Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

-Ya está -dijo la reina-. Ahora comprobaré si es una princesa de verdad o no.
Había colchones de todos los colores del arco iris, de todas las formas y tamaños, y cualquiera de ellos era suficientemente grueso como para que una persona normal pudiera dormir sobre él con absoluta comodidad. Podéis imaginar qué espectáculo más extraño.
Así que, mientras la joven se calentaba junto al fuego disfrutando de una buena cena, la reina y sus doncellas se pusieron a trabajar en los dormitorios. Primero quitaron toda la ropa de la cama de una de las habitaciones para huéspedes. Luego, la reina colocó un guisante seco debajo del colchón. Vaciaron todos los armarios de palacio hasta que reunieron otros veinte colchones, y uno sobre otro los colocaron encima del guisante.
Ni yo”, pensó la reina. “Pronto averiguaré si es “una princesa de verdad o no.”
-Sí, sí, pequeña, por supuesto que lo eres -sonrió el rey-. Bueno, pero será mejor que entres; aunque jamás he visto una princesa llegar sin un gran carruaje.
-Soy una princesa -respondió la desconocida.
Allí, en la puerta, en medio de la tormenta, se encontraba una hermosa joven. Su vestido estaba empapado y sus zapatos cubiertos de barro. Sus cabellos largos y dorados chorreaban agua sobre sus hombros.
— ¡Brrr! -dijo el rey temblando de frío-. ¡Dios mío! ¿Quién eres tú? ¡Oh, pobre niña!
No había terminado de decir esto cuando se oyó un golpe en la puerta, y luego otro más fuerte. El rey se apresuró hacia la entrada. Quitó todos los cerrojos y abrió. Una ráfaga de viento llenó el vestíbulo de aguanieve, mientras un relámpago iluminaba la estancia.
-Nadie que tenga un poco de sentido común habrá salido en una noche como ésta -contestó la reina.
Dijo:

-Me alegro de estar aquí bien abrigado. Sentiría mucho que alguno de mis subditos se encontrara en la calle con este tiempo.
El viejo rey sintió un escalofrío y acercó su silla al fuego.
Una noche, poco después de su regreso, hubo una tormenta terrible. Rugían los truenos, centelleaban los relámpagos y un viento helado se colaba por las ventanas y puertas de palacio. El príncipe se había ido a dormir, mientras el rey y la reina leían en la planta baja.
Durante un año navegó por los mares del mundo en busca de su novia perfecta. Visitó palacios en Persia y Perú, castillos en China y España. Pero no encontró el rostro apetecido. Cuando volvió a su país el otoño estaba ya dando paso a un invierno frío y gris.
-He conocido muchas jóvenes que se dicen princesas-explicaba- El mundo entero las llama princesas. Algunas son muy hermosas, otras muy inteligentes. Muchas son encantadoras. ¡Pero mi princesa tiene que ser todo esto y mucho más!
En lo más profundo de su corazón intuía que en alguna parte, antes o después, la encontraría. Nunca dejaría de buscarla.
-Te estoy muy agradecido, madre -respondía el príncipe- Es muy difícil encontrar una verdadera princesa. Pero, estoy seguro de que algún día la hallaré.
- ¡Eres demasiado exigente! -le decía la reina- Te he presentado a las princesas más hermosas, más inteligentes y más encantadoras del mundo, pero ninguna ha colmado tu deseo.
La princesa y el guisante

Hace mucho tiempo vivía un joven príncipe en una tierra lejana. Pero no era un príncipe feliz, pues no lograba encontrar una verdadera princesa con quien casarse.
Y no pueden negar que este fue un verdadero cuento, ¿Verdad?
Y así el príncipe se casó con ella, seguro de que la suya era toda una princesa verdadera. Y el frijol fue enviado a un museo, donde está exhibido todavía, salvo que alguien se lo haya robado.
Oyendo esto, todos comprendieron enseguida que se trataba de una verdadera princesa, ya que había sentido el frijol nada menos que a través de los veinte colchones y los veinte almohadones. Sólo una princesa podía tener una piel tan delicada.
– ¡Oh, terriblemente mal! –dijo la princesa–. Apenas pude cerrar los ojos en toda la noche. Estaba muy incómoda ¡Vaya usted a saber lo que había en esa cama! Me acosté sobre algo tan duro que amanecí llena de cardenales por todas partes. ¡Fue sencillamente horrible!
A la mañana siguiente le preguntaron cómo había dormido.
Y, sin decir una palabra, se fue a su cuarto, quitó toda la ropa de la cama y puso un frijol sobre el bastidor; luego colocó veinte colchones sobre el frijol, y encima de ellos, veinte almohadones hechos con las plumas más suaves que uno pueda imaginarse. Allí tendría que dormir toda la noche la princesa.
“Bueno, eso lo sabremos muy pronto”, pensó la vieja reina.
En el umbral había una princesa. Pero, ¡santo cielo, cómo se había puesto con el mal tiempo y la lluvia! El agua le chorreaba por el pelo y las ropas, se le colaba en los zapatos y su estado era deplorable. A pesar de esto, ella insistía en que era una princesa real y verdadera.
Llegó una noche en que se desató una tormenta muy fuerte, en que pululaban los rayos y los truenos y la lluvia caía a cántaros. En medio de la terrible tempestad, tocaron a la puerta de la ciudad, y el viejo rey fue a abrir en persona.
…Un príncipe que quería casarse con una princesa, pero pretendía una princesa como la que él había imaginado en sueños. Por lo que se dedicó a buscarla por el mundo entero, aunque inútilmente, ya que a todas las que le presentaban les hallaba algún defecto. Princesas había muchas, pero nunca podía estar seguro de que lo fuesen de veras: siempre había en ellas alguna cosa que le disgustaba. Así que regresó a casa lamentando no haber encontrado la princesita que él andaba buscando, pues ¡deseaba tanto ... (ver texto completo)
La princesa y el frigol

