Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

No seas vago! -dijo la anciana-No podemos quedarnos en la cama todo el invierno. Tú eres el hijo más fuerte que tengo, así que deberás traer la leña.
Para qué? -preguntó el muchacho-. Cuando haga mucho frío, podemos meternos en la cama y no hará falta encender el fuego.
El ogro del bosque

Había una vez una anciana que vivía con sus tres hijos en una casita de madera, a la entrada de un bosque muy oscuro.

Un año, al acercarse el invierno, la anciana pidió a su hijo mayor que fuera al bosque y cortara un árbol para hacer leña.
El arco iris se deshizo luego y desapareció.

- ¡No importa! -dijo el viento-. Habrá otro arco iris mañana. Y si no, la semana próxima.

-Y yo podré tenerlos de nuevo en la mano -dijo Juanito orgullosísimo.
- ¡Es verdad! -dijo Juanito.

-Abre la mano -le ordenó el viento. Juanito extendió la mano, en la que guardaba el arco iris, y el viento le sopló como se hace con unos tizones para avivar el fuego. Y al soplar, el pedazo de arco iris fue creciendo y creciendo hasta llegar al punto más alto del cielo. No era un arco iris simple, sino que se había convertido en dos, y el de debajo resultaba ser el más grande y brillante que Juanito había visto en su vida. Muchos pájaros se asombraron tanto al verlo, ... (ver texto completo)
Y se marchó bailando para enseñárselo a todo el mundo.

Juanito se quedó tristísimo con la pizca de arco iris que aún le quedaba. Al momento, oyó un susurro, se dio media vuelta y vio los volatines de su amigo, el viento del oeste, vestido de amarillo, marrón y rosa.

-Bueno -dijo el Viento-. ¡El genio de la cascada ya te advirtió que es difícil conservar un arco iris! Y aunque ya no lo tengas, eres un

chico con suerte. Puedes oír mi canción y has crecido tres centímetros en un solo día.
Bueno, ¿qué iba a hacer él? Sacó del bolsillo lo que le quedaba del arco iris y vendó con éste la pierna de Marita. Pero todavía pudo quedarse con un trocito muy pequeñito que sobró.

Marita estaba embelesada viendo el arco iris alrededor de la pierna.

Gritaba…

- ¡Es maravilloso! ¡He dejado de sangrar!
-Más vale que no sigas comiendo -dijo la señora.

Juanito guardó en el bolsillo el pedazo de arco iris. Ya no quedaba mucho.

Cerca del molino de viento donde vivía, su hermana Marita le salió al encuentro. Tropezó con una piedra, cayó al suelo y se hizo una herida en la pierna. La herida sangraba, y Marita, que sólo tenía cuatro años, empezó a llorar.

- ¡Mi pierna! ¡Me duele muchísimo! ¡Por favor, Juanito, ponme una venda, date prisa!
Es lo mejor que he comido en todo el año -dijo doña Benita- Estoy harta del pan negro. Noto que este pastel me está sentando muy bien.

Tenía mejor aspecto. Se le colorearon las mejillas y empezó casi a sonreír. Juanito, por su parte, después de haber comido su pedazo de pastel, creció tres centímetros.
A Juanito no le apetecía nada darle un pedazo de su tesoro, pero la mujer parecía muy enferma. De mala gana entró en la cocina y ella cortó un gran pedazo de arco iris con un cuchillo de pan. Luego preparó una pasta dura con harina y leche hervida, añadió el trozo de arco iris y cocinó la mezcla. Dejó enfriar el pastel, lo cortó en pedazos y se los comió con mantequilla y azúcar. Juanito también probó un trozo. Estaba delicioso.
Oye, chico, ¿me das un pedacito de ese arco iris que te asoma por el bolsillo? Estoy muy enferma. El médico me ha recomendado un pastel de arco iris para curarme.
En el lindero del bosque había una casita en la que vivía la vieja señora Benita. Tenía muy mal carácter. Si por casualidad caía una pelota en su jardín, la cocinaba en el horno hasta convertirla en carbón. Y todo lo que comía era de color negro: pan quemado, té negro, aceitunas negras. Llamó a Juanito y le dijo:
Muchas gracias, muchas gracias -masculló, y desapareció en su guarida.

Juanito enrolló de nuevo el arco iris y se lo guardó en el bolsillo. Pero los afilados dientes de la trampa habían rasgado un gran trozo del arco iris, y el trozo se disipó.
Querido niño -gimió el tejón-, déjame salir, o vendrán los hombres y los perros y me matarán.

-Me gustaría ayudarte, pero para abrir esa trampa necesitaría una llave.

-Con la punta de ese arco iris que veo en tu bolsillo podrás forzar la puerta.

