Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

¡Jum! ¿Me estás intentando engañar? – preguntó el chico frotándose la barbilla.
– ¡Está bien! – gritó el demonio finalmente alzando sus dedos en el aire – En verdad, eres más listo de lo que creía. Pero antes de darte mi tesoro te propongo hacer un trato.
El diablo no pudo disimular su confusión, ¡Aquel chico no le tenía el menor miedo! Y como estaba tan furioso comenzó a dar pequeños brinquitos en el suelo y a golpear la tierra con sus puños.
– Pues si ese tesoro está dentro de mi granja, significa que me pertenece a mí – sentenció el campesino mirando a la bestia fijamente.
– Para nada, triste humano, he venido a observarte porque no creo que seas tan listo. – respondió el diablo mientras se frotaba las manos frenéticamente – Justo en este lugar he escondido un tesoro de piedras preciosas y joyas de oro, pero me pertenecen sólo a mí.
– ¿Qué haces ahí, demonio? – le preguntó el chico secándose el sudor – ¿Acaso intentas robarme?
Seguidamente, tapó el hueco y se sentó sobre él. Así quedó durante horas observando al muchacho hasta que al fin, éste notó la presencia del diablo.
Al llegar, el diablo encontró al joven campesino labrando la tierra, y sin hacer mucho ruido, abrió un hueco en el suelo y lo rellenó con diamantes y joyas de oro.
“ ¡Nadie es tan listo como yo!” – gritó el diablo furioso al enterarse, y sin dudarlo, se puso en marcha hasta la granja del jovenzuelo para jugarle una mala pasada y demostrar que en realidad, nadie era tan espabilado como él.
Hace mucho tiempo en una pequeña granja, existió un jovenzuelo enérgico y avispado que cada mañana se levantaba bien temprano a trabajar la tierra. Por las noches, el muchacho gustaba de leer y aprender cada vez más, y llegó a ser tan inteligente, que muy pronto cobró fama en todo el pueblo, y más tarde en todo el reino, y al final fue tanta su suerte, que la noticia llegó a los oídos del diablo.
El campesino y el diablo

¿Te sabes la historia del joven campesino que logró engañar al diablo? Pues ahora te la contaré.
Finalmente, pudo rescatar a la bella princesa y al llegar al palacio todos quedaron impresionados con su valentía. En poco tiempo, los jóvenes se casaron y cuenta la leyenda que fueron muy felices por el resto de sus vidas.
La bestia no pudo resistir la tentación y salió corriendo en busca del supuesto pan, pero el caballo del príncipe se lanzó a correr con la piedra atada a su cuerpo, mientras el oso la perseguía inútilmente. Cuando por fin quedó libre la entrada de la cueva, el joven se apresuró hacia el interior.
Al verlos, el oso lanzó un grito feroz y les enseñó sus colmillos gigantes, y a los hermanos no les quedó más remedio que salir huyendo muertos de miedo. Tiempo después, llegó el más pequeño y valiente de los príncipes. Como sabía que al oso le gustaba el pan, decidió pintar una pequeña piedra de color blanco, la ató a su caballo con una larga cuerda y luego la lanzó hacia el oso.
Entonces, sus dos hermanos sintieron envidia y quisieron salir a rescatar a la bella chica para casarse con ella. En la oscuridad de la noche, los dos príncipes partieron con sus caballos hacia la cueva encantada, pero se olvidaron del temible oso que custodiaba la entrada.
Por la noche, la familia real convocó a una gran fiesta para celebrar la sanación del rey. Sin embargo, el menor de los tres príncipes no estaba del todo contento, y cuando le preguntaron, aprovechó para contarles de aquella hermosa muchacha que había quedado atrapada en la cueva encantada.
Agradecido por la bondad del duende, el príncipe reanudó su camino hacia el castillo y el rey por fin pudo tomar el agua de la vida. Al instante, el monarca quedó recuperado. Estaba tan alegre que se puso a cantar y a dar saltos en su cama.
– No te preocupes. Tus hermanos han recibido un castigo justo, pero cuando llegues al palacio los encontrarás junto a tu padre.
– Ahora sólo me preocupan mis hermanos. Quisiera que volvieran a casa conmigo para celebrar la buena noticia.