Había una vez…
¡Y así consiguió que todos aplaudieran a la nueva princesa de la lluvia que se había inventado!
Entonces se levantó y se envolvió la sábana sobre la cabeza como si fuera un larguísimo velo. Al ver que todos se habían quedado embobados, saludó como si fuera una gran actriz de teatro.
Entonces, desde abajo, empezó a hacer el sonido de la lluvia… Primero caía poquita: Elisenda picaba con un dedo de la mano sobre la palma de la otra. Después un poco más fuerte: Elisenda picaba ya con dos dedos y parecía que llovía más. Ahora un poco más: ya eran tres dedos…y así hasta llegar a picar con los cinco dedos a la vez, ¡que sonaba casi como el chaparrón que estaba cayendo en esos momentos!
Elisenda se arrodilló, se sentó sobre sus pies, se echó hacia delante como si fuera una piedra y se cubrió con la sábana.
- ¡Ya sé cómo es la princesa de la lluvia! ¿Puedo empezar yo? Como las otras seguían quejándose, Elisenda cogió una sábana y se subió a una especie de escenario que había hecho el director con unos baúles grandes de madera que había encontrado en la habitación.
Bajo el porche de su casa contempló la lluvia durante unos minutos. De pronto entró corriendo, toda emocionada y dijo:
Todas se quejaban menos Elisenda. que en lugar de protestar decidió ir a preguntarle a la lluvia que podía hacer.
Las cinco niñas se quedaron dudando sin saber qué decir ni qué hacer, y al cabo de un momento empezaron a quejarse porque aquello les parecía muy difícil y no sabían cómo se podría demostrar eso de ser la princesa de la lluvia
¡Tenéis cinco minutos para pensaros cómo lo haréis!
Haremos un concurso donde cada una de vosotras tendrá que demostrarnos que ella es la princesa de la lluvia. Los cuatro niños y yo seremos el jurado y votaremos a quien se lo merezca.
Los niños rieron a carcajadas. - ¡Así no acabaremos nunca! -dijo el hermano mayor de Elisenda. - ¡Entonces la princesa de la lluvia se lo tendrá que ganar! -Decidió entoncesel director de la compañía de teatro.
Yo quiero ser la princesa de la lluvia!
Las niñas se miraron, arrugaron la nariz y dijeron casi al mismo tiempo:
Una será la princesa de los días soleados, otra la de los días nublados, otra la de los días con niebla, otra la de los días que nieva y otra la de los días de lluvia como hoy. ¿Qué os parece?
Antes de que empezaran a pedir explicaciones, el director dijo: -La historia transcurrirá en un pueblo donde hay cinco princesas. que seréis vosotras. Pero no todas podréis hacer de princesas cada día y lo haréis por turnos, según el tiempo que haga.
Y así una por una, las cinco niñas que había en total, dijeron que querían ser la princesa del cuento. - ¿Ah sí? ¿Todas queréis ser princesas? Entonces de acuerdo, ¡todas lo seréis! ¡Haremos una historia con cinco princesas! Las niñas se miraron entre ellas, porque ahora sí que no entendían nada. ¿Cómo podría ser que en una misma obra hubiera cinco princesas?
- ¿Y por qué yo no? ¡Yo también quiero ser princesa! -reclamó Elisenda.
- ¡Entonces eso está hecho! -Vamos a ver quién puede ser cada una… -Yo quiero ser la princesa de la obra -se adelantó Anita. - ¡No! Soy yo la princesa -dijo su hermana.
- ¡Sííí! -gritaron entusiasmadas casi todas.
Vosotras queréis ser estrellas de teatro, ¿sí o no?