Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Pero debido al peso del manto real y a tener que dar la mano a besar a tanta gente, León estaba completamente agotado y ansioso de regresar a la sala de juegos de palacio, donde el ama le habría preparado sin duda el té.
Una vez allí, León dio buena cuenta de unos emparedados de huevo y de una tarta de chocolate. “Iré a explorar la biblioteca real”, dijo al acabar. Y salió de la habitación con el conejo pisándole los talones.
Las campanas no cesaban de repiquetear y la gente gritaba: “ ¡Viva León, nuestro rey! i Viva el rey León!”

Y León fue coronado aquella misma tarde.
— ¿Significa eso que podré hacer lo que quiera? —preguntó León.

— Pues sí, señor, mas ahora debéis acompañamos para ser coronado.

Y le condujeron hasta un carruaje tirado por seis caballos tordos.

Durante el camino, León tuvo que pellizcarse y pellizcar a su conejo para asegurarse de que aquello sucedía realmente.
Al entrar en el cuarto de estar, León se encontró a dos caballeros la mar de serios.

—Señor—dijo el Canciller—, como bien sabéis, hace tiempo que sois el heredero del trono. Vuestros súbditos han reunido por fin dinero suficiente para compraros una corona, de modo que sois nuestro nuevo rey.
El libro de los animales

Estaba un día León persiguiendo a su conejo mascota cuando su buena amiga, el ama Felisa, le dijo:

— Han venido a verte el Primer Ministro y el Canciller.
Me salvaste la vida, ratónenle —di ¡o—. Nunca volveré a burlarme de las promesas hechas por los amigos pequeños.
El león se sentía ya tan exhausto que permaneció tumbado mirando cómo el ratón roía las cuerdas de la red. Apenas podía creerlo cuando, al cabo de un rato, se dio cuenta de que estaba libre.
— ¡Oh, poderoso león! -chilló- Si me hicieras el favor de quedarte quieto un ratito, podría ayudarte a escapar.
El león empezó a rugir tan fuerte que todos los animales le oían, pues sus rugidos llegaban hasta los mismos confines de la jungla. Uno de esos animales era el ratonállo, que se encontraba royendo un grano de maíz. Soltó inmediatamente el grano y corrió hasta el león.
Unos días más tarde el león salió de caza por la jungla. Estaba justamente pensando en su próxima comida cuando tropezó con una cuerda estirada en medio del sendero. Una red enorme se abatió sobre él y, pese a toda su fuerza, no consiguió liberarse. Cuanto más se removía y se revolvía, más se enredaba y más se tensaba la red en torno a él.
Se echó a reír con ganas. Se reía tanto que en un descuido deslizó su pata y el ratón escapó.
Oh, por favor, por favor, perdóname

la vida -chilló el ratón atemorizado-Prometo ayudarte algún día si me dejas marchar.

- ¿Quieres tomarme el pelo? -dijo el león-. ¿Cómo podría un ratoncillo birrioso como tú ayudar a un león grande y fuerte como yo?
El león y el ratón

Una tarde muy calurosa, un león dormitaba en una cueva fría y oscura. Estaba a punto de dormirse del todo cuando un ratón se puso a corretear sobre su hocico. Con un rugido iracundo, el león levantó su pata y aplastó al ratón contra el suelo.

- ¿Cómó te atreves a despertarme? -gruñó- Te-voy a espachurrar.
Total que el león, harto de la soberbia de su amigo, se abalanzó sobre el pavo real y se lo comió enterito de un solo bocado.
— Es una lástima que no seas tan listo como yo —dijo el pavo real con orgullo—. Yo siempre tendré suficiente para comer, mientras tú vas a pasar hambre en más de una ocasión. Pero el pavo real hubiera debido saber que la paciencia tiene un límite y que el orgullo resulta molesto.
El pavo real sonrió satisfecho, mas el león estaba muy triste. Aquel día no había atrapado nada para comer y tendría que pasar hambre mientras su amigo se atracaba de jugosas ciruelas.
Pasó el tiempo y cuando los dos amigos volvieron a encontrarse en el claro del bosque, estaba repleto de ciruelos cargados de frutos.
Y al ver al león arañando la tierra, tratando de encontrar un hueso que hubiera empezado a crecer, se echó a reír y dijo:

— Eres todavía más estúpido de lo que pensé. Todos sabemos que es imposible hacer que crezcan los huesos plantándolos en la tierra.
Algunos meses más tarde, los dos amigos se encontraron nuevamente en aquel claro. El pavo real se sentía satisfechísimo porque los huesos de ciruela habían comenzado a dar fruto.
El león se sintió muy ofendido con el insulto del pavo real. “Le demostraré a mi amigo que soy tan listo como él.”

