Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:
—Ahora traedme la cuerda más fuerte del país.
Gulliver las dobló una tras otra, transformándolas en anzuelos.
La gente de Liliput se esforzaba y sudaba bajo el peso de las cincuenta vigas. Eran del tamaño de un alfiler.
—Traedme cincuenta barras de hierro —dijo Gulliver.
El puerto de Blefuscu se encontraba al amparo de los acantilados de la isla, y en él había una flota de cincuenta barcos de guerra, que no eran más grandes que los barcos de juguete con los que había jugado Gulliver de pequeño.
Poniéndose de puntillas, Gulliver pudo ver la isla. En realidad, no estaba muy lejos: sólo un estrecho la separaba de Liliput.
— ¡Oh, sí! Estamos en guerra con la gente de Blefuscu. ¿No lo sabías? Viven en una isla del otro lado del mar.
—Me sorprende oír que tenéis enemigos, Majestad —dijo Gulliver, cortés.
—Ahora debes prometerme que vivirás en paz con todos los liliputienses -dijo el emperador Golbasto— y que defenderás a Liliput de sus enemigos.
Gulliver, que ya entendía algunas palabras del idioma liliputiense, se vació los bolsillos y colocó sus pertenencias en el suelo. El emperador se sorprendió tanto de lo que vio que dejó que toda la gente de Liliput se acercase a mirar aquellos objetos maravillosos.
—Pero debes dar vuelta a tus bolsillos —dijo el emperador— para asegurarnos de que no llevas armas peligrosas.
Al descubrir que Gulliver no quería hacerles ningún daño y que era un hombre pacífico y amable, la gente de Liliput lo desató y lo dejó en libertad.
- ¡Ehg, likibugal bigismo avidaly! -dijo el emperador, lo cual significaba: “está claro que es un gigante amigable, no hay nada que temer”. Pero Gulliver se sentía muy solo encadenado en el templo y deseaba poder huir y volver a su casa junto a su esposa y sus hijos.
Toda Liliput estaba asombrada de la benevolencia mostrada por Gulliver hacia los hombres que habían intentado matarlo y corrieron a darle la noticia al emperador. Todos los ministros de Estado se hallaban reunidos en la corte para discutir lo que había de hacerse con el extraño gigante que las olas habían arrojado a la playa de Liliput.
Pero Gulliver lo depositó suavemente en el suelo y luego colocó a los otros cinco junto a él. Rápidos como el rayo, todos salieron corriendo tan deprisa como se lo permitían sus piernecillas.
Gulliver tomó en sus manos a sus atacantes y se metió a cinco en el bolsillo. Al sexto lo sostuvo frente a su boca abierta como si fuera a tragárselo. ¡Cómo gritaba y chillaba aquel hombrecillo!
-Han intentado matarte, gigante. ¡Encárgate tú de ellos!
Pero no todos los habitantes de Liliput se sentían felices de tener a un gigante encadenado tan cerca de la población. Aquella noche, un grupo de hombres se deslizaron furtivamente entre los guardias y atacaron a Gulliver con sus flechas, lanzas y cuchillos. Rápidamente fueron rodeados por la guardia personal del emperador, que les ataron las manos a la espalda. Con el puño de su afilada lanza, el capitán de la guardia fue empujando a los atacantes más y más cerca de las manos extendidas de Gulliver, ... (ver texto completo)
Al fin terminó la visita real y Gulliver se quedó a solas en el templo…, a solas, exceptuando a los cientos de soldaditos que le custodiaban.
Las elegantes damas de la corte parecían escandalizadas y se taparon los ojos cuando vieron a Gulliver tomar cada carreta una por una y engullir la comida que le habían ofrecido. Al verle tragar barriles enteros de vino algunas hasta se desmayaron.
Al mirar a la multitud que había congregada a sus pies, Gulliver pudo distinguir a las damas de la corte por sus lujosos ropajes. Cuando se inclinaron ante él con una reverencia, sus mantos de raso y las colas plateadas lanzaban destellos. Eran todas tan bonitas que Gulliver sintió deseos de tomar a una en sus manos para examinar “más de cerca sus diminutos vestidos. Pero era demasiado educado para hacer semejante cosa.
Cerca del templo había una elevada torre, casi tan alta como el propio Gulliver y, con mucho, el edificio más alto de Liliput. El emperador y sus cortesanos subieron las escaleras de la torre para ver mejor a Gulliver. Luego se dirigieron a él a través de bocinas. Pero aunque Gulliver les habló en inglés, alemán, francés, español e italiano, aquéllos parecían no entender una palabra de lo que les decía, y él no lograba entenderles a ellos. El emperador bajó de la torre y dio unas palmadas. De inmediato ... (ver texto completo)
A cierta distancia de la muchedumbre había un magnífico caballo, sobre el cual iba sentado el emperador, de porte majestuoso. Más alto y bien parecido que el resto de la gente que había visto hasta entonces Gulliver, el emperador de Liliput lucía un casco de oro, incrustado con piedras preciosas y decorado con un airoso penacho. En su diestra sostenía una espada casi tan grande como él, con la empuñadura engarzada con brillantes. El caballo, al ver a Gulliver, se encabritó asustado; entonces el emperador ... (ver texto completo)
Cuando se despertó, Gulliver comprobó que habían cortado todas las ligaduras que le sujetaban. Se levantó despacio y miró a su alrededor. Asombrado, vio a sus pies una ciudad entera en miniatura, con casas, calles y parques. Miles de personajillos le contemplaban con la boca abierta.
