lo sé -respondió el ángel-, porque yo fui aquel pobre niño enfermo que se sostenía sobre muletas. ¡Y bien conozco mi flor!
-Pero, ¿cómo sabes todo esto? -preguntó el niño que el ángel llevaba al cielo.
Un día de primavera, su vecinito le trajo también flores del campo, y, entre ellas venía casualmente una con la raíz; por eso la plantaron en una maceta, que colocaron junto a la cama, al lado de la ventana. Había plantado aquella flor una mano afortunada, pues, creció, sacó nuevas ramas y floreció cada año; para el muchacho enfermo fue el jardín más espléndido, su pequeño tesoro aquí en la Tierra. La regaba y cuidaba, preocupándose de que recibiese hasta el último de los rayos de sol que penetraban ... (ver texto completo)
En aquel angosto callejón, en una baja bodega, vivía un pobre niño enfermo. Desde el día de su nacimiento estuvo en la mayor miseria; todo lo que pudo hacer en su vida fue cruzar su diminuto cuartucho sostenido en dos muletas; su felicidad no pasó de aquí. Algunos días de verano, unos rayos de sol entraban hasta la bodega, nada más que media horita, y entonces el pequeño se calentaba al sol y miraba cómo se transparentaba la sangre en sus flacos dedos, que mantenía levantados delante el rostro, diciendo: ... (ver texto completo)
Remontaron el vuelo, y el ángel dio principio a su relato:
-Vamos a llevárnosla -dijo el ángel-. Mientras volamos te contaré por qué.
Entre todos aquellos desperdicios, el ángel señaló los trozos de un tiesto roto; de éste se había desprendido un terrón, con las raíces, de una gran flor silvestre ya seca, que por eso alguien había arrojado a la calleja.
-Ya tenemos un buen ramillete -dijo el niño; y el ángel asintió con la cabeza, pero no emprendió enseguida el vuelo hacia Dios. Era de noche, y reinaba un silencio absoluto; ambos se quedaron en la gran ciudad, flotando en el aire por uno de sus angostos callejones, donde yacían montones de paja y cenizas; había habido mudanza: se veían cascos de loza, pedazos de yeso, trapos y viejos sombreros, todo ello de aspecto muy poco atractivo.
Recogieron luego muchas flores magníficas, pero también humildes ranúnculos y violetas silvestres.
Y el ángel lo cogió, dando un beso al niño por sus palabras; y el pequeñuelo entreabrió los ojos.
Pobre rosal! -exclamó el niño-. Llévatelo; junto a Dios florecerá.
Crecía allí un magnífico y esbelto rosal, pero una mano perversa había tronchado el tronco, por lo que todas las ramas, cuajadas de grandes capullos semiabiertos, colgaban secas en todas direcciones.
- ¿Cuál nos llevaremos para plantarla en el cielo? -preguntó el ángel.
He aquí lo que contaba un ángel de Dios Nuestro Señor mientras se llevaba al cielo a un niño muerto; y el niño lo escuchaba como en sueños. Volaron por encima de los diferentes lugares donde el pequeño había jugado, y pasaron por jardines de flores espléndidas.
El ángel

Cada vez que muere un niño bueno, baja del cielo un ángel de Dios Nuestro Señor, toma en brazos el cuerpecito muerto y, extendiendo sus grandes alas blancas, emprende el vuelo por encima de todos los lugares que el pequeñuelo amó, recogiendo a la vez un ramo de flores para ofrecerlas a Dios, con objeto de que luzcan allá arriba más hermosas aún que en el suelo. Nuestro Señor se aprieta contra el corazón todas aquellas flores, pero a la que más le gusta le da un beso, con lo cual ella ... (ver texto completo)
Que perros tan bonitos, me encanta el Collie Rough.
Tenemos aquí un panteón de familia. Todos los miembros de ella estaban tan concordes en sus opiniones, que aun cuando el mundo entero y el periódico dijesen: «Es así», si el benjamín de la casa decía, al llegar de la escuela: «Pues yo lo he oído de otro modo», su afirmación era la única fidedigna, pues el chico era miembro de la familia. Y no había duda: si el gallo del corral acertaba a cantar a media noche, era señal de que rompía el alba, por más que el vigilante y todos los relojes de la ciudad ... (ver texto completo)
Aquí reposa una viuda, que tenía miel en los labios y bilis en el corazón. Visitaba las familias a la caza de los defectos del prójimo, de igual manera que en días pretéritos el «amigo policía» iba de un lado a otro en busca de una placa de cloaca que no estaba en su sitio.
Yace aquí una doncella de otro cuño. Cuando el canario del corazón empieza a cantar, la razón se tapa los oídos con los dedos. La hermosa doncella entró en la gloria del matrimonio… Es ésta una historia de todos los días, y muy bien contada además. ¡Dejemos en paz a los muertos!
Aquí yace una señorita de buena familia; se moría por lucir la voz en las veladas de sociedad, y entonces cantaba una canción italiana que decía: «Mi manca la voce!» (« ¡Me falta la voz!»). Es la única verdad que dijo en su vida.
Aquí reposa una mujer codiciosa. En vida se levantaba por la noche a maullar para hacer creer a los vecinos que tenía gatos; ¡hasta tanto llegaba su avaricia!
Y luego se volvía a ver qué gente había, y notaba que se reían a deshora, en ocasiones en que la risa no venía a cuento, y el hombre se encolerizaba y sufría. No podía soportarlo, y era un desgraciado. Y helo aquí: hoy reposa en su tumba.