– Me alegro que así sea, jovenzuelo – exclamó la criatura.
Amigo duende, debo agradecerte por todos tus consejos – dijo el príncipe con una sonrisa en los labios – ahora mi padre podrá beber esta agua y curarse para siempre.
En ese momento, el príncipe recordó que no contaba con mucho tiempo, pues el oso estaba a punto de terminar con el pan. Besando las manos de la muchacha prometió regresar a buscarla, y se marchó de la cueva a toda carrera. Una vez en el bosque, el príncipe se encontró nuevamente con el duendecillo.
– Soy una princesa y he quedado atrapada en esta cueva. Por favor, sálvame.
– ¿Quién eres? – preguntó el chico.
Justo antes de marcharse, el príncipe oyó una voz tierna que provenía desde lo lejos. Era la voz de una muchacha hermosa, con cabellos risos y rubios que llegaban hasta el suelo.
Cuando le lanzó el pan al oso, este se entretuvo devorándolo y el príncipe se apresuró hacia el interior de la cueva. Todo se encontraba oscuro en aquel lugar, pero a lo lejos podía verse un manantial lleno de luz, y el joven no tardó en rellenar con aquella agua mágica un pequeño frasco que llevaba consigo.
Y así lo hizo. El menor de los príncipes siguió el camino indicado por el duende y a las pocas horas arribó a la cueva encantada. Como le habían advertido, el oso se encontraba justo en la entrada. Era un animal enorme con garras afiladas y mirada furiosa, pero el príncipe hizo todo lo que el duende le había dicho.
– Toma este pan. Dáselo al oso y podrás entrar a la cueva. Antes que el oso termine de comer deberás haber salido. Date prisa.
– ¿Entonces, cómo hago? – preguntó el príncipe.
¡Claro que sí! – exclamó el duende con alegría al ver que por fin, alguien le había tratado con amabilidad – Debes buscarla en la cueva encantada. Pero ten cuidado, porque un terrible oso protege la entrada.
– Estoy buscando el agua de la vida para mi padre enfermo. ¿Sabes dónde puedo encontrarla?
– ¿A dónde vas con tanta prisa, jovenzuelo?
Varias horas después, el más pequeño de los príncipes se preocupó por sus hermanos, pues aún no habían regresado con el agua de la vida para su enfermo padre. Sin pensarlo dos veces, ajustó su caballo y salió hacia el bosque. Por supuesto, el duende del bosque también vio al pequeño príncipe y decidió cruzarse en su camino.
Y dicho aquello continuó su veloz carrera. El duende, molesto por la actitud del príncipe volvió a lanzar un hechizo para que se extraviara entre las montañas del bosque.
– ¡Aparta, imbécil! – chilló el príncipe – No tengo tiempo para tus preguntas.
Entonces, el duende se irritó tanto que lanzó un hechizo sobre el joven y lo hizo perderse entre las montañas. Con el paso del tiempo, el segundo de los hermanos comenzó a impacientarse. “Si yo encuentro el agua de la vida mi padre me coronará como rey”, murmuró el jovenzuelo mientras ensillaba su caballo y se desprendía galopando hacia el bosque. Nuevamente, el duende se cruzó en el camino del segundo hermano.
– ¡No me molestes, estúpido! ¡Sal de mi camino! – gritó el príncipe sin detener su frenética marcha.
– ¿A dónde te diriges con tanta prisa, jovenzuelo? – preguntó la criatura.
Al oír las palabras del anciano, los hermanos se llenaron de esperanza. El mayor de ellos partió rápidamente hacia su caballo y salió del castillo corriendo a toda velocidad. “Si obtengo el agua de la vida me ganaré el favor de mi padre para convertirme en rey”, pensaba el intrépido príncipe mientras se adentraba en el bosque. Justo en ese momento, se topó con un duendecillo que atravesaba el camino.
– He sabido que vuestro padre ha enfermado terriblemente. Pero desde ahora les digo que lo único que podrá sanarle es el agua de la vida. Vayan pronto a buscarla y lo podrán salvar.
Un buen día, mientras los tres muchachos caminaban entristecidos por el palacio, se apareció un anciano vestido con ropas andrajosas. Enseguida, dos de los príncipes quisieron echarlo, pero el menor de ellos se compadeció y le escuchó.
