Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Entonces, no mucho después de esto, pasó que la pequeña Coneja Blanca se fue dentro del bosque para encontrar algo de comer para sus hijos. Estuvo fuera durante mucho tiempo, y los bebés lloraron por que ella volviese a casa. Pero la pobre pequeña Coneja Blanca no pudo volver a casa: se había quedado atrapada en una trampa y un niño pequeño llegó para llevársela como mascota. Entonces por fin, cuando los conejos bebé tuvieron tanta hambre que no podían soportarlo ya más, Cola de Algodón recordó lo ... (ver texto completo)
Entonces el Gran Oso Pardo intentaba enseñarle cómo él pensaba que se debía criar a los niños traviesos. Y puesto que era un oso con tan buen corazón, y no sabía como enfadarse, le dijo que no encerrase al pequeño Gazapito en el cuarto oscuro y que nunca azotase al pobre Cola de Algodón; él estaba seguro de que sólo si ella era muy amable, los niños serían seguramente buenos. Pequeña Coneja Blanca siempre hizo cualquier cosa que él la dijese, pues ella pensaba que el Gran Oso Pardo era muy sabio y lo sabía todo. Cada día los conejitos crecían más traviesos, y aun así ella no perdió fe en lo que el Gran Oso Pardo había dicho. Incluso llamó un día a Cola de Algodón y le dijo que si alguna vez le pasaba algo a ella, él tendría que llevar a todos sus pequeños hermanos y hermanas a la casa del Gran Oso Pardo, porque para ella el oso era tan sabio y tan amable que seguro que cuidaría de ellos y lo haría bien. ... (ver texto completo)
Pero había una pequeña Coneja Blanca que venía más a menudo que los demás. Ella decía que le gustaba sentarse en la casa del Gran Oso Pardo porque siempre estaba tan limpia y ordenada. La pequeña Coneja Blanca tenía su propia casa, pero de alguna manera, nunca conseguía mantenerla ordenada. Decía que era porque sus hijos eran muy traviesos pero, cualquiera que fuera la razón, ¡su casa estaba siempre en un estado pésimo! El Gran Oso Pardo era siempre muy educado con la pequeña Coneja Blanca en cualquier ... (ver texto completo)
El Gran Oso Pardo que nunca se enfadaba

Había una vez un Gran Oso Pardo Marrón que vivía en un árbol hueco al borde de un bosque. El Gran Oso Pardo le tenía mucho cariño a su casa, porque era un gran hueco agradable, lo suficiente alto como para salir a la puerta sin tener que agacharse, y con mucho espacio dentro. En el verano, cuando el bosque era verde y fresco, él no usaba mucho su casa. Pero cuando llegaba el invierno y los días se hacían oscuros y fríos, y los bosques estaban blancos por ... (ver texto completo)
- ¡Fue una suerte que el gigante no tuviera una mujer tan inteligente como la mía!