Y así fue. Cuando Juanito empujó la punta del arco iris entre los bordes, la trampa se abrió y el tejón pudo escapar.
Al atravesar el bosque oyó que alguien lloraba, escondido en un rincón oscuro entre los árboles. Se acercó para averiguar qué era y vio a un tejón que había caído en una trampa.
Qué maravilla! -exclamó. Tomó el arco iris con las dos manos, sosteniéndolo como una bufanda, y se quedó admirado de sus brillantes colores. Lo enrolló con gran cuidado y se lo guardó en el bolsillo. Luego emprendió el camino de regreso hacia su casa.
El genio saltó del cubo y se sumergió en la cascada.

Entonces salió de las gotas de agua un arco iris, que fue a posarse en el cubo de Juanito.
Era un pececillo.

- ¿Quién eres? -dijo Juanito.

-Soy el Genio de la catarata. Echame otra vez al agua y te recompensaré con un regalo.

-Sí -dijo el niño-, te echaré al agua, pero, por favor, ¿puedes darme un arco iris que me quepa en el bolsillo?

-iHmmm! -dijo el Genio-. Te daré un arco iris, pero no es fácil de guardar. Creo que ni siquiera conseguirás llevártelo a casa. Pero si quieres uno, aquí lo tienes.
Juanito permaneció todo el día en las cataratas, recogiendo con el cubo las gotas de agua. Por fin, ya cuando se iba a poner el sol, tuvo todo el cubo lleno, justo hasta el borde. Entonces vio dentro del cubo algo que se movía de aquí para allá, y que relucía con los brillantes colores del arco iris.
Por suerte, el día siguiente era sábado. Juanito cogió su almuerzo y un cubo, y caminó por el campo hasta las cataratas, llamadas “Salto del Pavo Real”, en donde el agua, al saltar por las rocas, formaba unas gotitas que resplandecían con unos colores maravillosos, como los de un pavo real.
- ¿Un arco iris para ti solo? Es difícil -dijo el Viento-. Muy difícil. Toma un cubo y ve caminando por el campo hasta que llegues al Salto del Pavo Real. Llena el cubo de gotas de agua. Tardarás bastante. Pero cuando lo tengas lleno, encontrarás dentro algo que puede darte un arco iris.
- ¡Oh, no! Por favor, preferiría un arco iris para mí solo.

Y es que, con frecuencia, en el cielo de aquel valle salían preciosos arco iris, aunque para Juanito siempre desaparecían demasiado pronto.
- ¡Sí! ¡Esa es! ¡Qué listo eres, Juanito! -y revoloteó a su alrededor, jugueteando amable y despeinándole.

-Te haré un regalo -dijo, y siguió cantando la melodía que le había silbado Juanito-. Será un tesoro: una llave de plata y un rizo de oro.

Juanito no sabía para qué podían servirle estas cosas, de modo que se apresuró a decir:
- ¡Mi canción! ¡He olvidado mi canción favorita!

Juanito silbó una melodía y preguntó al viento:

- ¿Es ésta tu canción?

El viento se quedó encantado.
- ¿Qué es lo que has olvidado, Viento? -preguntó Juanito, volviéndose para mirarlo. Estaba pardo, azul y tembloroso, y tenía manchas doradas.
- ¡Ay de mí! ¡Ay! ¡Oh, soplar y resoplar! ¡La he olvidado!
Un día, al caminar hacia casa por el sendero, Juanito oyó al viento del oeste que se quejaba y suspiraba.
El niño que quería un arco iris

Todos los días, Juanito volvía andando de la escuela por un verde y delicioso valle, en el que crecían las campanillas y pacían las ovejas. Siempre iba silbando. Juanito sabía silbar más canciones que todos sus amigos; se acordaba de todas las canciones que escuchaba porque había nacido en un molino, en el momento justo en que el viento cambiaba del sur al oeste. También podía ver cómo soplaba el viento, y esto es algo que muy poca gente puede observar.
“Esta es la espada Excalibur. Quien consiga sacarla de este yunque, será rey de Inglaterra”
Pegaso, nos llevarás a todos a casa de dos en dos —dijo León. La operación duró varios días, pero todos estaban tan satisfechos de haberse librado del dragón, que no les importó tener que esperar su turno. Para matar el tiempo, comentaban cómo su pequeño rey había conseguido derrotar al dragón, con un poco de ayuda por parte de Pegaso, por supuesto.
— ¡Hurra, lo hemos conseguido! —gritó León abrazando a Pegaso. De pronto sonaron grandes vítores, y León vio que se hallaban rodeados por el Primer Ministro, el Parlamento, el equipo de fútbol y la mantícora. El dragón no había tenido más remedio que dejarlos atrás.
El monstruo lanzó un grito de furia y comenzó a resoplar buscando desesperadamente la sombra. Entonces, al ver la palmera, se precipitó sobre la página y se instaló en el lugar que había ocupado antes.
El dragón tenía tantísimo calor que empezaba a echar humo. Pegaso voló en torno al animal batiendo sus alas como si fueran fuelles. El humo se extendió en todas direcciones, ocultando a León de la vista del dragón.
Al fin llegaron a una gran extensión desértica. No había ni pizca de sombra y el sol brillaba con fuerza en lo alto. Tan pronto como aterrizó Pegaso, León saltó a tierra y depositó “El libro de los animales” en el suelo, abierto por la página donde estaba la palmera. Mas cuando se disponía a subirse de nuevo en el caballo, resbaló y cayó. ¡En aquel momento hizo su aparición el dragón!
— ¡Vámonos al desierto! — exclamó León, y condujo al caballo sobre montañas lejanas, ríos y valles. El dragón emprendió su persecución.
— ¡Ahí debe de estar el dragón! —gritó León. Y así era, allí estaba el monstruo, disfrutando su siestecita matinal.