Y enterró cuidadosamente los huesos que habían sobrado de su festín.
—exclamó asombrado—. Debes ser el único animal del bosque que ignora lo importante que es plantar huesos de ciruela. De los huesos brotan árboles y éstos dan hermosas y jugosas ciruelas.
El pavo real era un ave orgulloso que creía saberlo todo.

— ¿Cómo puedes ser tan estúpido?
Una tarde, estaba el león devorando unos pedazos enormes de carne cuando observó al pavo real arañando la tierra y sepultando huesos de ciruela.

— ¿No se te ocurre nada mejor con que entretenerte? — preguntó el león dando un bostezo
El león y el pavo

Erase una vez un león y un pavo real que eran muy amigos. Nada les complacía tanto como reunirse en el claro de un bosque, en las tardes cálidas y soleadas, y comer juntos.
Cantaré con ustedes

y todos se unirán al jubiloso coro.

¡Baja ya de tu cielo, oh, sol de oro!

¡Quién se acuerda hoy del hombre de nieve!
Y poco después quedó también superado el invierno.

- ¡Fuera, fuera! -ladraba el perro; pero las chiquillas, en el patio, cantaban:

Brota, asperilla, flor mensajera;

cuelga, sauce, tus lanosos mitones;

cuclillo, alondra, envíennos canciones;
... (ver texto completo)
El deshielo aumentaba, y el hombre de nieve decrecía. No decía nada ni se quejaba, y éste es el más elocuente síntoma de que se acerca el fin.

Una mañana se desplomó. En su lugar quedó un objeto parecido a un palo de escoba. Era lo que había servido de núcleo a los niños para construir el muñeco.

-Ahora comprendo su anhelo -dijo el perro mastín-. El hombre tenía un atizador en el cuerpo. De ahí venía su inquietud. Ahora la ha superado. ¡Fuera, fuera!
-Es una mala enfermedad para un hombre de nieve -dijo el perro-. También yo la padecí un tiempo, pero me curé. ¡Fuera, fuera! Ahora tendremos cambio de tiempo.

Y, efectivamente, así fue. Comenzó el deshielo.
Por la madrugada, todas las ventanas del sótano estaban heladas, recubiertas de las más hermosas flores que nuestro hombre pudiera soñar; sólo que ocultaban la estufa. Los cristales no se deshelaban, y él no podía ver a su amada. Crujía y rechinaba; hacía un tiempo ideal para un hombre de nieve, y, sin embargo, el nuestro no estaba contento. Debería haberse sentido feliz, pero no lo era; sentía nostalgia de la estufa.
- ¡No resisto más! -dijo-. ¡Qué bien le sienta eso de sacar la lengua!

La noche fue muy larga, pero al hombre no se lo pareció. La pasó absorto en dulces pensamientos, que se le helaron dando crujidos.
El hombre de nieve permaneció en su lugar todo el día, mirando por la ventana. Al anochecer, el aposento se volvió aún más acogedor. La estufa brillaba suavemente, más de lo que pueden hacerlo la luna y el sol, con aquel brillo exclusivo de las estufas cuando tienen algo dentro. Cada vez que le abrían la puerta escupía una llama; tal era su costumbre. El blanco rostro del hombre de nieve quedaba entonces teñido de un rojo ardiente, y su pecho despedía también un brillo rojizo.
-Nunca entrarás allí -dijo el mastín-. ¡Apañado estarías si lo hicieras!

-Ya casi lo estoy -dijo el hombre-; creo que me derrumbo.
- ¡Qué manera de crujir este cuerpo mío! -dijo-. ¿No me dejarán entrar? Es un deseo inocente, y nuestros deseos inocentes debieran verse cumplidos. Es mi mayor anhelo, el único que tengo; sería una injusticia que no se me permitiese satisfacerlo. Quiero entrar y apoyarme en ella, aunque tenga que romper la ventana.
El hombre de nieve ya no lo escuchaba. Fija la mirada en la vivienda del ama de llaves, contemplaba la estufa sostenida sobre sus cuatro pies de hierro, tan voluntariosa como él mismo.
Me obligaron -dijo el perro-. Me echaron a la calle y me encadenaron. Había mordido en la pierna al señorito pequeño, porque me quitó un hueso que estaba royendo. ¡Pata por pata!, éste es mi lema. Pero lo tomaron a mal, y desde entonces me paso la vida preso aquí, y he perdido mi voz sonora. Fíjate en lo ronco que estoy: ¡fuera, fuera! Y ahí tienes el fin de la canción.
- ¿Y por qué la abandonaste? -preguntó el hombre. Algo le decía que la estufa debía ser del sexo femenino-. ¿Cómo pudiste abandonar tan buena compañía?
El hombre de nieve echó una mirada y vio, en efecto, un objeto negro y brillante, con una campana de latón. El fuego se proyectaba hacia fuera, desde el suelo. El hombre experimentó una impresión rara; no era capaz de explicársela. Le sacudió el cuerpo algo que no conocía, pero que conocen muy bien todos los seres humanos que no son muñecos de nieve.
Es exactamente lo contrario de ti. Es negra como el carbón, y tiene un largo cuello con un cilindro de latón. Devora leña y vomita fuego por la boca. Da gusto estar a su lado, o encima o debajo; esparce un calor de lo más agradable. Desde donde estás puedes verla a través de la ventana.
- ¿Tan hermosa es una estufa? -preguntó el hombre de nieve ¿Se me parece?
- ¡Fuera, fuera! -ladró el mastín-. Yo era un perrillo muy lindo, según decían. Entonces vivía en el interior del castillo, en una silla de terciopelo, o yacía sobre el regazo de la señora principal. Me besaban en el hocico y me secaban las patas con un pañuelo bordado. Me llamaban «guapísimo», «perrillo mono» y otras cosas. Pero luego pensaron que crecía demasiado, y me entregaron al ama de llaves. Fui a parar a la vivienda del sótano; desde ahí puedes verla, con el cuarto donde yo era dueño y señor, ... (ver texto completo)
El frío es magnífico -respondió el hombre de nieve-. ¡Cuéntame, cuéntame! Pero no metas tanto ruido con la cadena, que me haces crujir.
- ¿Son tan importantes como tú y como yo? -siguió inquiriendo el hombre de nieve.