La procesión se detuvo a las afueras de la población, junto a las ruinas de un viejo templo. Allí fue trasladado Gulliver, donde le colocaron pesadas cadenas en las piernas aseguradas con cientos de candados.
Mientras dormía, quinientos carpinteros e ingenieros construyeron una estrecha carreta de madera para trasladarlo a ver al emperador de Liliput. Fueron necesarios novecientos hombres armados con palos para colocarlo sobre la carreta y más de mil caballos para transportarlo a la ciudad.
Gulliver trató de hacerle entender al hombrecillo que estaba hambriento y sediento. Pero cuando le trajeron una bebida, ¡resultó estar drogada! Total que quedó dormido.
Gulliver le respondió: -No comprendo. ¿Dice usted que su país se llama Liliput?
- ¡Hilo bigismo ad poples Liliput! Ig Golbasto magnifelus Emperoribory… -gritó el hombrecillo al oído de Gulliver.
Pero era inútil luchar: las ligaduras eran demasiado fuertes. Por fin, Gulliver se dio por vencido. Permaneció tendido en silencio y poco a poco le fue venciendo el sueño. Al cabo de un rato le despertó el ruido de martillazos. Volviendo otra vez la cabeza cuanto pudo, vio que junto a él habían construido una pequeña plataforma de madera y un hombrecillo, elegantemente vestido, se encaramaba a ella lentamente.
— ¡Ay! ¡Ay! -exclamó Gulliver al sentir las flechas que le herían en la cara. Más tarde, otra rociada de flechas le dio en el pecho. y en las manos. Retorciéndose de dolor, Gulliver trató desesperadamente de romper los miles de hilos que le sujetaban al suelo.
Lanzando un enorme grito, Gulliver trató de liberarse. Rugió tan violentamente que muchos de los hombrecillos que se habían encaramado a él cayeron al suelo; los otros salieron huyendo. Pero al ver que Gulliver no podía soltarse, se volvieron y le lanzaron una lluvia de flechas, tan pequeñas y afiladas como agujas.
Entonces sintió que algo le subía por la pierna. Levantó la cabeza cuanto pudo y vio a un diminuto personaje -no mayor que su dedo meñique-caminando sobre su pecho. Luego vio con asombro que al menos otros cuarenta hombrecillos trepaban por todo el cuerpo ¡armados con pequeños arcos y flechas!
Una vez fuera del agua, Gulliver se arrastró por la playa. Luego, completamente agotado, quedó sumido en un profundo sueño. Al despertar, sin idea de cuánto tiempo había estado durmiendo, el sol brillaba intensamente en sus ojos. Soltó un gemido e intentó estirarse, pero comprobó horrorizado que no podía moverse. ¡Tenía los brazos, las piernas y la espesa cabellera firmemente sujetos al suelo!
Después de muchos meses navegando, el barco se acercó a las costas de una tierra desconocida. De pronto estalló una terrible tormenta y el viento arrojó al Antílope contra las rocas. Inmediatamente, el barco se partió en dos. Antes de que se hundiera, los tripulantes, aterrados, se tiraron por la borda. Sólo Gulliver consiguió nadar a través del furioso oleaje y llegar a tierra sano y salvo. Los otros marineros se ahogaron todos.
Los viajes de Gulliver
Erase una vez un hombre que se llamaba Gulliver. Era médico de un barco y a menudo emprendía viajes que le llevaban a tierras muy lejanas. En uno de esos viajes, a bordo del mercante Antílope, no podía ni imaginar cuán lejos le llevaría el barco ni qué asombrosas aventuras le aguardaban.
Ni qué decir, que los hermosos jóvenes fueron muy felices.
Al volver su padre le contaron lo ocurrido, y el les agradeció que le descubrieran cuán malvada era su mujer, y se alegró que las hubieran desterrado,
Ella, emocionada por la apostura del príncipe, le guió. Y lo primero que hizo fue desterrar a ambas por el trato tan cruel e inhumano que le daban a Lucía.
– No puedo consentir que te obliguen a realizar este tipo de trabajos en estas condiciones, guíame fuera del bosque y te llevaré a mi palacio.
Mi madrastra me ha obligado a venir a lavar al rio.
– Hola muchacha, ¿a donde vas?- con el frio que hace.
Y sucedió que le príncipe heredero, que se había extravidado en el bosque, halló a la muchacha y se quedó prendado de su belleza y bondad.
La mujer, en medio de los mayores insultos, la obligó a salir de casa con el cesto de la ropa.
– ¡Pero madre!- exclamó la muchacha. El río se ha helado y no podré lavar.
Melinda regresó sin fresas y, al empezar a hablar, sapos saltarines salían de su boca, mientras la nariz le crecía y los ojos se le achicaban. Furiosa, la madrastra odió más todavía a Lucía, a la que ordenó ir al río a lavar la ropa.
Los enanitos, enojados por su falta de generosidad, le concedieron cada uno cierto don… Cada día sería más fea; cada una de sus palabras se convertiría en un sapo; el rey la desterraría.
– Os daré el pan, pero no mis pasteles- dijo altanera.
Con un suntuoso abrigo bordeado de pieles, Melinda fue al bosque. Y también halló a los enanitos, que solicitaron su ayuda.
– Hija mía, Melinda, ve al bosque en busca de fresas, pues a ti te ha de suceder algo mucho más hermoso que a esa tonta de Lucía. Lleva ricas viandas y abrígate bien.