Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:
“La vieja bruja no me hará nada malo”, pensó.
El marido tenía mucho miedo, pero estaba dispuesto a cualquier cosa para que su mujer sanara.
Tráeme un poco de esa hierba llamada melisa que crece en el jardín de la bruja -susurró ella- Eso hará que me ponga bien.
-Por favor -le pidió- dime qué puedo darte. Debe haber algo que pueda curarte.
Todos los días, su marido le traía manjares deliciosos, pero ella ni siquiera los tocaba.
Un día la mujer enfermó. Tuvo que guardar cama y perdió el apetito.
El matrimonio vivía al lado de un hermoso jardín rodeado de un muro muy alto. El jardín era de una bruja malvada; nunca se había atrevido nadie a entrar en él, por temor a que la bruja los hechizara. Una ventana de la casa del matrimonio daba al jardín. La mujer solía asomarse para contemplar las maravillosas hierbas y árboles de la bruja con flores de poderes mágicos.
Melisa
Hace mucho, muchísimo tiempo, en una tierra salvaje y peligrosa vivía un hombre con su mujer. Anhelaban tener un hijo y esperaban con paciencia año tras año. Un día, por fin, la mujer anunció a su marido que iba a tener un bebé.
Cuando mamá pata llegó a su casa con la medalla de oro, sus hijitos ayudados por dos ratoncillos amigos suyos, le prepararon un gran pastel, y era tan bonito que todo el parecía decir <<COMEME>>.
FIN
Los patitos, claro, brincaban de alegría.
Mamá pata –decía el presentador del programa –sido nombrada <<Madre admirable del año>>de patolandia…
Una tarde, mamá pata dio a sus patitos una enorme sorpresa al salir por la tele. platos que les cocinaba mamá pata.
Cuando regresaban, los patitos esperaban alrededor de la mesa los ricos platos que les cocinaba mamá pata.
En el mango de la sombrilla llevaba siempre al señor cien pies como vigilante, que es muy amigo de la familia, y la avisaba si alguno de sus patitos haciendo alguna travesura se despistaba y se perdía por el camino.
Después del baño, mamá pata sacaba a pasear a sus patitos por el pueblo.
El que peor llevaba lo del baño era el más pequeño y revoltoso.
Después de asear la casa y ordenar su hermoso jardín, mamá pata se dedicaba al aseo de sus cinco patitos en una bañera con agua y jabón.
También tenía un hermoso jardín, con flores de todos los colores y el césped más verde y más cuidado jamás visto.
Mamá pata
Nuestra mamá pata había conseguido que su casita fuera la más bonita y aseada de todo el pueblo de los patos.
Gulliver dio las gracias al capitán por haberle salvado; con el galeón bajo el brazo, descendió a su camarote. ¡Por primera vez en varios meses, iba a dormir en una cama! Durante el largo viaje a casa, se sentó todas las noches a cenar en la mesa del capitán y le contó sus extraordinarias aventuras en Liliput.
En seguida despacharon un bote para recogerle.
Primero pensó que era un barril que había caído al mar, pero después vio a Gulliver.
Entonces, desde lo alto del palo mayor de un barco mercante, un marinero descubrió el galeón con su catalejos.
Después de un rato, trepó al galeón. Era del tamaño de una cuna y se veía obligado a sacar los brazos y las piernas por el borde. El viento y la corriente del agua lo llevaron a través del océano. Arrullado por el suave movimiento del galeón, Gulliver cayó en un profundo sueño.
Cargó su chaqueta, su pistola y su sombrero en el galeón, lo sacó del pequeño puerto y salió nadando al mar. No miró atrás ni una sola vez; lo único que oía era el sonido de las olas a su alrededor.
Gulliver recogió sus escasas pertenencias y atravesó corriendo la ciudad hasta el puerto. Allí se encontraba el galeón real de Golbasto, que era el barco más grande de toda la flota liliputiense.
—Pero como has traicionado a la nación de Liliput, los arqueros reales te arrancarán los ojos con sus agudas flechas, mañana al mediodía. ¡Dios salve a Golbasto!
Gulliver se puso de pie y miró al heraldo.
-Oh, Hombre Montaña, extranjero y traidor —leyó en un pergamino—, el glorioso emperador Golbasto ha decidido perdonarte la vida.
Enviaron al heraldo de la corte a anunciar el castigo. Gulliver acababa de volver de Blefuscu y se había echado al sol mientras se le secaban las ropas. El heraldo se detuvo junto a su oreja y tocó una rara trompeta.
Bueno -replicó Golbasto—, en vez de eso, le arrancaré los ojos.
—No creo que tengamos que matar al Hombre Montaña, Majestad.
El primer ministro señaló que les era muy útil tener un gigante a su servicio.
Incendiad su casa! ¡Probablemente en este momento esté comiendo un huevo por la parte redonda!
— ¡Traición! ¡Es un traidor a Liliput! ¡Lo mataré! ¡Envenenad su bebida!
Le daban mucha pena los blefuscus que había derrotado y decidió visitar la isla para disculparse. Cuando el emperador Golbasto se enteró de lo que había hecho, se puso furioso.
De repente, se sintió muy solo entre toda aquella gente. Tenía ganas de volver a casa.
— ¿Estáis en guerra por eso? De haberlo sabido, nunca os habría ayudado.
Gulliver no podía creer lo que oía.
— ¡Porque son muy malos! —contestó el emperador Golbasto, que aún bailaba de alegría por la noticia de la victoria—. ¡Comen los huevos pasados por agua agujereando la parte redonda! ¿Te lo imaginas? ¡Es una costumbre repugnante! Pero ahora los hemos derrotado y los obligaremos a comerlos por la parte puntiaguda.
—Ahora explicadme —dijo, agachándose junto a palacio— ¿Por qué estáis en guerra con Blefuscu?
Gulliver llevó los barcos al Puerto Real y luego fue a visitar al emperador.
— ¡Tres hurras para el Hombre Montaña! Ha salvado a Liliput.
La gente de Liliput gritó hasta quedar ronca al ver a Gulliver acarreando la flota con las cincuenta cuerdecillas. Cuando llegó a tierra, le aclamaron.
Gulliver se detuvo en la playa, sacó los hilos y los anzuelos que llevaba y los fue enganchando uno tras otro a la proa de todos los barcos del puerto. Cortó las cadenas de las anclas con su cortaplumas y, luego, tirando de los cincuenta hilos, sacó los barcos del puerto y los llevó a Liliput.
Los marineros de las cincuenta naves de guerra se tiraron por la borda y escaparon nadando para salvarse. Los soldados arrojaron sus arcos y sus flechas, y huyeron a esconderse en las montañas del interior del país.
— ¡Giganticus! —gritaron, creyendo que Liliput había contratado a un horrible gigante para luchar contra ellos—. ¡Gentelilli enviagor ferrífero gigantico! ¡Mató ranos!
En la playa se habían reunido treinta mil soldados y marinos de Blefuscu, que iban a invadir Liliput. Pero la aparición de Gulliver, que surgió de las aguas, llenó sus treinta mil corazones de pánico.
Nadó unos minutos en dirección a Blefuscu. Al llegar a aguas poco profundas, Gulliver se puso en pie y caminó hacia la costa.
Los liliputienses le llevaron un fino hilo. Gulliver ató el hilo a los anzuelos y entró en el agua caminando.