Mientras volaban sobre él, el dragón se despertó con un pavoroso rugido y se abalanzó sobre Pegaso
Sin soltar el libro,

León se montó en el animal.
Ambos se alejaron volando hada las colinas en pos del dragón. Al aproximarse, vieron un hilo de humo gris que se elevaba por entre los árboles.
“Debo ser yo mismo quien salve a mi pueblo”, pensó León. Se encerró en la biblioteca un día entero y repasó todos las obras sobre dragones. Cuando terminó, había aprendido algo muy importante: los dragones suelen arder bajo el sol del mediodía.

Luego llevó “El libro de los animales” al jardín, buscó la palabra “Pegaso” y de la página adecuada, salió un bellísimo caballo alado.
— ¡Hala, vete a luchar contra el dragón! —le ordenó León. Pero la mantícora no quería enfrentarse a ningún dragón y fue a ocultarse en las caballerizas reales. Al día siguiente, cuando el dragón se la encontró escondida allí, ¡acabó con ella de dos bocados!
Ya no quedaba nadie capaz de resolver la situación.
Cuando fue a pedirle consejo al Canciller, éste le dijo:

— Lo único capaz de acabar con un dragón es una mantícora, majestad.

León buscó la palabra “mantícora” en el índice del “Libro de los animales”, y al volver la página indicada, surgió de la misma el animal, restregándose los ojos a causa del sueño.
El lunes siguiente devoró al Parlamento completo, con ministros y todo, excepto al Canciller, que ese día estaba enfermo. La furia de la gente iba en aumento y León estaba desesperado.
Más tarde fue a contárselo al Primer Ministro y al Canciller.

El libro de los animales
El libro de los animales

Advirtieron a todas las personas que anduvieran con cuidado. El ejército permaneció al acecho hasta el sábado por la tarde, cuando los soldados se marcharon a sus casas a comer algo. Y el dragón, que no estaba menos hambriento, se zampó a un equipo de fútbol enterito.
— ¡Y sólo hace un día que soy rey! —exclamó, llorando—. ¿Qué voy a hacer?

León lloraba porque había dejado escapar al dragón rojo del libro mágico.

— Se ha ido volando hacia las colinas — se lamentó al ama Felisa.

— Qué desgracia —dijo el ama abrazándole.
De pronto, el dragón se desprendió violentamente de la página. Exhalando humo por la boca, desplegó sus enormes alas y, remontándose sobre los árboles, se alejó volando hacia las lejanas colinas.
León estaba horrorizado de lo que había hecho. ¡Había dejado escapar a un temible dragón que sembraría el pánico entre sus leales súbditos!
—contestó el ama, que salió en busca de la escalera del jardinero y regresó con el libro que le había pedido León.
León salió corriendo al jardín, y al volver las páginas donde había visto la mariposa y el pájaro azul, y que ahora estaban en blanco, encontró una página donde había un inmenso animal rojo sentado bajo una palmera. Debajo aparecía escrita la palabra Dragón.
— Debes ayudarme, ama.

Necesito un libro de la biblioteca y no puedo alcanzarlo. Es muy importante.

— ¿Qué estás tramando?
Majestad —dijo el Primer Ministro—, debo insistir en que dejéis esos libros. — En esto tomó el volumen, lo cerró y lo colocó sobre una estantería alta. León, enfurruñado, cogió en brazos a su conejo y abandonó la biblioteca.

El libro de los animales
El libro de los animales

León se pasó toda la noche pensando en aquel libro, y al amanecer fue a despertar al ama Felisa.
En la primera página vio dibujada una bellísima mariposa que parecía real.

— ¿No es hermosa? —observó León.

Y, mientras decía eso, ¡la mariposa surgió del libro y salió volando por la ventana!
preguntó León, cogiendo un grueso volumen titulado “El libro de los animales”.

—No, señor, creo sinceramente que no —contestó el Canciller. Pero León ya había abierto el libro.

Al volver la página siguiente, vio un esplendoroso pájaro azul, ¡completo hasta el último detalle! Y mientras lo contemplaba, el hermoso animal agitó sus alas, las
Al llegar a la biblioteca, se encontró con el Primer Ministro y el Canciller.

— ¡Qué cantidad de libros! —exclamó León—. Quisiera leerlos todos.

—Majestad —dijo el Canciller—, os aconsejo que no los leáis. El anciano rey se volvió un poco excéntrico. Ciertas personas decían, incluso, que era un mago.

— ¿De veras? ¿Ni siquiera puedo leer éste?