El agua que cura todo

Tres príncipes jóvenes veían cómo su padre, el rey, agonizaba en una cama gravemente enfermo. Ni siquiera los mejores curanderos de la región habían podido sanar al pobre rey, ninguna pócima, por mágica que fuera, le había devuelto la sonrisa.
Eliminado el origen del mal del reino, Ferrandino saldó cuentas con aquellos que habían obrado bondadosamente en pos de su familia. Y así fue como se preocupó de que las tres hijas de los ancianos concertasen matrimonios de bien. Nupcias tales como la suya con Biancabella, pues ambos vivieron felices, y, después de ellos, también pudieron hacerlo sus hijos.
Samaritana, en voz alta pero evadiendo lo esencial, cuestionó cuál sería el castigo más apropiado para los ejecutores de las maldades de aquella historia. La madrastra, sabiéndose aludida pero tratando de escurrir el bulto, declaró que no habría correctivo más purificador que el de arrojar a la culpable a un horno al rojo vivo. Pero Samaritana lo sabía todo, y le contó al Rey Ferrandino la verdad: que su madrastra era la malvada de todo el relato que acabábamos de escuchar. Ferrandino, sin dudarlo ... (ver texto completo)
Como parte de un instante que se antojaba inevitable, Ferrandino se cruzó con ellas, y éstas le contaron que habían acudido allí para poder vivir, pues habían sido exiliadas de manera forzosa. Sin pensárselo dos veces, el legítimo esposo de Biancabella obró en consecuencia, y convocó a todas las mujeres de la corte, incluida su madrastra, a que acudiesen al castillo. Una vez allí, Samaritana pidió a una cortesana que cantase, de forma anónima, la historia de Biancabella, esto es, sin citar los nombres ... (ver texto completo)
En vez de regresar de inmediato al lugar donde pertenecían, las hermanas volvieron con el matrimonio de ancianos y sus tres hijas, y en buena convivencia un tiempo permanecieron. Transcurrido éste, viajaron al reino no tan lejano de donde venía Ferrandino, y allí Samaritana erigió mágicamente una casa para todos.
Tras pasar un tiempo en su casa, la joven volvió a solicitar que la llevasen donde la habían encontrado, y esta vez todos accedieron de buen gusto. Una vez allí, Biancabella se desgañitó clamando por Samaritana, quien no aparecía ni a la de una, ni a la de dos, ni a la de tres. Tal fue la desesperación de Biancabella que pensó en el suicidio como vía de escape, y así hubiese procedido de no ser porque Samaritana irrumpió para salvarla. Fue entonces cuando Biancabella hubo de rogar el perdón de su ... (ver texto completo)
Biancabella, sin ojos ni manos, volvió a pedir ayuda a Samaritana, otra vez sin respuesta. Tuvo suerte de toparse con un anciano bondadoso, quien la quiso llevar de vuelta a casa a pesar de las reprimendas de su esposa, la cual al ver el estado de Biancabella daba por sentado que era una criminal que había sido apropiadamente castigada. Biancabella solicitó a una de las hijas de este vetusto matrimonio que le peinase la cabellera, hecho que la anciana reprobó porque, como bien decía, su hija no era ... (ver texto completo)
Pasó el tiempo y Ferrandino hubo de partir a la guerra. Con él lejos, la madrastra llevó adelante su plan y ordenó a sus sirvientes secuestrar y acabar con la vida de Biancabella, portándole una prueba de su muerte. Los sirvientes la raptaron y, aunque no la asesinaron, le sacaron sus ojos y le sajaron las manos. De esta manera podrían engañar a la madrastra sin haber acabado con la vida de aquella joven tan adorable. La madrastra, pensando que su treta había salido como imaginaba, siguió adelante ... (ver texto completo)
Tras la boda, Biancabella buscó y llamó a Samaritana, su serpiente hermana, pero ésta no apareció. La recién casada se apenó porque pensó que había desobedecido a Samaritana, y triste buscó cobijo en su esposo. Por otro lado, la madrastra de Ferrandino, quien siempre había conspirado para casarlo con una de sus horrendas hijas, montó en cólera tras el casamiento.