Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Un día, a Serafín empezó a dolerle la espalda. Bueno, por el momento era sólo un picor. Intentó rascarse, pero no alcanzaba con la mano.
Pero en secreto pensaban: “Este niño es un repipi”.
Las madres de los otros niños respondían:

-Sí, un angelito.
Serafín es un angelito, ¿verdad? -decía su mamá.
Nunca hacía ruido. Ayudaba a las ancianas a cruzar la calle. Bebía zumo de ciruelas porque era sano y se lavaba por lo menos dos veces al día sin que nadie tuviese que decírselo. Su cuarto estaba siempre ordenado y en el colegio sus profesores pensaban que era maravilloso.
Serafín Migadepan

Serafín Migadepán era muy bueno.

Parecía que no podía ser tan bueno.
Después de este episodio, Santi fue el mejor amigo de Roque en la pandilla, lo que le parecía tan fantástico como ser el propio Roque. Y Javier, Miguelito y todos los demás se sentían tan avergonzados que no volvieron a cantar aquello de “Santi, tonto, más que tonto” nunca más.
Le pidió a Santi que sostuviera la manta sobre los bordes desgarrados del agujero. Luego, se deslizó por ella y a los pocos minutos Roque salía del agujero. Santi echó la manta sobre los hombros de Roque. Pobrecillo Roque, tenía un tobillo roto y su padre lo llevó al hospital. La señora Quintana le dio a Santi un gran pedazo de tarta y alabó su valentía y sensatez.
— ¡Rápido, rápido, en el número 40, donde están los obreros de la construcción, tenemos que rescatar a Roque!
El señor Quintana, sin perder un momento, cogió una manta y corrió a socorrer a su hijo.
— ¿Qué dices, niño?
— ¡Rápido, señor Quintana, rápido! Roque está en apuros. ¡Se ha caído por un agujero!
Santi corrió a casa de Roque. El camino se le hacía interminable. Al llegar, llamó a la puerta y al timbre. Apareció el padre de Roque.
—Está bien. No te muevas. Iré a por tu padre. No te preocupes, Roque. Tu padre y yo te rescataremos.
—Santi, ve en busca de mi padre.
— ¿Estás seguro, Roque? Podría saltar dentro del agujero y quedarme haciéndote compañía…
—No es momento para perder los nervios, Santi. No vayas a caerte tú por el agujero. Ve a buscar a mi padre. ¡Anda, apresúrate!
—Roque, está demasiado oscuro y no veo nada —dijo Santi— ¿Qué voy a hacer?
Santi se deslizó a gatas por el suelo y miró por el agujero. Estaba muy oscuro y apenas distinguía a Roque.
—Me he hecho daño en la pierna, Santi.
Roque rompió a llorar otra vez.
—Ten cuidado, Santi. El suelo ha cedido y me he caído por este agujero negro.
—Se han ido corriendo -dijo Santi— Pero yo estoy aquí y voy a ayudarte.
— ¡Ooooh, Santi! Apresúrate. ¿Dónde están Javier y los demás?
Santi estaba hecho un lío. ¿Qué podía hacer?
— ¡Oooh! —gimió Roque— Estoy herido. Rápido, Santi, ayúdame.
— ¿Qué ha pasado, Roque?
¿Por qué lloraba Roque, un chico tan grande y tan fuerte?
— ¡Santi, sácame de aquí!
— ¿Roque? ¿Te has caído por este agujero?
Era Roque, y estaba en apuros. Santi intentó decirle algo, pero estaba tan asustado que de su garganta sólo salió un débil chillido. El gemido procedía de debajo del suelo. Entonces Santi vio un agujero en el suelo del pasillo.
— ¡Socorro! ¡Mamá, papá, socorro!
Santi se escondió detrás de un coche y estuvo observando a los chicos. Se fueron calle arriba, subieron las escaleras y desaparecieron tras la puerta de la casa número 40. A Santi le parecía increíble que fueran tan atrevidos. Se acercó a la puerta de la casa y oyó a la pandilla riendo y cuchicheando mientras se dedicaban a explorar una sala. Luego se hizo un largo silencio. De pronto, Santi oyó un débil grito. Permaneció inmóvil sobre un montón de arena. Después vio a la pandilla bajar atropelladamente ... (ver texto completo)
Sin embargo aquel día los obreros estaban ausentes, lo que aprovecharían para jugar entre los escombros, las máquinas y los materiales.
Un día que Santi estaba sentado cerca de sus compañeros, oyó sus planes inmediatos. Iban a meterse en la casa número 40. Santi no salía de su asombro. En el número 40 trabajaban unos obreros de la construcción, corpulentos, llenos de polvo, que habían prohibido a los chicos acercarse a las hormigoneras, a los montones de arena y a las carretillas.
Santi movió la cabeza en sentido negativo, aterrado sólo de pensar en los balonazos y en los otros chicos. Estos, imitando a Roque, le llamaban para que se uniera a ellos, y canturreaban: “Venga, Santi. Tonto, más que tonto.” Santi odiaba eso.
—Venid todos. Como no hay coches que nos estorben, jugaremos al fútbol. Venga, Santi. Unete a nosotros.
Santi oyó a Roque reuniendo a la pandilla.
Pero Santi sólo tenía seis años. No podía superar los muros de los jardines, se le escapaba el balón y los mayores le aterraban.
Santi el Valiente

Santi quería ser diferente. Quería ser más grande, más fuerte, como Roque. Roque era el jefe de la pandilla. El era quien dirigía los partidos de fútbol, sabía qué casas viejas estaban vacías y cómo franquear muros para colarse en los jardines abandonados. Sabía también cómo hablarles a los mayores para que se les pasara el enfado y se rieran.
Y propinó al suelo una patada tan violenta, que se hundió en él y desapareció para siempre. El príncipe, el hijito de la reina, jamás tendría que marchar de palacio.
— ¡Tramposa, más que tramposa! —exclamó—. ¡Eso no vale!
El extraño enano lanzó un agudo chillido y pateó, el suelo lleno de rabia.
—No me rindo. Te llamas… ¡Rumpelstiltskin!
— ¡No, no, no! ¡Ríndete de una vez!
—Te llamas Mateo, o no; Marcos, o no; perdón: Lucas. ¿No? Entonces te llamas Guillermo o Pedro o Nicolás o Felipe.
—Anda, anda, a ver si aciertas —se mofó de la reina—. A ver si adivinas mi nombre.
Cuando al día siguiente se presentó el hombrecillo, llevaba un cesto para meter en él al príncipe.
La reina no cabía en sí de gozo. Le entregó al mensajero un anillo de oro que se quitó del dedo y le dio las gracias.
¡Mi nombre es muy raro: Rumpelstiltskin!
Esta apuesta no la voy a perder.