-Son familia de los amos -explicó el perro-. Realmente saben bien pocas cosas los recién nacidos, a juzgar por ti. Yo soy viejo y tengo relaciones; conozco a todos los de la casa. Hubo un tiempo en que no tenía que estar encadenado a la intemperie. ¡Fuera, fuera!
Claro -respondió el mastín-. La de veces que ella me ha acariciado y me ha dado huesos. No le muerdo nunca.

-Pero, ¿qué hacen aquí? -preguntó el muñeco.

-Son novios -gruñó el can-. Se instalarán en una perrera a roer huesos. ¡Fuera, fuera!
La muchacha sonrió, y, dirigiendo un gesto con la cabeza al muñeco, se puso a bailar con su compañero en la nieve, que crujía bajo sus pies como si pisaran almidón.

- ¿Quiénes eran esos dos? -preguntó el hombre de nieve al perr -. Tú que eres mas viejo que yo en la casa, ¿los conoces?
- ¡Qué incomparable belleza! -exclamó una muchacha, que salió al jardín en compañía de un joven, y se detuvo junto al hombre de nieve, desde el cual la pareja se quedó contemplando los árboles rutilantes.

-Ni en verano es tan bello el espectáculo -dijo, con ojos radiantes.

-Y entonces no se tiene un personaje como éste -añadió el joven, señalando el hombre de nieve- ¡Maravilloso!
Efectivamente, cambió el tiempo. Por la mañana, una niebla espesa, húmeda y pegajosa, cubría toda la región. Al amanecer empezó a soplar el viento, un viento helado; el frío calaba hasta los huesos, pero ¡qué maravilloso espectáculo en cuanto salió el sol! Todos los árboles y arbustos estaban cubiertos de escarcha; parecían un bosque de blancos corales. Se habría dicho que las ramas estaban revestidas de deslumbrantes flores blancas. Las innúmeras ramillas, en verano invisibles por las hojas, destacaban ... (ver texto completo)
No lo entiendo -dijo para sí el hombre de nieve-, pero tengo el presentimiento de que insinúa algo desagradable. Algo me dice que aquel que me miraba tan fijamente y se marchó, al que él llama Sol, no es un amigo de quien pueda fiarme».

- ¡Fuera, fuera! -volvió a ladrar el mastín, y, dando tres vueltas como un trompo, se metió a dormir en la perrera.
Tú qué sabes! -replicó el mastín-. No es de extrañar, pues hace tan poco que te amasaron. Aquello que ves allá es la Luna, y lo que se puso era el Sol. Mañana por la mañana volverá, y seguramente te enseñará a bajar corriendo hasta el foso de la muralla. Pronto va a cambiar el tiempo. Lo intuyo por lo que me duele la pata izquierda de detrás. Tendremos cambio.
Se refería a la luna.

-La verdad es que corría, mientras yo lo miraba fijamente, y ahora vuelve a acercarse desde otra dirección.
- ¡Fuera, fuera! -ladró el viejo mastín. Se había vuelto algo ronco desde que no era perro de interior y no podía tumbarse junto a la estufa-. ¡Ya te enseñará el sol a correr! El año pasado vi cómo lo hacía con tu antecesor. ¡Fuera, fuera, todos fuera!

-No te entiendo, camarada -dijo el hombre de nieve-. ¿Es acaso aquél de allá arriba el que tiene que enseñarme a correr?