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Y cada vez que la contaba, el campesino decía:
Desde ese día no apareció más por allí y durante muchos años la pareja de campesino les contó a sus hijos y nietos la historia del gigante de cabellos largos.
A cada momento debía pararse a afilar la guadaña y cuando se dio cuenta de que el campesino había terminado, mientras que él solo estaba empezando, montó en colera y se marchó maldiciendo a los hombres, que en vez de aire respiran engaños y en lugar de pan comen mentiras.
- ¡Esta cebada parece de hierro!
La pequeña guadaña del campesino subía y bajaba, ligera como el viento, y la campesina se apresuraba a recoger las espigas cortadas y las ataba en gavillas. En cambio, el gigante chorreaba de sudor y murmuraba:
- ¿Estás listo?- preguntó el campesino-. Tú por la derecha y yo por la izquierda. Veremos quíen termina antes- y empezaron a segar.
Cuando llegó la época de la siega, llegó el gigante con una guadaña enorme al hombro y un gran saco para meter la cebada.
-Nos las apañaremos, ya verás-dijo. Siembra sorgo en la mitad derecha del campo y cebada en la mitad izquierda. Las dos plantas se parecen, pero el tallo del sorgo es tan leñoso que es casi imposible romperlo. Cunado el gigante de cabellos largos vuelva, debes arreglártelas para que empiece a segar por la derecha. ¡Te aseguro que tendrá que pararse a afilar la hoja de la guadaña más de una vez.
Pero la campesina tenía en la cabeza más ideas que pelos, y no tardó mucho en encontrar la solución.
- ¡Esta vez no hay salida! Con esos brazos tan largos, segará la cebada en un momento y a nosotros nos quedrán cuatro manojos de espigas.
Desesperado, el campesino se lo contó a su mujer:
-De acuerdo, gusano inmundo, has ganado. Pero ahora lo haremos a mi modo o tendrás problemas. Sembrarás cebada y cuando esté alta, empezaremos a segarla juntos en partes opuestas del campo. Luego cada uno se quedará con los que haya recogido.
-Ni lo sueñes-dijo tranquilamente el campesino-. Un trato es un trato y debe respetarse.
– Maldito seas, me has engañado de nuevo!- vocifero el gigante, pisoteado el suelo de rabia-. ¡Te haré papilla!
- ¡Vamos allá!- dijo el campesino -. ¡Para nosotros las judías y para ti las ráices!
Cuando el gigante regresó, el campo estaba todo verde y las judías, listas para ser recogidas.
-Ahora sembraré judías-dijo el campesino frotándose las manos, y así lo hizo.
- ¡No me liéis más! ¡Obviamente, quiero las raíces!- respondió el gigante, y desapareció tras el horizonte.
- ¿La próxima vez qué quieres? ¿Lo que está encima o lo que está bajo tierra?
Y mientras el gigante de cabellos largos se alejaba furioso, la campesina le gritó:
Un trato es un trato! Toma tus hojas y vete- dijo el campesino.
- ¡Ladrones! ¡Embaucadores!-gritaba.
Pero cuando descubrío que sólo le tocaba un motón de hojas, mientras que el campesino y su mujer se habían quedado con las patatas que creción bajo la tierra, montó en cólera con la fueza de dos gigantes juntos.
Así pues, marido y mujer labraron y sembraron la tierra, y en el momento de la cosecha llegó el gigante para pedir su mitad.
– Yo creo que sí ha sido una gran idea, cabeza de chorlito. Está tan vacía que si la golpeara, sonaría mejor que un tambor. ¿Es que no has pensado que podríamos plantar patatas y quedarnos con la mejor parte?.
- ¡Pues vaya idea has tenido! se quejó el campesino-. Nosotros labramos la tierra, la cavamos, la sembramos, la regamos, y a cambio recibimos un montón de raices. Mujer, creo que no ha sido muy buena idea.
Y se marchó riéndose, a pasos tan largos que en un instante desapareció tras las montañas.
– Estoy de acuerdo-dijo el gigante-. Estoy muy, pero que muy de acuerdo. Pero con una condición: yo me quedaré con todo lo que salga de la tierra y vosotros con lo que crece bajo ella. ¿Adiós, pequeños, y que se os dé bien!
-Mire señor, esta tierra llena de piedras y malas hierbas seguro que no te da ningún fruto, pero nosotros podríamos cultivarla para ti y darte la mitad de los beneficios: así nosotros heremos todo el esfuerzo y para ti todo serán ventajas.
- ¿Qué quieres decir, insignificante piojo? Venga, habla o te despedazaré.
Nadie le había llamado nunca “señor” y por lo que se refería a las reverencias y las sonrisas, en su vida había visto muy pocas. Por eso plantó el pie en el suelo, se rascó la cabeza y al final preguntó:
El gigante se quedó con el pie en el aire y agitó una oreja para escuchar mejor.
– ¡Por caridad, señor, no lo haga! En este mundo siempre hay una forma de ponerse de acuerdo.
Entonces la campesina dio un paso adelante, se subió ligeramente la falda paa hacer una elegante reverencia y con una dulce sonrisa en los labios, dijo:
- ¡Que te he dicho que no! ¡Es mío, mío y mío!- gritó el gigante, y levantó uno de sus colosales pies con la intención de aplastar el hombrecillo como si fuera el caparazón de un caracol.
- ¿No estarás hablando en serio? ¡Lo he comprado y pagado, así que es mío!- exclamó el campesino, furioso.
-Este campo es mío. Lo heredé de mi padre- insistió el gigante.
- ¿Qué has dicho? -preguntó el campesino con un hilo de voz.
- ¡Salid de mi tierra! – gritó de nuevo el gigante moviendo los brazos como si fueran las aspas de un molino.
Marido y mujer se giraron asustados y vieron a pocos pasos a un gigante de cabellos largos, el más feo que jamás hubiera rozado las nubes: tenía brasas en lugar de ojos, la nariz roja y llega de verrugas, dos matojos en marañados por cejas, y unas inmensas orejas puntiagudas que se agitaban al viento.
- ¿Vuestra? ¡Mía, querrás decir, gusano inmundo! – gritó a sus espaldas una voz atronadora.
-Nada de eso. Es una buena tierra y ahora es nuestra y sólo nuestra.
Pero el campesino respondió:
- ¿Cómo es posible que un campo tan grande cueste tan poco? – preguntó su mujer cuando le enseñño su nueva propiedad-. Seguro que aquí hay gato encerrado.
El Gigante de los cabellos largos

Hace muchos, muchísimos años (ya no se sabe cuántos), vivía en Ecuador un campesino que había ahorrado algo de dinero y se compró un trozo de tierra para cultivarla.